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¿VIOLENCIA
DOMÉSTICA O VIOLENCIA POLÍTICA?
"La
violencia doméstica causa más muertes y discapacidades en las
mujeres entre las edades de 15 y 44 años que el cáncer, la
malaria, la guerra y los accidentes de tráfico conjuntamente", indicaba en
noviembre de 2000 Anna
Diamantopoulou, Comisaria Europea de Asuntos Sociales, en una carta remitida a los jefes de Gobierno de
los 15 -y repetía en un
discurso en febrero de 2002-, añadiendo que era "necesario actuar a nivel político
cuanto antes". Algunos políticos no se lo hicieron repetir dos
veces, como el presidente regional de Castilla-La Mancha, que
presentaba el 27 de diciembre de 2000 su proyecto de publicar las
famosas listas de maltradores. "En España hay más de 2
millones de maltratadas", era la conclusión obtenida meses
antes mediante la aplicación de una macroencuesta a 20.000 mujeres.
Basta con echar
un vistazo rápido a cualquier estadística sobre causas de
mortalidad para constatar hasta qué punto es inexacta la afirmación de la Sra.
Diamantopoulou (ver, por ejemplo, las del Centro
Nacional de Epidemiología). Sabemos cuál es el origen de la
cifra de 2 millones de maltratadas, obtenida sobre la base de una
"macroencuesta" cuya formulación causa
bochorno y que sin duda hubiese arrojado una cifra similar de
maltratados si se hubiese aplicado también a los hombres.
Y aunque
desconocemos aún los réditos electorales de las listas de
ex-maltratadores castellano-manchegos, son
innegables las rentas políticas y mediáticas ya obtenidas por su
promotor.
Cuando, desde los
cargos públicos, se hacen ese tipo de afirmaciones tan alejadas de
la realidad; cuando se pregonan como datos científicos los
resultados de encuestas "de embudo" como la mencionada;
cuando se preparan leyes y "listas" que socavan los
cimientos del derecho y desvirtúan la finalidad de la pena; cuando
los medios de información se hacen eco de todas esas deformaciones
de la realidad sin el menor espíritu crítico y dan por bueno lo
inverosímil, la violencia doméstica
se convierte en violencia política. La vieja máxima feminista
"convertid lo personal en político" ha encontrado una
nueva forma de expresión de gran rentabilidad política, a nivel
general, y económica, al pequeño nivel particular de las asociaciones y
los grupos de presión agraciados con la "primitiva" de los cargos y las
subvenciones. Además, la prensa aumenta sus ventas y los programas televisivos
logran su catarsis colectiva y adictiva con menos gasto.
Las descripciones
más radicales del fenómeno evitan incluso expresiones como
"violencia doméstica", "violencia familiar" y
similares. Prefieren hablar de "violencia de género", con
lo que dan un carácter unidireccional a esa violencia: el hombre
maltrata y la mujer sufre o se defiende. A partir de tal
simplificación, todo es posible, desde dar por válida cualquier
falsa acusación de malos tratos hasta eximir de culpa a la asesina
(que, supuestamente, actúa movida por su "percepción de
peligro inmediato o futuro"). La presunción de inocencia, base
secular del derecho, deja fácilmente paso a la presunción de
culpabilidad (del varón acusado), sancionada por leyes o
directrices impartidas al poder judicial.
Sin embargo, los
estudios científicos (extranjeros, a falta de nacionales), de los que se reúne una muestra en el
Informe Iceberg, coinciden en demostrar estadísticamente lo que
sabemos por la experiencia cotidiana: que la violencia de la pareja
es bidireccional. Es más, muchos de esos estudios registran
porcentajes ligeramente superiores de violencia en la mujer, sobre
todo en lo que respecta a la iniciación de los conflictos. En todo
el amplio espectro de las formas de violencia doméstica están tan
presentes las agresiones femeninas como las masculinas, con una única
diferencia: las formas más graves de violencia son perpetradas con
más frecuencia por el hombre, tal vez por el mero hecho de su mayor
fortaleza física. Una característica recurrente de la violencia
extrema cuando es ejercida por mujeres (homicidio consumado o
frustrado) es que suele perpetrarse contra víctimas temporalmente
indefensas (dormidas, incapacitadas, ebrias, etc.) y ser premeditada. Tal vez sea legítimo deducir de
ello que
las mujeres son violentas en la misma medida que los hombres, pero
que sus posibilidades físicas de llevar esa violencia a su límite
máximo son menores que en los hombres. Tampoco hay que olvidar,
frente al prejuicio del varón maltratador en exclusiva, que la violencia
en parejas lesbianas alcanza niveles superiores o similares a los que
tienen lugar entre las parejas heterosexuales.
En cualquier
caso, las pautas de violencia que se registran en los estudios científicos reunidos en el Informe
Iceberg corresponderían a una pirámide con niveles de violencia similares o
ligeramente superiores de la mujer en las formas de violencia leve,
intermedia o grave, y un vértice, equivalente a las formas de
violencia extrema, en que la proporción es desfavorable a los
hombres. Una representación gráfica elemental de esa distribución
de la violencia, basada en esos estudios, podría ser la siguiente:
Así
pues es indispensable desterrar el absurdo concepto de
"violencia de género", que explica la violencia
doméstica como una expresión de odio del varón contra la mujer
por el hecho de ser mujer, y considerar la violencia doméstica como
una manifestación más de la violencia en general. Los conflictos
domésticos surgen entre personas que conviven y tienen
dificultades, con independencia de su sexo, y arrojan un lamentable
saldo de víctimas de ambos sexos (según datos del Ministerio del
Interior, 67 mujeres y 44 hombres fueron víctimas mortales de la
violencia doméstica en 2000). El resto de la sociedad, y en
particular de la sociedad masculina, no tiene por qué vivir bajo
permanente sospecha y presunción de culpabilidad a causa de los
actos ejercidos por una minoría estadísticamente exigua.
Para
tener una idea cabal de la fuerza de los prejuicios y los intereses
creados en torno a la violencia doméstica, baste recordar que los
propios Estados (por ejemplo, el Canadá, los Estados Unidos o
Inglaterra) que han llevado a cabo investigaciones sistemáticas y
serias del fenómeno a través de sus instituciones especializadas
han adoptado, en general, medidas legislativas y administrativas
basadas en la ideología predominante y "políticamente
correcta", a
todas luces incongruentes con los resultados de esas investigaciones
oficiales. Al negarse a aceptar tanto la evidencia científica como
la percepción cotidiana de la violencia doméstica, los adalides de
la perspectiva de género están haciendo realidad una de las
reivindicaciones menos nobles y socialmente más nocivas del
feminismo radical, cuya génesis describe objetivamente Erin Pizzey
en su artículo "De lo
personal a lo político". Por fin, al amparo de una falacia, la larga marcha
del feminismo radical ha alcanzado su tierra prometida y su maná, es
decir, el
poder político y las subvenciones.
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