Las rosas y las espinas del divorcio

 

Sepárate y verás...

En las asociaciones de separados, es ya clásica la escena del padre que, ante la inminente ruptura de su matrimonio, se acerca en busca de información y apoyo, muy decidido a luchar para no perder el contacto asiduo con sus hijos, o muy esperanzado en obtener la guardia y custodia porque piensa que sus circunstancias le son especialmente favorables... Sin embargo, a medida que va conociendo el desenlace previsible que tendrá su separación, las esperanzas y falsas ilusiones van dejando paso a la perplejidad, primero, y al anonadamiento después. Ese desconcierto en alguien tan directamente interesado en el tema es buena prueba del desconocimiento generalizado de la sociedad respecto de la situación de los separados y sus hijos. 

En pocas palabras, la situación que el régimen actual de separación o divorcio reserva a ese futuro separado es la siguiente: de entrada, se verá privado del contacto regular con sus hijos, ya que la guardia y custodia se concede, casi automáticamente, a la madre; en cambio, el sistema judicial le reconocerá el derecho de ver a sus hijos algunos días al mes (generalmente, dos fines de semana) y la mitad de las vacaciones escolares; se verá obligado a abandonar su vivienda en favor de su ex cónyuge;deberá pagar a su ex cónyuge una pensión alimenticia para cubrir los gastos de manutención de los hijos y, con frecuencia, una pensión compensatoria para manutención de la propia madre. La duración de tal situación dependerá de factores tales como la edad de los hijos, la situación laboral de la madre, etc.  

En cuanto a la patria potestad compartida, tal como están las cosas, no pasa de ser una mera figura literaria, pura retórica jurídica, sin ninguna concreción real. Es decir, ese hipotético padre separado deberá, de la noche a la mañana, hacerse a la idea que no tiene ningún poder decisorio en la crianza y educación de sus hijos.

En fin, todos estamos hechos de luces y de sombras, pero cuando un sistema jurídico da tantas ventajas a una de las partes y favorece tanto sus intereses, es inevitable que muchas personas cedan a la tentación y traten de sacar el máximo partido a costa de la otra parte. Esa es la razón por la que son tan frecuentes las separaciones contenciosas: uno de los ex cónyuges tiene mucho que ganar. Si el reparto de derechos y obligaciones fuese equilibrado, ninguna de las partes tendría interés en emprender procesos costosos y agotadores de los que no obtendría beneficio alguno, y las separaciones por mutuo acuerdo serían la norma. Sin embargo, el sistema actual convierte la ruptura del matrimonio en una inversión muy rentable para una de las partes, eso sí, a costa de la otra y del bienestar de sus hijos. Por ello, el divorcio sólo volverá a los límites de la racionalidad cuando ninguno de los interesados tenga posibilidad alguna de beneficiarse a costa del otro. Sólo esas condiciones de neutralidad lograrán que los niños pierdan su  inapreciable valor como rehenes y arma arrojadiza en manos de quién tiene su custodia.  

Sin embargo, la actitud social ante una injusticia de tales dimensiones raya casi en la indiferencia. Incluso los varones más directamente afectados, tras un primer movimiento de cólera y rebeldía, que a veces se salda con resultados violentos y deplorables, parecen sumirse en un definitivo letargo de impotencia y resignación. En efecto, siendo tantos los padres separados que se han visto, de la noche a la mañana, reducidos a la condición de total indigencia material y afectiva, forzados a mendigar o comprar unas horas de convivencia con sus hijos, y siendo tantos los allegados de esos padres que han resultado salpicados más o menos directamente por el fango del divorcio bárbaro, en definitiva, siendo tantas las ramificaciones sociales de un problema tan grave, es inevitable el asombro y la perplejidad ante el escaso eco público que suscita.

La parálisis del varón

Tal vez esa pasividad  tenga que ver con un sentimiento de autosuficiencia del varón, culturalmente obligado a superar en solitario las dificultades estrictamente personales y afectivas y rehuir la "humillación" del apoyo psicológico y solidario; tal vez en esa actitud persista un eco del “los hombres no lloran” de antaño.  Pero también hay un elemento de presión social, una atmósfera de pensamiento políticamente correcto y ortodoxia feminista que lo impregna todo y, como toda maleza demasiado exhuberante, impide que prospere cualquier floración disidente o de otra especie.  Quizá el varón sigue perplejo y atónito ante un hecho histórico que no comprende: media humanidad haciendo causa común contra la otra media. O mejor dicho, las supuestas representantes del hemisferio femenino decididas a reescribir la historia con un nuevo reparto de papeles entre buenas y malos, heroínas y villanos, y a vengar la milenaria atrocidad masculina en los individuos de las generaciones presentes. Así, mientras el varón acomplejado entona en voz baja su "mea culpa", o se limita a callar y esperar a que escampe, los derechos circulan en un sentido y los deberes en otro. 

Ninguna persona intelectualmente honrada puede aceptar ese análisis histórico ni esa escisión de intereses por sexos,  científicamente contraria, no ya a nuestras tradiciones culturales o nuestras estructuras familiares, sino a la propia organización social de la especie humana, desde el origen de los tiempos hasta el día de hoy.  Nunca ha existido esa frontera imaginaria entre los intereses de los dos sexos, contraposición abstracta que no tiene cabida en la realidad cotidiana, pues ello equivaldría a situar en bandos enfrentados a padres e hijas, madres e hijos, hermanos y hermanas, amigos y amigas, etc. La sociedad humana, a diferencia de otras especies, que se aparean y si te he visto no me acuerdo, consiste esencial y exclusivamente, en ese complejo entramado de afectos e intereses recíprocos, tejido a partes iguales con material de ambos sexos. Cada cultura y cada época lo expresan a su modo, a través de costumbres y creencias que no sería justo evaluar en función de su coincidencia con las nuestras.  La historia ha asignado durante siglos cometidos diferentes a hombres y mujeres, pero no sería honrado explicar esa dualidad como la imposición de un sexo sobre el otro: ningún padre da pan a sus hijos y piedras a sus hijas. El feminismo, al menos como análisis histórico, se basa en la idea contraria.

Sin embargo, las pioneras de la "liberación" femenina deberán admitir que su revolución, la más formidable de nuestra época, no encontró más oposición en el ámbito masculino que en el femenino, y que su batalla no se libró contra hordas varoniles, sino contra principios y atavismos arraigados por igual en individuos de ambos sexos.  Pero la memoria humana es flaca y tolerante con las demagogias restrospectivas.  Agua pasada...  Por recurrir a un ejemplo de máxima actualidad, sería hoy descabellado hacer responsables a todos los varones de los malos tratos que una minoría pueda infligir a sus esposas o compañeras. La realidad es que, no por ser varones, rechazamos con menos rigor esos comportamientos. Pero si dentro de cincuenta años persiste la actual proliferación de feministas radicales, aquejadas de la misma miopía histórica que las presentes y herederas de su misoandria (o su androfobia), acabaremos todos barajados, la mayoría inofensiva y la minoría agresiva, en un mismo frente imaginario de maltratadores que, a su vez, justificarán nuevos resarcimientos en la persona de nuestros biznietos.  Este modelo de interpretación histórica, ridículo si se contrasta con situaciones presentes, parece el único  políticamente correcto y goza de una gratuita credibilidad cuando se aplica al pasado. Como nadie estuvo allí para verlo...  

Añádase a lo anterior la facilidad con que el feminismo occidental (denominado ya "hembrismo" en algunos medios, por simetría con el "machismo" y para diferenciar el feminismo precursor e igualitario del feminismo radical y excluyente de la segunda hornada), añádase, decimos, la facilidad con que ese feminismo ha fagocitado y hecho suyo (sólo intelectualmente, claro) el dolor "específico" de las mujeres del tercer mundo y de otras culturas y situaciones sociales (dolor de etiología masculina, según su diagnóstico), y la presteza con que han hecho del “varón”, en abstracto, chivo expiatorio del sufrimiento planetario, para tener completo el “ideario” que convierte al sexo masculino en depositario de todos los errores pretéritos y presentes. Paralizante, ¿verdad?

¿Padres necesarios y padres superfluos?

 Pues bien, ese análisis histórico, basado en batallas imaginarias y guerras inexistentes, ha logrado carta de pensamiento oficial, resulta electoralmente muy rentable y es la ortodoxia imperante en esta transición de milenio que nos ha tocado vivir. Ser varón no está de moda. Ser padre separado, menos aún. Quizás por eso tantos miles de padres separados tragan saliva en silencio y prefieren atortugarse bajo su concha, sin ánimo ni fuerzas para nadar contra esa corriente impetuosa que, bien servida por los medios de comunicación, arrasa con todo a su paso. 

En medio de tanta euforia feminista, al legislador le cuesta poco admitir que, desde el momento en que se pronuncia la separación, la presencia del progenitor masculino pasa a ser superflua y el hijo deja de necesitar al padre. Un papel con una firma, y la persona que era oficialmente indispensable y entrañable se convierte en un estorbo que ya no cuenta: metamorfosis del padre en pelele.

Un pelele bajo sospecha. A ninguna autoridad pública se le ocurriría meter las narices en cada hogar biparental para constatar si las necesidades de los hijos se atienden o no adecuadamente. Se da por supuesto que los padres saben qué es lo que mejor conviene a sus hijos y se les reconoce el derecho a comprarles el número exacto de pares de zapatos que juzguen necesario. Pero al producirse la separación, el padre se convierte en sospechoso para los órganos legislativos y judiciales. Sospechoso de no querer comprar ya más zapatos, libros o medicamentos a sus hijos. Así que lo mejor es ponerle una cuota mensual obligatoria y meterlo en la cárcel si no la satisface.

No saque el lector conclusiones apresuradas. No estamos justificando los impagos de pensiones alimenticias para manutención de los hijos.  Al contrario, mientras se mantenga el actual régimen de separación y divorcio, nos parece inexcusable el cumplimiento de esa obligación. Lo que propugnamos es una situación nueva en que se mantengan intactos los derechos y obligaciones que el padre tenía antes de divorciarse.  Lo que rechazamos es la situación actual, que, a fuerza de limitar los derechos del padre, acaba por debilitar también la conciencia de sus deberes.  

En un marco teórico de estricta justicia comparativa, si un padre obligado por decisión judicial a pagar 60.000 pts al mes como pensión alimenticia para su hijo fuese condenado por haber pagado sólo 55.000, también deberían serlo todos los padres casados que, en parecidas circunstancias socioeconómicas, sólo destinasen 55.000 pesetas mensuales a cubrir los gastos del menor. ¿Por qué suponer que, en el primer caso, el padre obra así por irresponsabilidad o mala fe, y en el segundo, por el bien del menor o por falta de recursos? No llegaremos muy lejos con soluciones basadas en el supuesto de que el padre es menos padre por estar separado y en el prejuicio comparativo que supone al padre los mejores sentimientos y el más alto sentido de la responsabilidad paterna mientras permanece casado y que lo convierte en sospechoso de no tenerlos desde el momento en que cesa la convivencia conyugal.  Con un arranque tan absurdo, es lógico que lo viene detrás sea una sucesión de despropósitos.

Para enderezar lo que está tan torcido habrá que empezar por desterrar ese prejuicio y poner como piedra angular del divorcio el principio de que el padre separado sigue abrigando los mismos sentimientos paternales que se le daban por supuestos antes de la separación. Sólo sobre esa base y sobre la convicción de que el hijo de padres separados necesita tanto a su padre como el hijo de padres casados podrá construirse un divorcio racional.  Ése criterio igualitario, que subyace en las legislaciones más progresistas (ley de divorcio sueca), conduce necesariamente a una solución de custodia compartida.     

La forma actual de regular los divorcios parece inspirada en la convicción contraria.  Sin embargo, ninguna ley que se reclame justa puede desconocer estos dos principios básicos : 1) el padre separado no ha ser objeto de peor trato legal que el padre casado ni, a priori, ser sujeto de obligaciones, presunciones, vigilancias e intromisiones que no se imponen al padre casado; y 2) los hijos de padres separados no han de ser privados de derechos que se reconocen a los hijos de padres casados (sobre todo, la compañía de sus dos progenitores).  El padre no es menos padre ni los hijos son menos hijos porque los cónyuges se separen.  Pasar por alto esa obviedad (como es el caso de la legislación vigente) sólo puede redundar en perjuicios para padre e hijos.  Mientras no se supongan al padre separado las mismas virtudes que se suponen al padre casado y no se reconozca que los niños necesitan en ambas situaciones a su padre, no habrá justicia para aquéllos ni para éste.

 Y es que las relaciones entre padres e hijos, como todas las vivencias intensamente humanas, no entienden de regulaciones jurídicas ni de ortododoxias y prejuicios sociales, sino que forman parte del flujo inatrapable de la vida y no pueden ser vaciadas en modelos fijos.  Por eso es antinatural cercenar de cuajo  todo un brazo de ramificaciones afectivas y decidir por las buenas que al niño, sea cual sea su edad, le basta con la otra rama.  ¿Acaso nuestros legisladores y jueces varones se consideran menos necesarios para sus hijos y menos capaces de atenderlos que sus esposas?  No debieran.  ¿Acaso nuestros legisladores y jueces de ambos sexos consideran que su padre fue menos importante y necesario en sus vidas que su madre?  Cuesta creerlo.  ¿Acaso nuestros legisladores y jueces de ambos sexos desean para sus hijos varones, si un día llegasen a divorciarse, el mismo trato que actualmente dispensa la ley al padre separado?  Es impensable. (Huelga preguntar si lo desearían para sí mismos, porque unos responderían que no y otras, si su sentido ético se lo permitiese, que sí.)

 ¿Por qué, entonces, teniendo el remedio en sus manos, permiten que el divorcio represente, en la mayoría de los casos, una separación brutal e injustificada de padre e hijos?  ¿Por qué caminos históricos hemos llegado a la aberración de pensar que lo mejor para tantos miles de niños es no tener padre, o mejor dicho, tenerlo solamente cuatro días al mes?

A mayor inocencia, mayor castigo

Curiosamente, también en materia de edades las leyes van a contracorriente de la vida y del sentido común.  En el salón de sus casas y tras orillar durante unas horas sus funciones oficiales y, con ellas, sus planteamientos profesionales, nuestros legisladores y jueces, hechos del mismo barro común a todos los seres humanos, no tendrán inconveniente en admitir que la convivencia y el contacto físico con los hijos son más necesarios cuanto menores son éstos. Apelamos a su experiencia personal.  No es lo mismo dejar al hijo en casa de unos amigos durante una semana a la edad de 2 años que dejarlo todo un mes cuándo tiene 18. La importancia del contacto afectivo y la presencia directa es inversamente proporcional a la edad.

Sin embargo, el criterio legal aplicado en las separaciones respecto de los hijos de corta edad es el opuesto a esa necesidad universalmente sentida.  Y ello se basa, una vez más, en el viejo estereotipo machista de que el padre está de más a la hora de cambiar los pañales.  Un niño de 10 años puede entender que existe un régimen de visitas que le impide ver a su padre y, al mismo tiempo, mantener, a pesar de la precariedad de ese régimen, vínculos afectivos anteriormente arraigados; y un muchacho de 17 años, si detrás tiene esa misma infancia de vida en común, puede mantener una relación afectiva plena con su progenitor mientras cursa estudios en un país extranjero.  Pero un niño de 1 año se expresa con otros lenguajes, basados en la asiduidad, el contacto físico, el calor de un pecho, la seguridad de unos brazos y la caricia de la voz amiga y tranquilizadora.  Un niño de esa edad necesita más que nadie sentir cerca el calor y el latido familiar.  Y si entonces es alejado de su padre y privado de ese intercambio de sensaciones vitales y afectos, difícilmente se consolidarán los vínculos naturales que, en condiciones normales, se establecerían entre ellos.

Como dijo el poeta, hasta los 14 años se vive, y después se sobrevive.  Aunque se haga abstracción del valor hiperbólico de la frase, sigue siendo cierto que las raíces profundas de nuestra vida se hunden en esos años de la primera infancia y de ellos absorben las savias buenas y los flujos malos que nutrirán las rosas y las espinas de nuestras vidas.  Pongamos fin a un régimen jurídico que siembra de espinas las vidas de nuestros hijos apenas empiezan a dar sus primeros pasos.

La manzana de la custodia

Como respuesta a tantas incongruencias, reivindicamos la custodia compartida, que, tras la disolución del matrimonio, pondrá al padre en el mismo nivel de derechos y obligaciones que la madre y equiparará su situación a la del padre no separado.  No estamos pidiendo ventajas económicas (pensión compensatoria, por ejemplo) ni exención de obligaciones; al contrario, reclamamos la responsabilidad de atender a nuestros hijos directamente y el derecho fundamental e irrenunciable a poder hacerlo.  Queremos volver al primer plano de la vida de nuestros hijos.

Uno de los efectos inmediatos de la custodia compartida y de la equidad en materia de derechos y obligaciones entre ambos progenitores sería la imposibilidad de utilizar al menor como rehén e instrumento de presión, abuso del que son víctimas tantos padres separados, sobre todo en los primeros tiempos de la separación o en los casos de hijos de corta edad, que son los más valiosos como rehenes para obtener ventajas económicas o, simplemente, para saldar cuentas y venganzas atrasadas.   

Hoy por hoy, la custodia compartida, inexistente en nuestro ordenamiento jurídico, es tan sólo la aspiración a una situación más justa y equilibrada, una solución inédita que, de momento, sigue durmiendo en el limbo de las teorías viables y positivas, hasta que la voz de la necesidad y del sentido común acaben por despertarla . Examinemos, pues, una hipotética situación de divorcio con custodia compartida.

En el momento en que una pareja con hijos se separa caben dos posibilidades: 1) reconocer a uno de los padres más derechos que al otro y, con ello, crear las condiciones para toda clase de abusos y hostilidades: ésa es la situación actual; y 2) reconocer exactamente los mismos derechos a ambos padres, lo que automáticamente restaría interés a cualquier planteamiento contencioso, ya que los padres no tendrían nada que ganar o perder, la custodia perdería todo el valor que actualmente tiene como arma más eficaz frente al ex cónyuge, los hijos dejarían de ser hipotéticos rehenes en manos del progenitor custodio y los términos de la separación se basarían exclusivamente en el bienestar del menor. Si no hay manzana, no hay discordia.

 Una vez establecido ese marco de estricta igualdad de derechos entre ambos padres, la separación posmatrimonial desembocaría automáticamente en alguna de las situaciones siguientes:

1) custodia compartida pactada por ambos padres en función de los intereses de sus hijos y propios, y ratificada por el juez. En ese marco, los actuales mecanismos de rivalidades quedarían automáticamente desactivados y el interés de las partes (y de los hijos) coincidiría en el logro de un entendimiento rápido. Las soluciones, resultado de la propia iniciativa de los padres, serían, en teoría, las más deseables.

2) custodia compartida establecida por el juez (en términos estrictamente igualitarios), por falta de acuerdo entre las partes.  El juez vendría a decir, salomónicamente: puesto que ustedes no tienen una solución mejor, procederemos al reparto equitativo de deberes y derechos.Las modalidades prácticas propuestas por las asociaciones de padres separados y otros colectivos interesados para ese hipotético caso podrían resumirse en estas tres opciones básicas: a) uno de los padres tiene la guardia y custodia y el disfrute de la vivienda familiar, y el otro se beneficia de un régimen de convivencia con los hijos lo más amplio posible, alternándose cada año o dos años en el desempeño de la custodia y la utilización de la vivienda; b) reparto equitativo de los días de convivencia con los hijos, basado en el calendario escolar (por ejemplo, días lectivos (y determinados días festivos o periodos vacacionales) con un progenitor, y días festivos con el otro, etc., estableciéndose una compensación económica para el progenitor que no utilizase la vivienda familiar; y c) alternancia semanal de los hijos en la convivencia con cada uno de los padres, conforme al modelo propuesto en febrero de 2001 por el Gobierno francés.  La pensión alimenticia desaparecería o sería recíproca en los casos a) y c); y se ajustaría en el caso b) si hubiese desigualdad apreciable en el número de días de convivencia o se prefiriese depositar en uno de los progenitores las responsabilidades económicas unitarias o "indivisibles" (colegio, seguro médico, etc.)

3) y por supuesto, todavía quedaría espacio para una opción de cesión voluntaria de la custodia, que se plasmaría en una situación más o menos similar a la que hoy existe ; con la diferencia de que, al tratarse de una solución pactada entre las partes, no daría lugar a los abusos actuales.

 Por encima de todo, no hay que olvidar que los padres y las madres no lo serán menos por haberse divorciado, y seguirán velando por el bienestar de sus hijos del mismo modo que lo harían dentro del matrimonio. Es la situación de desigualdad actual la que provoca tensiones, recelos, situaciones de impago, denuncias, incumplimientos del régimen de visitas, más denuncias y toda una espiral de rencores y odios. Y la que, a base de forzar artificialmente el distanciamiento entre padres e hijos, puede acabar, a veces, en un distanciamiento y un desinterés reales. Cuando se pone tanto empeño en debilitar los vínculos afectivos del padre con sus hijos, tampoco hay que extrañarse de que, en algunos casos, se debilite paralelamente la conciencia de sus obligaciones. El milagro es que la bola de nieve no crezca más después de tanto rodar por la pendiente.

¿Para qué empeñarse en pedir la luna?

Pongámonos en el lugar del hipotético padre en vías de separación con que comenzamos este análisis. Imaginemos que nos ha acompañado en nuestras reflexiones a lo largo de estas páginas y conoce un poco mejor las condiciones del club de papás perdidos en que está a punto de ingresar. ¿En qué términos planteará su separación? De pronto, todas sus falsas ilusiones sobre la posibilidad de obtener la custodia de sus hijos o de poder verlos a diario tras la separación se han venido abajo. Lo poco que había oído en la calle o en la televisión sobre igualdad de derechos, preferencias del menor, posibilidades en función de la edad de los niños, situaciones personales o laborales, liquidación de bienes, convenios o acuerdos mutuos choca con la cruda realidad: sus derechos legales, sea cual sea la forma en que plantee su divorcio, se reducen al régimen de visitas, es decir, a 4 días al mes de convivencia con sus hijos. Sus posibilidades de obtener la custodia no pasan del 4 o el 5 por ciento, pero sólo si tiene buenos argumentos (por ejemplo, drogadicción, alcoholismo u otras circunstancias incapacitantes de la madre), porque en circunstancias normales esas posibilidades son nulas. Si, a pesar de todo, decide intentarlo, tiene ante sí un largo y costoso proceso lleno de enconos y tensiones, al término del cual se hallará prácticamente igual que al principio, es decir, reducido a la condición de "visitante" de sus hijos. En esas circunstancias, ¿qué sentido tendrá para él solicitar la guardia y custodia? ¿Persistirá en su empeño de intentarlo hasta el final?

 Aproximadamente, en el 95 por ciento de los casos, la guardia y custodia se atribuye a la madre. Esa atribución es prácticamente automática cuando los niños son menores de 7 años, ya que así lo establece el artículo 1881 de la Ley de Enjuiciamiento Civil. Para un hombre, solicitar la custodia es perder tiempo y dinero. En tales condiciones, no es de extrañar que un alto porcentaje de separaciones (en torno al 50 por ciento) se realicen por común acuerdo; pero bajo ese "acuerdo" subyace la resignación del hombre que lo tiene todo perdido de antemano y no desea gastar dinero, tiempo y salud en batallas estériles. Por eso, no es justo que esos padres pasen a engrosar las listas de los que no han pedido la custodia y que, posteriormente, se utilicen esos datos para tratar de demostrar que el porcentaje de hombres que obtienen la custodia no es más elevado porque no la solicitan.

 Aparte de esa interpretación sesgada de la realidad, aún cuando fuera cierto que la gran mayoría de los varones renunciasen espontáneamente a la custodia, ello no justificaría la actual negación de ese derecho a la minoría restante. Aunque sólo existiese un único padre que desease compartir la custodia de sus hijos y, con ella, las responsabilidades naturales de todo padre, el Estado estaría moralmente obligado a reconocerle ese derecho. Hay derechos humanos irrenunciables que no prescriben, por más que la ideología dominante, el pensamiento único y las doctrinas políticamente correctas nos aburran, tarde, noche y mañana, con la letanía contraria. Un padre es para siempre.

(Noviembre de 2000)

 
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