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Las rosas
y las espinas del divorcio
Sepárate
y verás...
En las asociaciones
de separados, es ya clásica la escena del padre que, ante la
inminente ruptura de su matrimonio, se acerca en busca de información
y apoyo, muy decidido a luchar para no perder el contacto asiduo con
sus hijos, o muy esperanzado en obtener la guardia y custodia porque
piensa que sus circunstancias le son especialmente favorables... Sin
embargo, a medida que va conociendo el desenlace previsible que
tendrá su separación, las esperanzas y falsas ilusiones van
dejando paso a la perplejidad, primero, y al anonadamiento después.
Ese desconcierto en alguien tan directamente interesado en el tema
es buena prueba del desconocimiento generalizado de la sociedad
respecto de la situación de los separados y sus hijos.
En
pocas palabras, la situación que el régimen actual de separación
o divorcio reserva a ese futuro separado es la siguiente: de
entrada, se verá privado del contacto regular con sus hijos, ya que
la guardia y custodia se concede, casi automáticamente, a la madre;
en cambio, el sistema judicial le reconocerá el derecho de ver a
sus hijos algunos días al mes (generalmente, dos fines de semana) y
la mitad de las vacaciones escolares; se verá obligado a abandonar
su vivienda en favor de su ex cónyuge;deberá pagar a su ex cónyuge
una pensión alimenticia para cubrir los gastos de manutención de
los hijos y, con frecuencia, una pensión compensatoria para
manutención de la propia madre. La duración de tal situación
dependerá de factores tales como la edad de los hijos, la situación
laboral de la madre, etc.
En
cuanto a la patria potestad compartida, tal como están las cosas,
no pasa de ser una mera figura literaria, pura retórica jurídica,
sin ninguna concreción real. Es decir, ese hipotético padre
separado deberá, de la noche a la mañana, hacerse a la idea que no
tiene ningún poder decisorio en la crianza y educación de sus
hijos.
En
fin, todos estamos hechos de luces y de sombras, pero cuando un
sistema jurídico da tantas ventajas a una de las partes y favorece
tanto sus intereses, es inevitable que muchas personas cedan a la
tentación y traten de sacar el máximo partido a costa de la otra
parte. Esa es la razón por la que son tan frecuentes las
separaciones contenciosas: uno de los ex cónyuges tiene mucho que
ganar. Si el reparto de derechos y obligaciones fuese equilibrado,
ninguna de las partes tendría interés en emprender procesos
costosos y agotadores de los que no obtendría beneficio alguno, y
las separaciones por mutuo acuerdo serían la norma. Sin embargo, el
sistema actual convierte la ruptura del matrimonio en una inversión
muy rentable para una de las partes, eso sí, a costa de la otra y
del bienestar de sus hijos. Por ello, el divorcio sólo volverá a
los límites de la racionalidad cuando ninguno de los interesados
tenga posibilidad alguna de beneficiarse a costa del otro. Sólo
esas condiciones de neutralidad lograrán que los niños pierdan su
inapreciable valor como rehenes y arma arrojadiza en manos de quién
tiene su custodia.
Sin
embargo, la actitud social ante una injusticia de tales dimensiones
raya casi en la indiferencia. Incluso los varones más directamente
afectados, tras un primer movimiento de cólera y rebeldía, que a
veces se salda con resultados violentos y deplorables, parecen
sumirse en un definitivo letargo de impotencia y resignación. En
efecto, siendo tantos los padres separados que se han visto, de la
noche a la mañana, reducidos a la condición de total indigencia
material y afectiva, forzados a mendigar o comprar unas horas de
convivencia con sus hijos, y siendo tantos los allegados de esos
padres que han resultado salpicados más o menos directamente por el
fango del divorcio bárbaro, en definitiva, siendo tantas las
ramificaciones sociales de un problema tan grave, es inevitable el
asombro y la perplejidad ante el escaso eco público que suscita.
La
parálisis del varón
Tal
vez esa pasividad tenga
que ver con un sentimiento de autosuficiencia del varón,
culturalmente obligado a superar en solitario las dificultades
estrictamente personales y afectivas y rehuir la "humillación"
del apoyo psicológico y solidario; tal vez en esa actitud persista
un eco del “los hombres no lloran” de antaño.
Pero también hay un elemento de presión social, una atmósfera
de pensamiento políticamente correcto y ortodoxia feminista que lo
impregna todo y, como toda maleza demasiado exhuberante, impide que
prospere cualquier floración disidente o de otra especie.
Quizá el varón sigue perplejo y atónito ante un hecho histórico
que no comprende: media humanidad haciendo causa común contra la
otra media. O mejor dicho, las supuestas representantes del
hemisferio femenino decididas a reescribir la historia con un nuevo
reparto de papeles entre buenas y malos, heroínas y villanos, y a
vengar la milenaria atrocidad masculina en los individuos de las
generaciones presentes. Así, mientras el varón acomplejado entona
en voz baja su "mea culpa", o se limita a callar y esperar
a que escampe, los derechos circulan en un sentido y los deberes en
otro.
Ninguna
persona intelectualmente honrada puede aceptar ese análisis histórico
ni esa escisión de intereses por sexos,
científicamente contraria, no ya a nuestras tradiciones
culturales o nuestras estructuras familiares, sino a la propia
organización social de la especie humana, desde el origen de los
tiempos hasta el día de hoy. Nunca
ha existido esa frontera imaginaria entre los intereses de los dos
sexos, contraposición abstracta que no tiene cabida en la realidad
cotidiana, pues ello equivaldría a situar en bandos enfrentados a
padres e hijas, madres e hijos, hermanos y hermanas, amigos y
amigas, etc. La sociedad humana, a diferencia de otras especies, que
se aparean y si te he visto no me acuerdo, consiste esencial y
exclusivamente, en ese complejo entramado de afectos e intereses recíprocos,
tejido a partes iguales con material de ambos sexos. Cada cultura y
cada época lo expresan a su modo, a través de costumbres y
creencias que no sería justo evaluar en función de su coincidencia
con las nuestras. La historia ha asignado durante siglos
cometidos diferentes a hombres y mujeres, pero no sería honrado
explicar esa dualidad como la imposición de un sexo sobre el otro:
ningún padre da pan a sus hijos y piedras a sus hijas. El
feminismo, al menos como análisis histórico, se basa en la idea
contraria.
Sin
embargo, las pioneras de la "liberación" femenina deberán
admitir que su revolución, la más formidable de nuestra época, no
encontró más oposición en el ámbito masculino que en el
femenino, y que su batalla no se libró contra hordas varoniles,
sino contra principios y atavismos arraigados por igual en
individuos de ambos sexos. Pero la memoria humana es flaca y
tolerante con las demagogias restrospectivas. Agua pasada...
Por recurrir a un ejemplo de máxima actualidad, sería hoy
descabellado hacer responsables a todos los varones de los malos
tratos que una minoría pueda infligir a sus esposas o compañeras.
La realidad es que, no por ser varones, rechazamos con menos rigor
esos comportamientos. Pero si dentro de cincuenta años persiste la
actual proliferación de feministas radicales, aquejadas de la misma
miopía histórica que las presentes y herederas de su misoandria (o
su androfobia),
acabaremos todos barajados, la mayoría inofensiva y la minoría
agresiva, en un mismo frente imaginario de maltratadores que, a su
vez, justificarán nuevos resarcimientos en la persona de nuestros
biznietos. Este modelo de interpretación histórica, ridículo
si se contrasta con situaciones presentes, parece el único
políticamente correcto y goza de una gratuita credibilidad cuando
se aplica al pasado. Como nadie estuvo allí para verlo...
Añádase
a lo anterior la facilidad con que el feminismo occidental
(denominado ya "hembrismo" en algunos medios, por simetría
con el "machismo" y para diferenciar el feminismo
precursor e igualitario del feminismo radical y excluyente de la
segunda hornada), añádase, decimos, la facilidad con que ese
feminismo ha fagocitado y hecho suyo (sólo intelectualmente, claro)
el dolor "específico" de las mujeres del tercer mundo y
de otras culturas y situaciones sociales (dolor de etiología
masculina, según su diagnóstico), y la presteza con que han hecho
del “varón”, en abstracto, chivo expiatorio del sufrimiento
planetario, para tener completo el “ideario” que convierte al
sexo masculino en depositario de todos los errores pretéritos y
presentes. Paralizante, ¿verdad?
¿Padres
necesarios y padres superfluos?
Pues
bien, ese análisis histórico, basado en batallas imaginarias y
guerras inexistentes, ha logrado carta de pensamiento oficial,
resulta electoralmente muy rentable y es la ortodoxia imperante en
esta transición de milenio que nos ha tocado vivir. Ser varón no
está de moda. Ser padre separado, menos aún. Quizás por eso
tantos miles de padres separados tragan saliva en silencio y
prefieren atortugarse bajo su concha, sin ánimo ni fuerzas para
nadar contra esa corriente impetuosa que, bien servida por los
medios de comunicación, arrasa con todo a su paso.
En medio de tanta
euforia feminista, al legislador le cuesta poco admitir que, desde
el momento en que se pronuncia la separación, la presencia del
progenitor masculino pasa a ser superflua y el hijo deja de
necesitar al padre. Un papel con una firma, y la persona que era
oficialmente indispensable y entrañable se convierte en un estorbo
que ya no cuenta: metamorfosis del padre en pelele.
Un pelele bajo
sospecha. A ninguna autoridad pública se le ocurriría meter las
narices en cada hogar biparental para constatar si las necesidades
de los hijos se atienden o no adecuadamente. Se da por supuesto que
los padres saben qué es lo que mejor conviene a sus hijos y se les
reconoce el derecho a comprarles el número exacto de pares de
zapatos que juzguen necesario. Pero
al producirse la separación, el padre se convierte en sospechoso
para los órganos legislativos y judiciales. Sospechoso de no querer
comprar ya más zapatos, libros o medicamentos a sus hijos. Así que
lo mejor es ponerle una cuota mensual obligatoria y meterlo en la cárcel
si no la satisface.
No saque el lector
conclusiones apresuradas. No estamos justificando los impagos de
pensiones alimenticias para manutención de los hijos. Al
contrario, mientras se mantenga el actual régimen de separación y
divorcio, nos parece inexcusable el cumplimiento de esa obligación.
Lo que propugnamos es una situación nueva en que se mantengan
intactos los derechos y obligaciones que el padre tenía antes de
divorciarse. Lo que rechazamos es la situación actual, que, a
fuerza de limitar los derechos del padre, acaba por debilitar también
la conciencia de sus deberes.
En un marco teórico
de estricta justicia comparativa, si un padre obligado por decisión
judicial a pagar 60.000 pts al mes como pensión alimenticia para su
hijo fuese condenado por haber pagado sólo 55.000, también deberían
serlo todos los padres casados que, en parecidas circunstancias
socioeconómicas, sólo destinasen 55.000 pesetas mensuales a cubrir
los gastos del menor. ¿Por qué suponer que, en el primer caso, el
padre obra así por irresponsabilidad o mala fe, y en el segundo,
por el bien del menor o por falta de recursos? No llegaremos muy
lejos con soluciones basadas en el supuesto de que el padre es menos
padre por estar separado y en el prejuicio comparativo que supone al
padre los mejores sentimientos y el más alto sentido de la
responsabilidad paterna mientras permanece casado y que lo convierte
en sospechoso de no tenerlos desde el momento en que cesa la
convivencia conyugal. Con un arranque tan absurdo, es lógico
que lo viene detrás sea una sucesión de despropósitos.
Para enderezar lo
que está tan torcido habrá que empezar por desterrar ese prejuicio
y poner como piedra angular del divorcio el principio de que el
padre separado sigue abrigando los mismos sentimientos paternales
que se le daban por supuestos antes de la separación. Sólo sobre
esa base y sobre la convicción de que el hijo de padres separados
necesita tanto a su padre como el hijo de padres casados podrá
construirse un divorcio racional. Ése criterio igualitario,
que subyace en las legislaciones más progresistas (ley de divorcio
sueca), conduce necesariamente a una solución de custodia
compartida.
La
forma actual de regular los divorcios parece inspirada en la
convicción contraria. Sin
embargo, ninguna ley que se reclame justa puede desconocer
estos dos principios básicos : 1) el padre separado no ha ser
objeto de peor trato legal que el padre casado ni, a priori, ser
sujeto de obligaciones, presunciones, vigilancias e intromisiones
que no se imponen al padre casado; y 2) los hijos de padres
separados no han de ser privados de derechos que se reconocen a los
hijos de padres casados (sobre todo, la compañía de sus dos
progenitores). El padre
no es menos padre ni los hijos son menos hijos porque los cónyuges
se separen. Pasar
por alto esa obviedad (como es el caso de la legislación
vigente) sólo puede redundar en perjuicios para padre e hijos.
Mientras no se supongan al padre separado las mismas virtudes
que se suponen al padre casado y no se reconozca que los niños
necesitan en ambas situaciones a su padre, no habrá justicia para
aquéllos ni para éste.
Y
es que las relaciones entre padres e hijos, como todas las vivencias
intensamente humanas, no entienden de regulaciones jurídicas ni de
ortododoxias y prejuicios sociales, sino que forman parte del flujo
inatrapable de la vida y no pueden ser vaciadas en modelos fijos.
Por eso es antinatural cercenar de cuajo todo un brazo
de ramificaciones afectivas y decidir por las buenas que al niño,
sea cual sea su edad, le basta con la otra rama. ¿Acaso nuestros legisladores y jueces varones se consideran
menos necesarios para sus hijos y menos capaces de atenderlos que
sus esposas? No
debieran. ¿Acaso nuestros legisladores y jueces de ambos sexos
consideran que su padre fue menos importante y necesario en sus
vidas que su madre? Cuesta
creerlo. ¿Acaso
nuestros legisladores y jueces de ambos sexos desean para sus hijos
varones, si un día llegasen a divorciarse, el mismo trato que
actualmente dispensa la ley al padre separado?
Es impensable. (Huelga preguntar si lo desearían para sí
mismos, porque unos responderían que no y otras, si su sentido ético
se lo permitiese, que sí.)
¿Por qué, entonces, teniendo el remedio en sus manos, permiten que el
divorcio represente, en la mayoría de los casos, una separación
brutal e injustificada de padre e hijos?
¿Por qué caminos históricos hemos llegado a la aberración
de pensar que lo mejor para tantos miles de niños es no tener
padre, o mejor dicho, tenerlo solamente cuatro días al mes?
A
mayor inocencia, mayor castigo
Curiosamente,
también en materia de edades las leyes van a contracorriente de la
vida y del sentido común. En
el salón de sus casas y tras orillar durante unas horas sus
funciones oficiales y, con ellas, sus planteamientos profesionales,
nuestros legisladores y jueces, hechos del mismo barro común a
todos los seres humanos, no tendrán inconveniente en admitir que la
convivencia y el contacto físico con los hijos son más necesarios
cuanto menores son éstos. Apelamos a su experiencia personal.
No es lo mismo dejar al hijo en casa de unos amigos durante
una semana a la edad de 2 años que dejarlo todo un mes cuándo
tiene 18.
La importancia del contacto afectivo y la presencia directa
es inversamente proporcional a la edad.
Sin
embargo, el criterio legal aplicado en las separaciones respecto de
los hijos de corta edad es el opuesto a esa necesidad universalmente
sentida. Y ello se
basa, una vez más, en el viejo estereotipo machista de que el padre
está de más a la hora de cambiar los pañales.
Un niño de 10 años puede entender que existe un régimen de
visitas que le impide ver a su padre y, al mismo tiempo, mantener, a
pesar de la precariedad de ese régimen, vínculos afectivos
anteriormente arraigados; y un muchacho de 17 años, si detrás
tiene esa misma infancia de vida en común, puede mantener una
relación afectiva plena con su progenitor mientras cursa estudios
en un país extranjero. Pero
un niño de 1 año se expresa con otros lenguajes, basados en la
asiduidad, el contacto físico, el calor de un pecho, la seguridad
de unos brazos y la caricia de la voz amiga y tranquilizadora.
Un niño de esa edad necesita más que nadie sentir cerca el
calor y el latido familiar. Y
si entonces es alejado de su padre y privado de ese intercambio de
sensaciones vitales y afectos, difícilmente se consolidarán los vínculos
naturales que, en condiciones normales, se establecerían entre
ellos.
Como
dijo el poeta, hasta los 14 años se vive, y después se sobrevive.
Aunque se haga abstracción del valor hiperbólico de la
frase, sigue siendo cierto que las raíces profundas de nuestra vida
se hunden en esos años de la primera infancia y de ellos absorben
las savias buenas y los flujos malos que nutrirán las rosas y las
espinas de nuestras vidas. Pongamos fin a un régimen jurídico
que siembra de espinas las vidas de nuestros hijos apenas empiezan a
dar sus primeros pasos.
La
manzana de la custodia
Como
respuesta a tantas incongruencias, reivindicamos la custodia
compartida, que, tras la disolución del matrimonio, pondrá al
padre en el mismo nivel de derechos y obligaciones que la madre y
equiparará su situación a la del padre no separado.
No estamos pidiendo ventajas económicas (pensión
compensatoria, por ejemplo) ni exención de obligaciones; al
contrario, reclamamos la responsabilidad de atender a nuestros hijos
directamente y el derecho fundamental e irrenunciable a poder
hacerlo. Queremos
volver al primer plano de la vida de nuestros hijos.
Uno
de los efectos inmediatos de la custodia compartida y de la equidad
en materia de derechos y obligaciones entre ambos progenitores sería
la imposibilidad de utilizar al menor como rehén e instrumento de
presión, abuso del que son víctimas tantos padres separados, sobre
todo en los primeros tiempos de la separación o en los casos de
hijos de corta edad, que son los más valiosos como rehenes para
obtener ventajas económicas o, simplemente, para saldar cuentas y
venganzas atrasadas.
Hoy
por hoy, la custodia compartida, inexistente en nuestro ordenamiento
jurídico, es tan sólo la aspiración a una situación más justa y
equilibrada, una solución inédita que, de momento, sigue durmiendo
en el limbo de las teorías viables y positivas, hasta que la voz de
la necesidad y del sentido común acaben por despertarla .
Examinemos, pues, una hipotética situación de divorcio con
custodia compartida.
En
el momento en que una pareja con hijos se separa caben dos
posibilidades: 1) reconocer a uno de los padres más derechos que al
otro y, con ello, crear las condiciones para toda clase de abusos y
hostilidades: ésa es la situación actual; y 2) reconocer
exactamente los mismos derechos a ambos padres, lo que automáticamente
restaría interés a cualquier planteamiento contencioso, ya que los
padres no tendrían nada que ganar o perder, la custodia perdería
todo el valor que actualmente tiene como arma más eficaz frente al
ex cónyuge, los hijos dejarían de ser hipotéticos rehenes en
manos del progenitor custodio y los términos de la separación se
basarían exclusivamente en el bienestar del menor. Si no hay
manzana, no hay discordia.
Una
vez establecido ese marco de estricta igualdad de derechos entre
ambos padres, la separación posmatrimonial desembocaría automáticamente
en alguna de las situaciones siguientes:
1)
custodia compartida pactada por ambos padres en función de
los intereses de sus hijos y propios, y ratificada por el juez. En
ese marco, los actuales mecanismos de rivalidades quedarían automáticamente
desactivados y el interés de las partes (y de los hijos) coincidiría
en el logro de un entendimiento rápido. Las soluciones, resultado
de la propia iniciativa de los padres, serían, en teoría, las más
deseables.
2)
custodia compartida establecida por el juez (en términos
estrictamente igualitarios), por falta de acuerdo entre las partes.
El juez vendría a decir, salomónicamente: puesto que ustedes no
tienen una solución mejor, procederemos al reparto equitativo de
deberes y derechos.Las modalidades prácticas propuestas por las
asociaciones de padres separados y otros colectivos interesados para
ese hipotético caso podrían resumirse en estas tres opciones básicas:
a) uno de los padres tiene la guardia y custodia y el disfrute de la
vivienda familiar, y el otro se beneficia de un régimen de
convivencia con los hijos lo más amplio posible, alternándose cada
año o dos años en el desempeño de la custodia y la utilización
de la vivienda; b) reparto equitativo de los días de convivencia
con los hijos, basado en el calendario escolar (por ejemplo, días
lectivos (y determinados días festivos o periodos vacacionales) con
un progenitor, y días festivos con el otro, etc., estableciéndose
una compensación económica para el progenitor que no utilizase la
vivienda familiar; y c) alternancia semanal de los hijos en la
convivencia con cada uno de los padres, conforme al modelo propuesto
en febrero de 2001 por el Gobierno francés.
La pensión alimenticia desaparecería o sería recíproca en
los casos a) y c); y se ajustaría en el caso b) si hubiese
desigualdad apreciable en el número de días de convivencia o se
prefiriese depositar en uno de los progenitores las
responsabilidades económicas unitarias o "indivisibles"
(colegio, seguro médico, etc.)
3)
y por supuesto, todavía quedaría espacio para una opción de
cesión voluntaria de la custodia, que se plasmaría en
una situación más o menos similar a la que hoy existe
; con la diferencia de que, al tratarse de una solución pactada
entre las partes, no daría lugar a los abusos actuales.
Por
encima de todo, no hay que olvidar que los padres y las madres no lo
serán menos por haberse divorciado, y seguirán velando por el
bienestar de sus hijos del mismo modo que lo harían dentro del
matrimonio. Es la situación de desigualdad actual la que provoca
tensiones, recelos, situaciones de impago, denuncias,
incumplimientos del régimen de visitas, más denuncias y toda una
espiral de rencores y odios. Y la que, a base de forzar
artificialmente el distanciamiento entre padres e hijos, puede
acabar, a veces, en un distanciamiento y un desinterés reales.
Cuando se pone tanto empeño en debilitar los vínculos afectivos
del padre con sus hijos, tampoco hay que extrañarse de que, en
algunos casos, se debilite paralelamente la conciencia de sus
obligaciones. El milagro es que la bola de nieve no crezca más
después de tanto rodar por la pendiente.
¿Para
qué empeñarse en pedir la luna?
Pongámonos
en el lugar del hipotético padre en vías de separación con que
comenzamos este análisis. Imaginemos que nos ha acompañado en
nuestras reflexiones a lo largo de estas páginas y conoce un poco
mejor las condiciones del club de papás perdidos en que está a
punto de ingresar. ¿En qué términos planteará su separación? De
pronto, todas sus falsas ilusiones sobre la posibilidad de obtener
la custodia de sus hijos o de poder verlos a diario tras la separación
se han venido abajo. Lo poco que había oído en la calle o en la
televisión sobre igualdad de derechos, preferencias del menor,
posibilidades en función de la edad de los niños, situaciones
personales o laborales, liquidación de bienes, convenios o acuerdos
mutuos choca con la cruda realidad: sus derechos legales, sea cual
sea la forma en que plantee su divorcio, se reducen al régimen de
visitas, es decir, a 4 días al mes de convivencia con sus hijos.
Sus posibilidades de obtener la custodia no pasan del 4 o el 5 por
ciento, pero sólo si tiene buenos argumentos (por ejemplo,
drogadicción, alcoholismo u otras circunstancias incapacitantes de
la madre), porque en circunstancias normales esas posibilidades son
nulas. Si, a pesar de todo, decide intentarlo, tiene ante sí un
largo y costoso proceso lleno de enconos y tensiones, al término
del cual se hallará prácticamente igual que al principio, es
decir, reducido a la condición de "visitante" de sus
hijos. En esas circunstancias, ¿qué sentido tendrá para él
solicitar la guardia y custodia? ¿Persistirá en su empeño de
intentarlo hasta el final?
Aproximadamente,
en el 95 por ciento de los casos, la guardia y custodia se atribuye
a la madre. Esa atribución es prácticamente automática cuando los
niños son menores de 7 años, ya que así lo establece el artículo
1881 de la Ley de Enjuiciamiento Civil. Para un hombre, solicitar la
custodia es perder tiempo y dinero. En tales condiciones, no es de
extrañar que un alto porcentaje de separaciones (en torno al 50 por
ciento) se realicen por común acuerdo; pero bajo ese
"acuerdo" subyace la resignación del hombre que lo tiene
todo perdido de antemano y no desea gastar dinero, tiempo y salud en
batallas estériles. Por eso, no es justo que esos padres pasen a
engrosar las listas de los que no han pedido la custodia y que,
posteriormente, se utilicen esos datos para tratar de demostrar que
el porcentaje de hombres que obtienen la custodia no es más elevado
porque no la solicitan.
Aparte
de esa interpretación sesgada de la realidad, aún cuando fuera
cierto que la gran mayoría de los varones renunciasen espontáneamente
a la custodia, ello no justificaría la actual negación de ese
derecho a la minoría restante. Aunque sólo existiese un único
padre que desease compartir la custodia de sus hijos y, con ella,
las responsabilidades naturales de todo padre, el Estado estaría
moralmente obligado a reconocerle ese derecho. Hay derechos humanos
irrenunciables que no prescriben, por más que la ideología
dominante, el pensamiento único y las doctrinas políticamente
correctas nos aburran, tarde, noche y mañana, con la letanía
contraria.
Un padre es para siempre.
(Noviembre
de 2000)
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