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VIOLENCIA NO DE GÉNERO Y NO-VIOLENCIA DE GÉNERO

 Es inminente la celebración del Día Internacional contra la Violencia de Género, y ante este evento las organizaciones feministas, sus compañeros de viaje y los medios de comunicación en general ya preparan sus refritos con los lugares comunes de esa monótona y machacona propaganda involuntariamente sexista. Y también, viéndolas venir, quienes no creemos que la humanidad se divida en géneros y tenemos otras ideas respecto a las causas y los efectos de la violencia deberíamos prepararnos para contrarrestar su discurso con algunas ideas frescas. Ahí van algunas.  

Vamos a tomar el concepto de "violencia de género" según la definición del discurso feminista, suponiendo que es "cualquier forma de violencia (física, psíquica o sexual) ejercida por el hombre contra la mujer precisamente por su condición de mujer". Una definición viciada de sexismo, como puede verse. La vamos a tomar, aunque no creamos en ella, simplemente porque nos es útil para forjar los dos conceptos alternativos que expondremos a continuación: el uno contrario ("violencia no de género") y el otro contradictorio ("no-violencia de género").  

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La "violencia no de género" sería simplemente cualquier acto de violencia que no se pudiera clasificar como violencia de género. O sea, que incluiría toda la violencia que va de un hombre a otro, o de una mujer a otra, o de una mujer a un hombre (¿¡!?), o entre más de dos individuos, todos contra todos u organizados en bandos; pero también la que va de un hombre a una mujer siempre que en la agresión no intervenga la condición femenina de ésta, sino otras motivaciones, como sería robarle las joyas.  

Según las estadísticas, los hombres son víctimas aproximadamente del 80% de las acciones violentas; pero, como estas acciones casi siempre provienen de otro hombre, no tienen por qué ser objeto de ninguna campaña de sensibilización social. Lo mismo cabe decir de las agresiones, no tan numerosas, producidas entre mujeres. ¿A quién le importa se peleen dos borrachos en una taberna o dos pescaderas en un mercado? A pesar de la elevadísima frecuencia con que se producen estos incidentes, no dejan de ser casos aislados. Sólo cuando la violencia adquiere unas dimensiones cuantitativas o cualitativas considerables, como con el terrorismo, la delincuencia organizada o las bandas juveniles, se convierte en un problema social, "de orden público". Pero, claro, en eso el discurso feminista "de género" tampoco tiene nada que decir.  

Consideremos, de paso, el extraño caso de la violencia de mujer a hombre (extraño, pero no raro, como bien sabéis) y por qué no se incluye, como su opuesto, dentro de la definición de violencia de género. Por supuesto, no se incluye porque quienes han lanzado y definido dicho concepto son sexistas y no conciben tal cosa, pero no podemos conformarnos con esta explicación. Recordemos que las víctimas de la violencia de género lo son (eso dicen) "por su condición de mujeres". ¿Hay alguna mujer que ataque a un hombre "por ser hombre"? Esa es la cuestión. El discurso feminista lo va a negar siempre, y cuando se vea forzado a admitir que hay mujeres violentas atribuirá esa violencia a otras causas que nada tienen que ver con la condición masculina de la víctima (defensa propia, sobre todo).  

Por otra parte, ya hemos visto que la violencia masculina se dirige principalmente contra otros hombres. La femenina ¿contra quién se dirige: contra otras mujeres o contra los hombres? Si resultara que la dirigen especialmente contra los hombres, además de confirmar la victimización mayoritaria del varón tanto por agresores de uno como de otro sexo, cabría deducir que las mujeres son (siempre en proporción al total de agresiones infligidas) más propensas que los hombres a ejercer la violencia de género. Un escándalo difícil de digerir: es mejor esconder este polvo bajo la alfombra.  

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La "no-violencia de género", en cambio, es algo más delicado de definir, por cuanto ponemos en juego el concepto de no-violencia, con el cual nos referimos a la doctrina y al método que propugna la resolución de los conflictos de forma pacífica, lo que en todo caso requiere una toma de conciencia previa. Alguien se preguntará si es posible que haya una no-violencia de género, y ahora demostraremos que no sólo es posible, sino que es la opción habitual y predominante en las relaciones entre los sexos (naturalmente, en caso de conflicto; de otro modo, no tendría sentido).  

La propaganda feminista sostiene que la violencia de género es un método institucionalizado que la sociedad patriarcal emplea sistemáticamente para recordar cuales son las relaciones de poder establecidas desde siempre y mantener a las mujeres en su posición subordinada. Esta idea ha calado muy hondo en la opinión pública; apenas se discute, y sin embargo, no hay un dogma más falso en el catecismo feminista.  

La violencia, "per se", no goza de muy buena prensa. En general, se acepta como un último recurso cuando han fallado todos los demás, y la experiencia demuestra que, más que resolver los conflictos, lo que hace es aplazarlos y agravarlos; de ahí que la doctrina de la no-violencia la excluya completamente y tienda a sustituirla por otras formas de lucha que supone más efectivas.  

Pues bien, durante el proceso de aprendizaje del ser humano en los usos sociales, los educandos van descubriendo cuándo, cómo, dónde y contra qué adversarios se puede tolerar, a título personal, este último recurso, y más aún en qué ocasiones es desaconsejable o incluso constituye un tabú. Así, el neófito se da cuenta de que la violencia como último recurso sólo es tolerable cuando se dirige contra sus iguales, pero que hay una serie de personas a las que no debe hacer nunca objeto de sus iras bajo pena de incurrir en rechazo social. Entre estas personas están, por descontado, los superiores jerárquicos y los representantes de los poderes públicos (por las malas consecuencias que ello le acarrearía), pero también, como dignas de un especial respeto, las personas de más edad y (para los varones) las mujeres.  

Eso no significa que no tengamos conflictos con esas personas a quienes, por lo que son o lo que representan, debemos respetar. El conflicto siempre es posible, pero lo que nos está vedado es zanjarlo por vía violenta. Así, por ejemplo, un hombre agraviado, humillado o ultrajado y puesto en una situación tal que ante otro hombre de su condición ya habría llegado a las manos, ante una mujer se muestra mucho más flexible y adopta una actitud de resistencia pasiva propia de las tácticas de la no-violencia, y puede acabar cediendo o convenciendo (y recordando que una retirada a tiempo equivale a una victoria), pero sin apearse de su dignidad de persona cuerda y civilizada: ha sabido cumplir con lo que la sociedad espera de él.  

Por lo tanto, podemos decir bien alto y sin temor a equivocarnos que A UN HOMBRE LE ESTÁ VEDADO EJERCER VIOLENCIA CONTRA UNA MUJER, PRECISAMENTE POR SU CONDICIÓN DE MUJER, con lo cual, esta vez sí, interviene el condicionante "de género" como algo consubstancial a este tipo de no-violencia.  

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Entonces, ¿cómo es que se producen casos de agresión a las mujeres por parte de hombres? Los suficientes, por lo menos, como para que los grupos feministas puedan elaborar las teorías que estamos contrarrestando y lanzar grandes campañas a su costa. Seguramente, porque hay individuos que no son lo suficientemente tolerantes con ningún adversario, y cuando éste es una mujer (o aunque fuera su propio padre) no tienen en cuenta este hecho y pasan a tratarle como a un igual. Pero al proceder de tal forma han quebrantado un tabú y, si llega a trascender, corren el riesgo de que se les excluya de un modo u otro de la convivencia social.  

Y no hace falta inventar nada. Todo esto es el meollo de lo que antaño se conocía como cortesía o caballerosidad, y por lo tanto, es algo que todos debemos conocer, ya que forma parte en grado sumo de nuestra propia tradición cultural. Esa misma tradición que el discurso feminista se ha empeñado en ocultar o tergiversar en interés propio, y así nos va.  

Jordi Parramón Blasco (noviembre de 2002)
 

 

 

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