LA CASA DE LOS CORAZONES PÚRPURA

Una historia de cine en la meca del cine: la lucha desigual de un discapacitado indomable contra la millonaria secuestradora de su hijo y contra la formidable inercia del sistema.

En la tierra de la justicia y la libertad...                                                             

El caso de Christopher Robin podría perfectamente servir de guión para una de las más profundas y humanas películas que se hayan rodado nunca en Hollywood, que es el escenario real donde se ha desarrollado su insólita historia. En Hollywood y, por si fuera poco, en la casa construida en 1927 por el actor de cine mudo Bibi Daniels y en la que habitó Clark Gable de 1929 a 1932.

La lucha que mantiene Christopher Robin desde su silla de ruedas (padece una grave enfermedad degenerativa de la columna vertebral) es la lucha de David contra Goliat. Desde que, en 1993, su ex mujer decidió que el Sr. Robin no le convenía ya como marido y que, por extensión, tampoco le convenía como padre del hijo de ambos, Christopher se ha visto forzado a sostener un combate desigual contra la multimillonaria familia de su ex mujer, contra un sistema judicial que no le permite ejercer sus derechos paternos, contra la cárcel, contra los hospitales psiquiátricos y contra las limitaciones impuestas por su enfermedad. Pero todos esos obstáculos no han bastado para obligarle a traicionar su lema: Never give up... (Nunca abandones). 

Cuando contrajo matrimonio, Christopher era un cantante de éxito, sin problemas económicos. Después vinieron los años en que fue el padre feliz de un hijo feliz que, además, sacaba las mejores notas en el colegio. Hasta que un día de julio de 1993, su mujer le dijo que se iba para unirse a un hombre verdaderamente rico (“Yo tenía dinero, hasta que ella lo gastó”, recuerda con amargura Christopher) y le explicó que ella y su madre llevaban tres años planeando el divorcio, y que ella se quedaría con todo y le arrebataría a su hijo. "Eso no será posible en América -pensó Christopher-, la tierra de la justicia y la libertad". Pero fue posible, y a medida que el abismo de la separación física se ensanchaba, la frustración de su hijo se plasmaba en un descenso en picado de su rendimiento escolar. 

El muro del recuerdo

Como tantos padres separados, Christopher Robin empezó pronto a tener problemas para ver a su hijo. Según sus cálculos, llegó a verlo unas veinte veces en los dos años siguientes a la separación, la última de ellas cuando el niño, que actualmente es un adolescente de 15 años, tenía 11.  Después la madre impidió toda relación del padre con su hijo. Fue entonces cuando Christopher tuvo una singular idea: por cada día transcurrido sin ver a su hijo pintaría un corazón de color púrpura en la fachada de la casa que habitaba y de la que era parcialmente dueño. De esa forma, poco a poco, las blancas paredes del edificio fueron cubriéndose de corazones y convirtiéndose en un símbolo del amor frustrado de un padre y una bandera de lucha contra la discriminación. Poco a poco fueron llegando de diversas partes del mundo textos y fotos relativos a las historias de dolor de otros padres separados de sus hijos, y cada una de esas historias tuvo también su lugar en las paredes de la casa, que en febrero de 2001 contenían ya más de 1800 corazones púrpura y se habían convertido en un incómodo "muro del recuerdo" en el corazón de la ciudad.  Algunos de sus ilustres vecinos no se abstuvieron de mostrar su descontento por esa "profanación" de un edificio singular, como cuenta Christopher Robin en su artículo Never in real life (ver enlace al final de esta página), pero ni un solo periódico se interesó por el cambio de aspecto de las venerables paredes, que se convirtieron pronto en foco de atención para miles de turistas de la meca del cine. Evidentemente, era un símbolo molesto, un monumento al dolor del padre separado, una especie de úlcera en la adormecida conciencia del sistema... 

Por entonces Christopher se ganaba la vida como profesor de canto.  Cuando vio pisoteados sus derechos de padre, renunció a pagar un solo dólar más a su millonaria ex. A su vez, esta mujer y su poderosa familia no escatimaron medios económicos ni dejaron de utilizar toda su gran influencia política para doblegar a Christopher y acabar con su resistencia y su bandera de lucha: la Casa de los Corazones Púrpura.

Huésped forzoso en el nido del cuco 

Un atardecer de junio de 1998, varios vehículos policiales rodearon la casa y ocho corpulentos agentes, acompañados de una psicóloga no menos corpulenta, irrumpieron en su interior. Hallaron a Christopher sentado en un banco del gimnasio, le pusieron las esposas sin miramientos para la artritis degenerativa de su espina dorsal y se lo llevaron sin más explicaciones rumbo al pabellón de Psiquiatría de un gran centro médico de Los Angeles. Las peripecias vividas en ese pabellón son dignas de un relato de Kafka, y la descripción que de ellas hace Christopher no desmerece en humor irónico y amargo. Al cabo de cierto tiempo, Christopher pudo conocer la causa por la que estaba allí: las aparatosas medidas adoptadas tenían por objeto impedir su suicidio, previsto, según escuchó boquiabierto, para el Día del Padre. De nada sirvió que Christopher explicara que lo que tenían dispuesto para conmemorar ese día era el ahorcamiento simbólico de un muñeco que representaba la marginación y destrucción del padre separado a manos del sistema, y que la horca y la soga instaladas en lo alto de la Casa de los Corazones Púrpura eran un símbolo para conmemorar la muerte y destrucción de los derechos del padre. "Nunca me recobraré del trato recibido... Nunca perdonaré al sistema por lo que me ha hecho pasar. Han convertido un hombre pacífico en su enemigo", escribió Christopher Robin respecto de su experiencia en el pabellón de Psiquiatría.

"Me esposarán otra vez a mi silla de ruedas" 

En octubre de 1998, Christopher Robin fue condenado a 30 días de cárcel por negarse a vender la Casa de los Corazones Púrpura y destinar el importe al pago de los 9000 dólares de atrasos que le reclamaba su ex. Para entonces, hacía dos años de su ex mujer impedía a Christopher todo contacto con su hijo. El juez Schoenberg no tuvo en cuenta la privilegiada situación económica de la madre ni la precaria situación laboral y física del padre. "El ayudante del sheriff esposó mi muñeca derecha a mi silla de ruedas y me condujo directamente del tribunal a la cárcel", cuenta Christopher. La sentencia tuvo amplio eco, y hasta el juzgado llegaron cartas procedentes de los lugares más dispares del mundo pidiendo la puesta en libertad de Christopher, algo que no dejó de impresionar al juez, según éste reconoció posteriormente. 

Pero las desdichas no habían terminado para el discapacitado inquebrantable. "Me esposarán otra vez a mi silla de ruedas", escribía Christopher Robin en febrero de 2001, antes de acudir al tribunal. Y añadía: "Me siento débil. Nunca imaginé que llegara a convertirme en un pelele, aunque ahora es evidente que lo soy. No tengo fuerza... he librado una batalla que ningún hombre puede ganar. Han destruido mi vida y nunca tendré posibilidad alguna de vencer". Para entonces Christopher había conseguido que no le arrebataran su casa (propiedad compartida), pero la amenaza de la prisión por impago de la pensión alimenticia a la millonaria secuestradora de su hijo seguía cerniéndose sobre su cabeza. Dada la invalidez del demandado, el juez le instó a que se acogiera a un programa de la Seguridad Social que se hiciese cargo del pago de la pensión a su ex mujer, pero Christopher Robin, fiel a sus principios, se negó de plano a aumentar, a costa de los contribuyentes, el nivel económico de la ex esposa millonaria que, durante los cinco últimos años, le había impedido todo contacto con su hijo. 

Actualmente (mayo de 2001), Christopher Robin depende de su silla de ruedas para cualquier desplazamiento (le retiraron el permiso de conducir el 30 de abril de 2000) y su indigencia y endeudamiento son extremos, hasta el punto de que para acceder a Internet debe acudir a la biblioteca pública, donde tiene derecho a conectarse durante 15 minutos en cada ocasión. 

En febrero de 2001, bajo la espada de Damocles de un nuevo encarcelamiento, Christopher Robin publicó en The Backlash un artículo que termina con estas palabras: "Tal vez me envíen a la cárcel para el resto de mi vida. No lo sé. La cárcel no es un lugar agradable. Las camas son duras y carecen de almohadas, aunque los enfermos de la columna vertebral necesitamos varias almohadas para dormir. Estaré rodeado de asesinos y violadores, y los guardias son gente dura e insensible. Es una perspectiva aterradora, pero creo que es absolutamente necesario pasar por ello. Tal vez cuando salga las cosas sean diferentes. O tal vez muera allí. Pero nunca, jamás abandonaré."

YYYYYYYYYY

 

“¿Recordáis el tiempo en que éramos inocentes, el tiempo en que éramos ingenuos? ¿Recordáis la época en que creíamos que existía justicia en la Tierra de la Libertad? ¿Recordáis el tiempo en que estábamos seguros de que los tribunales nos tratarían de forma justa, equitativa e igualitaria? 

¿Recordáis cuando éramos padres y teníamos el amor de nuestros hijos, podíamos rezar con ellos por la noche, contarles historias de nuestra infancia, hacer planes con ellos acerca de su futuro y darles un abrazo y las buenas noches? ¿Recordáis los tiempos en que podíamos libremente llevarlos a la escuela o al cine, o jugar a la pelota o al hockey? ¿Recordáis estas impresionantes palabras: "te quiero, papá"? 

¿Recordáis la sensación de tener esos pequeños brazos alrededor de vuestro cuello, apretándoos fuertemente hasta casi ahogaros? ¿Recordáis cómo vuestro hijo os rodeaba con sus bracitos con tanta fuerza como si tuviese miedo de dejaros marchar? ¿Recordáis los bellos ojos de vuestro hijo, que os miraban como los de ninguna otra persona podrán jamás hacerlo? ¿Recordáis la expresión de los ojos de vuestro hijo la última vez que lo visteis?” 

Del artículo “Tiempo para recordar” (A time to remember), de Christopher Robin.

 

 
“Si eres un verdadero activista, lucha. Nunca nos regalarán la justicia, debemos luchar por ella. Tenemos que agotar al enemigo... Podrán torturarme, podrán matarme, pero no les daré un penique hasta que me permitan ser un padre para mi hijo.” (Del artículo “Tiempo para recordar” (A time to remember), de Christopher Robin.)
 

Enlaces de referencia:

En el sitio web Fathers for Life:

En el sitio web The Backlash: Artículos de Christopher Robin

En el sitio web Mens Rights

En el sitio web Angryharry:

 

 
 

http://www.adiospapa.info