TODOS CONTRA PAPÁ

El relato de otro padre separado que creía que la justicia, el buen sentido y el interés del niño presidían las decisiones relativas al divorcio hasta que se vió inmerso en una pesadilla de despojo moral y material, mentiras, injurias, calumnias y malos tratos... a una banqueta.

"Soy un padre recientemente separado, en mi caso, no por iniciativa propia, sino por la de mi ex-esposa, quien adoptó esa decisión, a mi juicio, en parte por su inicio de una nueva relación, y por supuesto alentada por las ventajas que la actual legislación le proporcionaban.

Mi caso es el de una persona que trabajó muy duro durante toda su vida para tener una familia y un hogar y un día, mientras veía la tele, la vida le gastó una broma pesada. He de decir que antes de aceptar la destrucción de mi familia traté por todos los medios a mi alcance de salvarla, pero la decisión ya estaba tomada: había un buen negocio a la vista.

No he podido evitar identificarme al leer muchos temas de vuestra página, y aunque es cierto aquello de "mal de muchos, consuelo de tontos", he revivido la pesadilla que para mí supuso asimilar una situación tan imprevista como inexplicable, sobre todo al pensar en mis dos hijos, entonces de 4 y 3 años, a los que me dediqué en cuerpo y alma desde que vinieran al mundo y que han ocupado y ocupan el centro de mi vida.

Yo fui uno más de aquellos hombres desorientados que acuden a un abogado pensando ”esto no puede pasarme a mí, la ley me va a proteger”. Por supuesto, como en tantos otros casos, no hubo lugar a un arreglo de acuerdo mutuo, dado el minucioso conocimiento y estupendo asesoramiento que la madre de mis hijos tuvo en todo momento respecto a lo mucho que podía ganar y lo poco que perder. Cualquier acuerdo pasaba por hipotecar mi vida en uno u otro sentido. Así que tomé la decisión de iniciar un penoso proceso en el que no salí mejor parado de lo que se me auguraba.

Siempre he confiado en la justicia y pensé que el hecho de haber sido un buen padre, de haberme dedicado por entero a mi familia  y de haber edificado económicamente mi hogar avalarían una decisión judicial justa. Todo esto no era difícil de probar, entre otras cosas porque pasaba todas las tardes con mis hijos (el horario laboral de mi ex-esposa es muy extenso) en compañía de una empleada doméstica que vivía con nosotros como uno más de la familia y que estaba tan indignada como yo al comprobar lo que se me venía encima. El juez no permitió que declarase en el juicio.

Además, pensé que el hecho de que el detonante de la ruptura fuese el inicio de una nueva relación de mi entonces esposa, haría que la decisión judicial asignase la responsabilidad de comenzar una nueva vida a quien lo decide, y no a quien lo padece.

A pesar de poder probar este hecho, a los jueces sólo parecen importarles estos detalles en el caso de alguna famosa.

El proceso judicial fue como un mal sueño, en el que no se permitió ni demostrar mi mejor disposición para educar y atender a mis hijos, ni mi mayor dedicación durante el matrimonio, ni mi casi total financiación de nuestro patrimonio. Y lo que es peor, tampoco se me permitió demostrar la falsedad de las numerosas mentiras, injurias y calumnias que la parte (voy a llamarlo por su nombre) contraria vertió sobre mi persona. No podía entender que la persona a la que aun amaba pudiera redactar algo tan bajo.

A título de ejemplo, no sin rubor, os diré que un buen día, al comprobar que nuestra cuenta corriente estaba siendo objeto de transferencias a una nueva a nombre de mi ex-esposa, en una torpe reacción, golpeé una banqueta, lo que me costó una denuncia y juicio por “malos tratos de obra”!. Y allí me vi una vez más, en los malditos juzgados de la Plaza de Castilla. Fui “absuelto por falta de pruebas” gracias a que mi denunciante, en todo un gesto, no compareció, pero la juez se encargó muy bien de remarcar que “no se me consideraba inocente”.

No pretendo justificar cualquier acto violento, y aunque nimio, me avergüenza no haber mantenido la calma, pero quiero pediros que entendáis el sentimiento de una persona acorralada, que ve como todo lo que ama se le desmorona. He llegado a pensar que todo estaba calculado aprovechando la sensibilización social en contra de los repugnantes malos tratos infringidos a sus compañeras por algunos descerebrados. El verme sometido a este juego sucio sí que me hizo sentirme maltratado.

Y en este estado de cosas se celebró mi juicio de separación. El juez se limitó a aplicar la norma tan conocida por todos. El texto de la sentencia parece sacado de un documento-tipo con el que tantos de vosotros estaréis tristemente familiarizados.

Tuve que abandonar la casa que tanto esfuerzo me costó conseguir, tuve que dejar el hogar que planee para mi familia y tantas ilusiones. Allí se quedaba la mujer a la que amé, mis recuerdos, mis planes de futuro, y sobre todo mis dos tesoros, mis hijos. Os aseguro que aun a pesar de haber pasado tan malos momentos, ese fue el día más triste de mi vida.

Debo decir que la pensión de alimentos que se me impuso no es descabellada, dentro de lo desconcertante de obligar a alguien a asumir responsabilidades que siempre ha asumido naturalmente. A pesar de eso, estas cargas junto con la de soportar la mitad de nuestra hipoteca de una casa en la que no puedo vivir, unido a la necesidad de mantener otra economía: la mía (no olvidemos  que el padre también debe vivir en algún sitio) supusieron un descalabro económico importante, lo que me obligó a buscarme un segundo empleo para poder llegar a fin de mes.

A partir de ese día, la vida ha sido muy dura. Me vi privado del trato diario con mis hijos. Sí, es cierto que se concede un régimen de vistas, y en mi caso, debo decir que gozo de una cierta “manga ancha” por parte de su madre, quien por otro lado ve (como era previsible) que mis hijos pasan más tiempo en compañía de una empleada doméstica que con sus padres.

Pero la realidad económica que he expuesto, hace que el tiempo material que pueda dedicar a mis hijos deba reducirse al que se indica en la sentencia, y gracias. Intenté vivir en un piso alquilado cerca de mis hijos, pero tampoco pude mantenerlo, por lo que hoy vivo a 50 Km. de ellos, lo que dificulta aun más nuestro contacto.

Por lo demás, mi vida de hoy se ha convertido en una cosa rara y algo triste, en la que uno no sabe muy bien si es el de los fines de semana pares, los impares, o ninguno de los anteriores. No obstante, la naturaleza humana es fuerte y tanto yo como mis hijos vamos adaptándonos a esta especie extraña de relación que entre su madre y el juez han diseñado para nosotros.

Quizá algún día podamos hacer de esto algo feliz y crezcamos sanos."

 L.M.