| FRAGMENTOS
DE PESADILLA
(Pasajes
y recortes del diario escrito por un padre durante las semanas que
precedieron y siguieron a su separación. Muchos padres separados verán
reflejados en ellos sus propios recuerdos)
[…] En épocas anteriores, el niño me llamaba constantemente al
trabajo, sobre todo a primera hora. En general, el niño
despertaba antes de que yo saliera, yo le preparaba el desayuno y él se
quedaba viendo la tele mientras su madre dormía. Cada cuarto de hora nos
hablábamos por teléfono, hasta que su madre se levantaba. A partir del
otoño la labor de interposición materna empezó a dar frutos y el niño
dejó de llamarme por teléfono
[…] Hoy he vivido una escena realmente infernal, y he venido destrozado
al trabajo, cuando ella me ha dicho con gestos y muecas, a espaldas del
niño, que el niño era para ella, no para mí. Ha sido una escena atroz,
por la intensidad del odio que mostró.
[…] Ha hecho desaparecer la llave de mi habitación, porque dice que no
le gusta que la gente se cierre por dentro, "por si pasa algo". Durante
la noche, pongo unos libros detrás de la puerta, que hagan ruido al caer
si alguien abre...
[…] Hoy ella ha entrado en un estado de cólera indescriptible, de
enajenación. A los insultos habituales añade la agresión física y me
sacude varios golpes con saña. Noche de vela y terror. Duermo con la
cama detrás de la puerta, porque hace tiempo que ha escondido las llaves
de las habitaciones para que no pueda encerrarme por dentro durante la
noche.
Son noches de verdadero pavor, en que siento que puede ocurrir de todo.
[…] Al mediodía, ella se lanza contra mí como una fiera y me golpea
repetidamente en el pasillo, estando el niño en casa (no llegó a
presenciar los golpes, pero oyó los gritos y amenazas: "te voy a cortar
el cuello" (y hacía el gesto con la mano), etc. Han sido momentos
escalofriantes.
[…] Al volver a casa, bronca a todo volumen delante del niño, que
escucha todo durante cerca de dos horas, mientras cena y después. Se
levanta varias veces de la mesa diciendo que no puede soportarlo más,
pero ella no ceja. El niño está verdaderamente aterrorizado. No despego
los labios, porque ella perdería el control y me sacudiría. De hecho,
hace amago de golpearme en dos ocasiones delante del niño. He tratado de
evitarle esa escena al niño, pero si despego los labios, me sacude
delante de él. El niño me mira aterrorizado, se tapa los oídos con los
cojines del sofá y pide a su madre una y otra vez que se calle. Yo no
abro la boca, porque si digo algo me mata.
[…] Las noches son verdaderamente de terror para mí. Cuando pienso que
ya me cree dormido, me levanto y desplazo la cama sin hacer ruido (antes
de acostarme coloco unos trapos debajo de las patas) hasta bloquear la
puerta. Toco madera porque no descubra el truco, porque sino es capaz de
quitar la puerta, como antes quitó la llave. Duermo un par de horas e,
invariablemente, me despierto hacia las dos o las tres, con una gran
tensión en el estómago que acabará siendo úlcera si esto dura, y ya no
puedo dormir más hasta que me levanto. Luego viene lo más doloroso,
cuando se levanta ella a duchar al niño (lo que nunca había hecho en 7
años) y a no dejarme tocarlo, a hacer ostentación de que el niño será
para ella y no para mí, etc. Desearía dormirme y no despertar hasta que
el niño fuese mayor y pudiese comprender.
[…]
Al venir al colegio, el niño me dice: me gustaría tener otra familia,
donde no hubiera tantos problemas. Me paso los días aguantándome las
lágrimas como puedo, aunque en el despacho ya me han pillado casi in
fraganti más de una vez.
[…]
Mi último día en casa. Voy al parque con el niño y allí le explico,
sentados los dos en un banco mientras empieza a anochecer, aguantándome
las lágrimas como puedo, que voy a tener que separarme de él y que donde
quiera que esté va a oír hablar mal de mí. Creo que aunque viva cien
años no se borrará de mi alma el dolor de estos días.
[…] Llamo por teléfono y consigo hablar unas palabras con él, que me
dice que ya está vestido y sólo le falta desayunar. Me dice confuso que
tiene que cortar la conversación (su madre le está haciendo señas de
que lo haga). No he podido hablar ni un minuto con él. Es para morirse,
medio minuto de conversación telefónica en una semana.
[…] Ella permite que el niño me llame a primera hora (antes de ir al
colegio). Al parecer, la llamada pasó rebotada a recepción y el niño
dijo a la recepcionista: “Dígale a mi papá que vaya a buscarme al
colegio a las 12”. Y colgó. Su madre lo oyó y se apresuró a llamar
rápidamente y a decir que era un error, que de ir a buscar al niño,
nada. Durante todo el día han dado vueltas en mi cabeza esas palabras,
como la música más deliciosa: “Dígale a mi papá que vaya a buscarme al
colegio a las 12...”
[…] Comparecencia ante el juez, por primera vez en mi vida. Quien mienta
con más descaro, mejor para él. Ella y su abogada hacen lo posible por limitarme el
derecho de visitas al niño, alegando entre otras cosas, que vivo lejos
(6 km) y es malo para el niño atravesar conmigo la ciudad en coche, que
vivo en un estudio alquilado, etc. Entregan al juez certificados médicos
relativos al niño para impedir que me dejen verlo. Al final, el juez me
señala el régimen mínimo: sábado y domingo (cada quince días).
[…] He pagado el alquiler del estudio y la pensión ordenada por el juez…
Me quedan 2.900 pts en la cuenta y 14.000 en el monedero, y todo el mes
por delante.
[…] Ella me amenaza con todas las catástrofes posibles... Es un
verdadero saco de odio. Cada vez veo más claro que cumplirá su amenaza
de dedicar el resto de su vida a destruirme. La razón de su vida ahora
no es el bien del niño, sino el mal que pueda hacerme a mí. Me siento
anonadado ante esa capacidad para el odio y el rencor.
El problema es el concepto que ella tiene de su matrimonio, como si yo
fuera su vasallo y no pudiera disponer de mi persona. Una res de su
propiedad, marcada con su hierro.
[…] Ayer (sábado), al recoger al niño, ella lo bajó hasta la calle, como
otras veces, y empezó a gritar delante del taxista y del conserje y, por
supuesto, del niño: “Delincuente, que eres un delincuente, así que
quieres dejarnos a mi hijo y a mí en la calle… ¡Eres un delincuente!” (Y
eso que tengo que pasarle cada mes el 65 por ciento de mi sueldo). Al
devolver al niño (domingo), ella, como viene siendo habitual, ni mi
saludó ni me miró; sólo hizo las carantoñas y aspavientos de rigor al
niño, como si hiciera un año que no lo ve. Pero el niño, cuando ya se
cerraba la puerta, se volvió y dijo: “Adiós, papá”; supongo que le
sonreí, pues ella empezó a gesticular y a decirle al niño: “Mira qué
risa de imbécil tiene tu padre, mira qué cara de tonto pone...” La
puerta se cerró y ya no oí más, pero a través del cristal vi que seguía
gesticulando y burlándose de mí ante el niño.
[…] El único rayo de luz que queda en mi vida es el niño, la esperanza
de que él un día comprenda y juzgue... Toda la gente que nos
frecuentaba, todos los “amigos” comunes, apoyan los desafueros y
desmanes de ella: que me vampirice económicamente y se niegue a
trabajar, que se haya apoderado por las bravas de la casa y de mis
pertenencias, que me impida ver al niño, que se considere dueña de vidas
y haciendas, en definitiva.
[…] Al mediodía he ido al colegio del niño, como él me había pedido, a
ver el desfile. Lo he visto fugazmente, al desfilar su grupo. Las tres
veces que ha pasado frente a mí, me ha saludado tenso, casi sin sonreír,
de una forma que me extrañó y me dolió, porque no me parecía él. Quizá
la presencia de su madre, que andaba por allí, quizá la responsabilidad
del desfile, le hicieron estar tenso. Tenía la esperanza de que en algún
momento se acercara a saludarme, pero se ve que estaba demasiado
controlado por su “propietaria”. Cuando me marchaba lo vi a lo lejos, en
un extremo del patio, él me descubrió y vi que hacía un gesto con la
cabeza y señalaba hacia mí. Creí que tal vez vendría a darme un beso...
pero en seguida vi cómo se interponía la figura de su madre...
y allí se quedaron. He pasado la tarde llorando. Faltan diez días
para la próxima “visita”.
[…] Creo que estoy
pasando los peores días desde que empezó esta danza macabra, hace ya más
de un año. No sé cómo saldré de este pozo, ni cómo haré para no ir
hundiéndome cada vez un poco más. Es tan injusto que no me dejen ver al
niño, y veo por delante tantos años con este dolor encima... Cómo es
posible que el Estado pueda perpetrar semejantes barbaridades...
Quitándome a mi hijo van a conseguir quitarme las ganas de vivir y dejar
al niño sin padre, que tal vez a ellos les parezca que es lo mejor para
el niño, dado el interés que ponen en separarnos. Nunca me había visto
tan mal, tan cerca de tirar la toalla...
[…] Son los días más negros, desde que empezó esta pesadilla. Si algo he
sido en esta vida, ante todo y por encima de todo, es padre. Y si me
quitan a mi hijo tan brutalmente como lo están haciendo me están
quitando la vida. He pasado de padre a mendigo, y a mi hijo me lo han
convertido en una limosna que me dan de tarde en tarde: 86 horas al mes,
es decir, 3 días y medio. Y ni un derecho, ni una decisión, nada... De
padre a mendigo.
[…] El síndrome del lunes después de un fin de semana con el niño. Un
pozo de tristeza insondable. Me paso el día ante los papeles, tratando
de trabajar, pero estoy embotado, sin fuerzas, con sensaciones de
enfermo. Y ahora, otros quince días lejos de mí, quince días de lavado
de cerebro, para luego tener que ir recomponiendo la ternura en 35 horas
apremiantes que voy descontando como quien ve vaciarse un reloj de
arena. Y este es el mal menor, porque lo que me hiela el alma en pensar
en lo que hará ella cuando acabe todo este purgatorio de abogados y
jueces y tenga la custodia en firme...
[…] Cuando ya nos marchábamos de vuelta con su madre, me dijo, antes de
salir de casa: “Ahora es mejor que no hablemos por el camino, porque
luego mi madre, siempre que vuelvo de pasar el fin de semana contigo,
dice que estoy muy raro”. Y sin embargo, cuando nos bajamos del coche me
dijo casi llorando: “Ahora no estaré contigo hasta dentro de quince
días”. ¿Cómo es posible que la mayor parte de la sociedad respalde esta
barbaridad que le están haciendo al niño? ¿Cómo es posible que la
sociedad y la justicia, no sólo permitan, sino que favorezcan estas
situaciones, que dejen que una madre utilice a su hijo como arma para
destrozar al padre y de paso destrozar al niño? ¿Cómo se puede esperar
que el niño soporte durante años y años esta tensión sin sufrir
secuelas?
[…] Ayer el niño estaba realmente afectado, porque se acababa su
estancia conmigo. Lo repitió varias veces a lo largo del día: me
gustaría quedarme un día más, lo mejor sería estar un mes con cada uno,
etc. Yo no despegué los labios en ese sentido, entre otras cosas porque
cuando habla así se me pone un nudo en la garganta y no quiero que lo
note. El pobre, haciendo de padrecito de sus padres con siete años. En
un momento dado dijo: “Un año con cada uno no sería bueno, porque cuando
estoy con mamá me preocupo por ti, y cuando estoy contigo me preocupo
por mamá, pero un mes o una semana con cada uno, eso sería lo mejor”.
Lo ve un niño de siete años y no lo ve un juez, algo tan elemental. Pero
el caso es que, por satisfacer los rencores de la madre, machacan la
infancia del niño. La mujeres primero...
[…] El pasado fin de semana tuve al niño tres días. La última tarde se
mostró realmente angustiado ante la idea de marcharse, como casi siempre
que pasa varios días seguidos conmigo. Insistió en que el tiempo que
pasa con cada uno de sus padres debería estar más repartido. Cuando me
despidió creo que estaba a punto de llorar. Luego hoy me ha comentado
que su madre, cuando subió a casa, le recriminó como siempre: “Estás muy
raro, no sé que ideas te meterá tu padre en la cabeza para que vengas
tan raro”. A cualquiera con un poco menos de mala leche se le ocurriría
que el problema del niño es que no le dejan estar con su padre, sólo una
persona como ella interpreta siempre las cosas por el lado más negativo.
Supongo que la conclusión siguiente que salga de su cabeza será: “Es
mejor que no veas a tu padre, porque luego vienes muy raro”.
[…] Pero lo más emotivo, lo que prueba que el niño es quien más ganas
tiene de que acabe esta pesadilla fue que dijo: “Bueno, como ahora ya
habéis hablado algún día por teléfono, a lo mejor las cosas se arreglan
y tú puedes vivir otra vez con nosotros”. Le contesté que eso es
imposible, pero que me gustaría poder vivir cerca y verlo a menudo, a
ser posible todos los días. También me comentó que su madre dice que, si
no le pago más, tendrá que dejar la casa. Y es la segunda vez que oigo
esa cantinela, lo que me resulta bastante intranquilizador, porque
tampoco creo que le asuste llevárselo a vivir ...quién sabe adónde. Lo
que hasta ahora no ha conseguido es poner al niño en contra mía, y eso
es lo que me da más fuerza para seguir adelante.
[…] Otra vez (y es la tercera en los últimos días) el niño me llama
llorando, llorando desde que descolgué el teléfono, quién sabe a causa
de qué presiones o broncas, diciendo que pague la hipoteca de mamá (ya
la he pagado, mi parte y la suya, se ve que ni siquiera ha ido al banco
a comprobarlo antes de meter en líos al niño), que por qué no le doy más
dinero a mamá, etc. Yo le traté de calmar y repetirle que él no debe
preocuparse de esas cosas, que su trabajo es estudiar y jugar, pero se
ve que había habido gran marejada. El pobre no hizo más que llorar, y se
ve que su madre lo había aleccionado bien sobre lo que me debía decir,
porque entre otras cosas, dijo que “si no pagas más dinero a mamá no te
dejará que me veas los miércoles nunca más” (textual).
[…] Mientras escribía estas líneas ha sonado el teléfono. Era el niño,
con una voz de tristeza que se me parte el alma. Se ve bien que su madre
le ha leído la cartilla antes de ponerse al teléfono: “Papá, que mañana
(miércoles) no puedes venir a buscarme, porque tengo una cita con un
amigo, se me había olvidado que tengo esa cita”. Yo le dije que me daba
igual verlo otro día, el jueves o el viernes; él titubeó (se ve que le
estaban dando instrucciones) y dijo que no podía ser, que todos los días
tenía cita. Le dije que lo sentía, que no se merece lo que le está
pasando, y colgamos. Lo que está haciendo su madre es realmente
delictivo, es maltratar a un niño para hacer daño a su padre. Para que
luego hablen de violencia doméstica, como si no fuera la peor de las
violencias la que ejercen personas así, con todas la bendiciones
institucionales.
[...]
[Texto remitido por A.A. en noviembre de 2002]
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