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PATRICIA
PEARSON
Periodista
y escritora feminista
especializada en temas penales. Vive in Toronto y es nieta de Lester
Pearson Bowles (Primer Ministro del Canadá de 1963 a 1968). Ha colaborado en The
New York Times, USA Today, Cosmopolitan, Redbook
y Spy, entre otras publicaciones, y es columnista habitual
del National Post.
Pearson es
autora del libro When She Was Bad: Violent Women and the Myth of
Innocence ["Cuando ellas son malas: las mujeres violentas y el
mito de la inocencia"] (1997). En
él sostiene que las circunstancias eximentes, como por ejemplo el síndrome
de la mujer maltratada, están otorgando a algunas mujeres permiso
social para matar y ser violentas, debido a que la sociedad sigue
negándose a admitir que las mujeres pueden ser depredadores sin
piedad, al igual que los hombres, y comportarse con la misma
brutalidad.
"Me
preocupa que las personas se sientan autorizadas a utilizar la
violencia una vez que se les ha inculcado profundamente la idea de
su propia victimización", indica la autora. En cuanto al síndrome de la mujer maltratada, que
supuestamente actúa para evitar agresiones previsibles, la autora
observa: "En
realidad, todas las personas que cometen un crimen violento suelen
considerarse a sí mismas amenazadas, incluso los asesinos en
serie".
El
silencio mantenido en torno al tema, señala Pearson, convierte en
chivos expiatorios a hombres que son víctimas de esposas, madres u
otras mujeres violentas. Esos
individuos son parias indefensos, ya que nuestra única preocupación
es la violencia contra las mujeres.
Sin
embargo, ellas también asesinan, tanto a sus compañeros como a
personas extrañas, y pueden igualmente ser asesinas en serie.
De hecho, las mujeres son responsables de la mayoría de los
homicidios de lactantes y niños, la mayor parte de los malos tratos
físicos a niños y la cuarta parte de los abusos sexuales
infantiles. Infligen el
50% de la violencia contra los hermanos y los ancianos y cometen
aproximadamente la mitad de las agresiones contra las parejas.
Negarse a admitir esa realidad es una actitud social
peligrosa que cuesta vidas, señala la autora.
Mientras
que nadie piensa que un asesino, si es hombre, merezca clemencia,
cuando se trata de una mujer, la autocompasión, la apariencia de
indefensión o las alegaciones de malos tratos son una especie de
salvoconducto para salir de la cárcel y, en algunos casos,
convertirse en una celebridad o una heroína.
Pearson
observa que, cuando se analizaron los datos sobre homicidios
cometidos en Chicago entre 1986 y 1996, se puso de manifiesto que
las personas en mayor peligro de ser asesinadas por su cónyuge no
eran en modo alguno las mujeres, sino los hombres negros.
La cifra de hombres negros que son víctimas mortales de
violencia doméstica es cinco veces superior a la de las mujeres
blancas, y casi el doble que la de las mujeres negras.
En
el libro se relatan numerosos casos de asesinas en serie. Karla
Homolka, por ejemplo, fingió el papel de esposa maltratada para
defenderse del secuestro y asesinato de tres adolescentes, incluida
su propia hermana, hasta que se hizo patente su verdadera condición
de asesina fría y despiadada. En el espacio de dos años, Aileen
Wuornos mató a siete hombres que la recogieron haciendo autostop.
Marybeth Tinning llevó, a lo largo de 14 años, a sus hijos al
hospital y recibió flores en sus funerales, hasta que más adelante
se descubrió que había matado a 9 de ellos. Algunos estudios
afirman que del 5% al 10% de las defunciones por síndrome de la
muerte súbita del lactante son, en realidad, infanticidios
perpetrados por la madre [ver nota].
La
autora recuerda que los estudiosos de la violencia han descubierto
que las mujeres incurren en malos tratos graves con la misma
frecuencia que los hombres, y que esos malos tratos cobran terrible
intensidad en el caso de las parejas lesbianas.
Asimismo, menciona estudios realizados en Inglaterra que
demuestran que la violencia en las prisiones de mujeres es dos veces
y media más elevada que en las cárceles de hombres.
Con
frecuencia, la mujer utiliza la agresión indirecta, mediante la
cual induce a otros a atacar a la víctima.
Otra forma particular de violencia son las falsas acusaciones
de malos tratos y abuso sexual, muy eficaces en virtud de las
actuales políticas sobre violencia doméstica.
"La
dinámica de la violencia doméstica no es análoga a la de dos
boxeadores de diferentes pesos en un cuadrilátero. Existen
estrategias relacionales y aspectos psicológicos en la convivencia
íntima que invalidan el hecho de la fuerza física.
El fondo de la cuestión es la voluntad humana: ¿cuál de
los miembros de la pareja -por su temperamento, personalidad o
trayectoria vital- tiene voluntad de hacer daño al otro?".
Patricia
Pearson concluye: "Cada vez es más urgente que nuestra cultura
reconozca que la violencia es un fenómeno humano, más que un fenómeno
de género."
Enlaces de interés:
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[NOTA.
Un estudio más
detallado de ese tema se ofrece en la obra de Richard Firstman y
Jamie Talan The Death of Innocents: a True Story of Murder,
Medicine and High Stakes Science, publicado también en 1997.
Pueden consultarse reseñas del libro en las revistas Scientific
American, Jama,
Criminology
En
noviembre de ese mismo año, la revista Pediatrics publicó
los resultados de un experimento aterrador.
Ante la falta de explicación para las dolencias de bebés
internados en condiciones de extrema gravedad, los médicos de
varios hospitales de Gran Bretaña habían decidido grabar mediante
cámaras ocultas a los progenitores -en su mayoría, madres- de los
que el personal médico había empezado a sospechar que ponían a
sus hijos al borde de la muerte deliberadamente.
Lo que descubrieron fue asombroso.
En 30 de los 39 casos grabados, se observó que los
progenitores trataban de ahogar intencionadamente a sus hijos; en
otros 2 casos, trataron de envenenar al niño; en otro, la madre
rompió deliberadamente el brazo de su hija de tres meses.
Muchas de esas personas parecían actuar metódicamente:
“los malos tratos se infligían sin provocación previa y con
premeditación, e iban seguidos de complejas y creíbles mentiras
para explicar las consecuencias”, señalan los autores del
estudio. Lo extraño, lo verdaderamente escalofrante es que en su
mayoría esas personas eran mujeres (y sólo unos pocos hombres) que
fingían ser buenas madres y llevaban rápidamente a sus hijos a la
sala de urgencias cuando tenían trastornos respiratorios, y se
quedaban a su lado con fortaleza y abnegación mientras que los médicos
trataban de averiguar dónde estaba el problema.
Muchas de ellas eran consumadas farsantes.
Podían pasar de la más temible actitud amenazante contra
sus hijos a convertirse en madres solícitas en el minuto exacto en
que el doctor o la enfermera entraban en la habitación, advertidos
por las cámaras de lo que estaba ocurriendo.
Las madres actuaban movidas por el prestigio social de una
enfermedad misteriosa; les gustaba la proximidad de poderosos
profesionales médicos; les gustaba la atención que suscitaban y el
dramatismo de las situaciones.
Y sobre todo experimentaban una ácida satisfacción
aterrorizando a sus hijos. Investigaciones posteriores permitieron
averiguar que esos 39 pacientes bajo vigilancia, cuyas edades
oscilaban entre un mes y casi tres años, tenían 41 hermanos, 12 de
los cuales habían muerto de forma súbita e inexplicable.]
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