AL ABRIGO DE LA REALIDAD

Lunes, 23 de noviembre de 1998

Durante demasiado tiempo -dice una autoridad en materia de violencia contra las mujeres- la sociedad ha pasado por alto el hecho de que las mujeres también pueden ser violentas.

Donna Laframboise
National Post

Erin Pizzey posee un rostro amable y redondo, y lleva su blanco cabello recogido en un moño, pero no es una abuela ordinaria. En realidad, le cabe el honor de ser la persona que, en 1971, fundó en Inglaterra el primer albergue del mundo para mujeres maltratadas, y que, en 1974, escribió el primer libro sobre violencia conyugal: Scream quietly or the Neighbours will Hear [Gritad en voz baja o los vecinos lo oirán].

En una reciente visita al Canadá, Pizzey explicó al público en tres provincias que el movimiento de albergues había sido "secuestrado" por feministas predispuestas contra el hombre, que, más que contribuir a su solución, favorecen la persistencia de los malos tratos familiares.

Pizzey afirma que sus años de experiencia le han ensañado que existen dos clases de mujeres maltratadas. "Una es la de las mujeres que podemos considerar víctimas inocentes de la violencia de sus parejas", dice con su suave acento británico. "Eran auténticas víctimas que acudían al albergue con sus hijos, necesitadas de refugio, de ayuda, de asesoramiento legal".

El público está familiarizado con esa imagen de la esposa maltratada, pero existen otras muchas mujeres víctimas de la violencia que no pertenecen a esa categoría. Pizzey las describe como personas "proclives a la violencia" que, además de ser maltratadas por sus parejas, adoptan ellas mismas comportamientos violentos, tanto hacia sus maridos como hacia sus hijos. Algunas de ellas carecen de aptitudes eficaces para la comunicación oral. Otras han cobrado adicción a las descargas de adrenalina que acompañan a las relaciones tormentosas. Casi todas proceden de familias profundamente disfuncionales, y nunca han aprendido otros modos de comportamiento.

Pizzey explica que, cuando la primera mujer maltratada que vio en su vida le mostró la extensa magulladura que bajaba desde su cuello hasta su cintura, sintió "una reacción instantánea de absoluta indignación ante la posibilidad de que algo así pudiese ocurrir" sin que, aparentemente, nadie -desde los agentes sociales hasta los funcionarios de policía- se preocupase seriamente por hacer algo. Pizzey llevó a la mujer a su casa y la acostó en la litera superior de la habitación de su hijo. Cuando su esposo le preguntó si el marido de la mujer sabían dónde la habían ocultado, Pizzey contestó: "Como es lógico suponer, ella no se lo va a decir, y menos en el estado en que se halla".

Sin embargo, la mujer se había puesto en contacto con su marido, que no tardó en plantarse ante la puerta de entrada.  Pizzey supo mucho más tarde que ese turbulento matrimonio duró decenios, hasta que los miembros de la infeliz pareja murieron con sólo unos meses de diferencia. "Ninguno de los dos podía vivir sin el otro, ni tampoco podían vivir juntos, pero lo que hicieron fue destrozar la vida de sus cinco hijos", dice Pizzey. "Ambos tuvieron gran responsabilidad" en ese daño.

De las primeras 100 mujeres maltratadas que acudieron al albergue, "62 eran tan violentas o incluso más que los hombres de los que huían". Pero, casi 30 años después, la sociedad está poco dispuesta a reconocer que existen mujeres violentas y, en consecuencia, sigue sin ofrecerles ayuda. "He defendido la causa de las mujeres violentas", dice Pizzey.

Actualmente, casi todos los albergues de mujeres maltratadas -incluido el fundado por Pizzey- están a cargo de feministas cuyo análisis encasilla automáticamente a los hombres en el papel de agresores y a las mujeres en el de víctimas. A ambos lados del Atlántico, los anuncios de empleo en albergues de mujeres exigen sistemáticamente que las solicitantes compartan la interpretación feminista de la violencia doméstica.

Como resultado, las numerosas mujeres atendidas en esos albergues que necesitan ayuda para poner fin a sus propios hábitos destructivos se sienten incitadas a persistir en sus tendencias cuando el personal que las atiende les asegura que no hay nada censurable en su comportamiento.

Pizzey dice que esa actitud constituye un mensaje terrible para los niños atrapados en familias violentas, ya que aprenden que "eso es lo que hacen y lo que son las mujeres. Mi madre puede golpearme, pegarme, sacudirme, avergonzarme, humillarme, y la sociedad no presta atención a esa conducta. Pero basta con mi padre pierda la calma" para que sea denunciado, llevado a los tribunales y "apartado de su familia" mediante un proceso de divorcio.

"Hay muchísimas mujeres que se quitan el zapato y lo lanzan contra su hijo", dice Pizzey. "Debemos enseñar a esas mujeres a ser responsables de su comportamiento. Gritar, despotricar, chillar a la gente es parte de su conversación ordinaria. Nadie les ha dicho nunca que son violentas".

Aunque afirma que las peores palizas que ha visto en su vida son las propinadas recíprocamente por mujeres, en relaciones entre lesbianas, insiste en que la violencia femenina suele ser más indirecta que la masculina. "Cuando se trabaja con mujeres violentas", dice, "una de las cosas que se observan es su tendencia a provocar al hombre hasta que la emprenda a golpes. 'Mira, me atacó'. Y yo diría: 'De acuerdo, no me interesa la bomba, pero ¿dónde está la mano que la ha lanzado?'"

En lugar de insistir en la responsabilidad personal de las mujeres que tengan un comportamiento inapropiado, afirma Pizzey, los actuales albergues de mujeres refuerzan un mantra pueril: "Él me lo hizo. Él me obligó a hacerlo. No es culpa mía."

A Pizzey le indigna que los albergues fomenten la opinión de que todos los hombres son sospechosos.  "Dígame por qué los hombres no pueden trabajar en los albergues", pregunta, al tiempo que indica que la primera suma de dinero que recibió su albergue se destinó a contratar a un hombre para que trabajase con los niños.  "Muchos de aquellos niños no habían conocido nunca a un hombre bondadoso y amable."

En agudo contraste con las políticas actuales, el albergue de Pizzey mantuvo encuentros con todos los maridos de mujeres refugiadas que lo desearon.  En lugar de mantener secreta la ubicación del refugio, una señal anunciaba abiertamente su presencia en la comunidad.  En su opinión, las cámaras de vigilancia y las ventanas blindadas de los contemporáneos albergues de mujeres son expresión de "una costosa paranoia".

A su juicio, las instalaciones que, en otro tiempo, permitieron enseñar a las personas a relacionarse entre sí de forma más humana se han convertido en búnkeres en que se incuba una mentalidad de "nosotras contra ellos".  En parte, la causa de esa situación es que los albergues de mujeres maltratadas reciben financiaciones millonarias cada año.

"Sabía que en cuanto lográsemos alguna forma de reconocimiento y, sobre todo, algún tipo de financiación, tendríamos serios problemas", dice.  "Porque el movimiento feminista estaba ansioso de medios financieros.  Y la feministas no tardaron en invadir nuestra pequeña conferencia y constituirse a sí mismas en el movimiento nacional [de albergues]. Y lo primero que dijeron fue: 'Todas las mujeres son víctimas de la violencia de los hombres.'"

Pizzey afirma que, durante muchos años, dudó en criticar públicamente lo que estaba ocurriendo en los albergues, ya que temía que esas instituciones, tan necesarias, perdiesen la ayuda pública y acabasen cerrando.  Actualmente piensa que el ciudadano medio tiene información suficiente para comprender que no es el concepto de los albergues lo que ella critica, sino la doctrina feminista que los impregna.

"Lo que debemos hacer es reivindicar el movimiento de albergues", señala.  "Ese movimiento fue secuestrado hace 30 años y utilizado para fines falsos."

 

© Donna Laframboise (Traducido y publicado en este sitio web con permiso de la autora)

       texto original      

 

 

Donna Laframboise es columnista del más importante diario del Canadá, The Toronto Star, y autora del libro The Princess at the Window: A New Gender Morality [La princesa en la ventana: una nueva moralidad de género] (Penguin, 1996), entre otras publicaciones. Feminista ardiente en otro tiempo, poco a poco fue cambiando de actitud ante el feminismo radical, con el que ha llegado a ser muy crítica, aunque sigue fiel a sus postulados de feminismo igualitario. Más sobre Donna Laframboise.

 

 

 

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