DALE
O'LEARY
Autora del libro The Gender Agenda: Redefining Equality
["El programa de género: redefinir la igualdad"]. Desde una orientación
profundamente católica, denuncia los excesos ideológicos del feminismo de
género y su fuerte presencia en la Cumbre de Beijing (1995).
Dale O'Leary describe en su libro cómo las promotoras de la "perspectiva de género" consideran
que la masculinidad y la feminidad son construcciones sociales; según
ellas, el ser humano nace sexualmente neutro y luego es socializado
hasta convertirse en hombre o mujer. Esta socialización, dicen, afecta a la mujer negativa e
injustamente. Por ello, su
objetivo es desconstruir todos los modelos de comportamiento individual y
social, incluidas las relaciones sexuales y familiares.
En
el decenio de 1960, un movimiento feminista rejuvenecido luchó por la
igualdad de derechos y oportunidades para la mujer. Sin embargo, en el
decenio siguiente, las feministas radicales se apoderaron de ese
movimiento y, fieles a su inspiración marxista, aseguraron que la causa
de todo el año era la diferencia de clases.
Según ellas, si un grupo se divide en clases diferentes, una de
esas clases se sentirá inferior. El
sentimiento de inferioridad es opresor y debe eliminarse.
Por ejemplo, si los hombres y las mujeres son diferentes porque éstas
soportan los embarazos y se ocupan de criar a los hijos, la clase oprimida
son las mujeres. La única
forma de eliminar esa opresión es eliminar la maternidad como función
femenina. Según esa teoría,
son necesarias dos cosas: 1) que todas las mujeres realicen un trabajo
remunerado, y 2) que los hombres asuman el 50 por ciento del cuidado
directo de los niños y de las tareas domésticas.
Desde
el principio, las feministas radicales reconocieron que las mujeres
ordinarias rechazarían ese programa. Cuando se le preguntó si las feministas deberían apoyar la
opción de las mujeres que decidiesen quedarse en casa como madres a
tiempo completo, Simone de Beauvoir respondió: "No creemos que
ninguna mujer deba tener esa opción.
No debe permitirse a ninguna mujer quedarse en casa para criar a
sus hijos. La sociedad debe
ser totalmente distinta. Las mujeres no deben tener esa posibilidad, precisamente
porque si existiese, demasiadas mujeres optarían por ella."
Sencillamente,
las feministas radicales creen que las mujeres que desean casarse y tener
hijos han sido seducidas y engañadas por los hombres y no saben lo que es
bueno para ellas. Las mujeres
que no desean ese tipo de cosas se han liberado de tal engaño.
Esas mujeres libres tratan de liberar a su vez a las demás mujeres
de sus deseos de familia y maternidad, les guste o no. No era fácil que
un programa tan opuesto a los sentimientos naturales de la mayoría de las
mujeres arraigase así por las buenas, por lo que el feminismo radical
adoptó una estrategia menos directa para imponer sus principios, como
explica Dale O'Leary en su artículo Human Rights and the Gender
Perspective ["Los derechos humanos y la perspectiva de
género"]:
"Debido
a que esa revolucionaria ideología no logró la adhesión popular, las
feministas radicales empezaron a poner sus miras en instituciones
relativamente inmunes a la opinión pública, tales como las
universidades, los sistemas burocráticos y las Naciones Unidas.
Así empezó la larga marcha a través de las instituciones.
En las Naciones Unidas encontraron poca oposición.
Los burócratas que gestionan las operaciones diarias tienen gran
simpatía por los objetivos feministas, cuando no son activistas
directos. Esos burócratas
no son responsables ante los votantes, y las delegaciones nacionales
tienen poco control sobre ellos. Ni
que decir tiene que las organizaciones feministas radicales han logrado
imponer su programa con gran eficacia en la Sede de las Naciones Unidas
de Nueva York y en diversas conferencias de las Naciones Unidas en todo
el mundo [...] Por ejemplo, las feministas radicales controlaron la
Conferencia de la Mujer de las Naciones Unidas, celebrada en Beijing en
1995".
Precisamente
gracias a esa Conferencia, la palabra "género" ha pasado en
los últimos años a formar parte
del vocabulario cotidiano, y la mayoría de las personas suelen
identificarla erróneamente como sinónimo bienintencionado y elegante de
"sexo". Nada más lejos de su verdadero significado, porque
precisamente la palabra "género" se ha impuesto en la fraseología
feminista como negación de la existencia de "sexos" en el
sentido tradicional de la expresión. Mientras que por "sexos"
entendemos una realidad biológica (los hombres son del "sexo"
masculino y las mujeres pertenecen al "sexo" femenino), la
expresión género "se refiere a las relaciones entre mujeres
y hombres basadas en roles definidos socialmente que se asignan a uno u
otro sexo", según la definición que lograron imponer las feministas
en la Conferencia de las Naciones Unidas celebrada Beijing en 1995. Ser
hombre o ser mujer, según esa definición, no tiene nada que ver con la
realidad biológica, sino con las funciones que se han asignado
socialmente a uno u otro "sexo".
Por
lo tanto, el género es una construcción totalmente distinta del sexo:
el hecho de que exista una correspondencia mayoritaria entre ambos es
fruto únicamente de tendencias sociales. La naturaleza es neutra, según
esta teoría, y no nacemos hombres o mujeres: esta división es únicamente
resultado de un proceso social. Al nacer, la sociedad nos asigna a uno u
otro "género" en función de nuestra configuración genital.
Tras esa asignación inicial, los niños son educados en la masculinidad y
las niñas en la feminidad. Hombre y mujeres no existen como tales en
estado natural, sino que son únicamente resultado de esos procesos o
"construcciones sociales". Por eso, las feministas de género
tratan de imponer a toda costa una disciplina de "desconstrucción"
de esos géneros socialmente construidos, a fin de que todos -hombres y
mujeres- seamos absolutamente idénticos, con preferencias sexuales
indistintas y roles neutros.
Está
claro, pues, que para esta nueva "perspectiva de género", la
realidad de la naturaleza incomoda, estorba y, por tanto, debe
desaparecer. Para los apasionados defensores de la "nueva
perspectiva", no se deben hacer distinciones porque cualquier
diferencia es sospechosa, mala, ofensiva. Dicen además que toda
diferencia entre el hombre y la mujer es construcción social y por
consiguiente tiene que ser cambiada. Buscan establecer una igualdad total
entre hombre y mujer, sin considerar las naturales diferencias entre
ambos, especialmente las diferencias sexuales; más aún, relativizan la
noción de sexo de tal manera que, según ellos, no existirían dos sexos,
sino más bien muchas "orientaciones sexuales". En realidad, para el
"feminismo de género" existen cinco sexos, como explicó
Rebecca J. Cook, profesora de derecho en la Universidad de Toronto y
redactora del informe oficial de la ONU en Pekín. Según Cook, los géneros
masculino y femenino, serían una "construcción de la realidad
social" que deberían ser abolidos.
En el documento elaborado por la feminista
canadiense se afirma que "los sexos ya no son dos sino cinco", y
por tanto no se debería hablar de hombre y mujer, sino de "mujeres
heterosexuales, mujeres homosexuales, hombres heterosexuales, hombres
homosexuales y bisexuales".
Dale O’Leary
coincide con otros sociólogos al indicar que el "feminismo de género" se inspira en la
interpretación marxista de la historia como lucha de clases. En realidad,
quien tendió el puente para la amalgama futura de marxismo y feminismo
fue el pensador alemán Frederick Engels que, en su libro "El origen
de la familia, la propiedad y el Estado", afirma: "El
primer antagonismo de clases de la historia coincide con el desarrollo del
antagonismo entre el hombre y la mujer unidos en matrimonio monógamo, y
la primera opresión de una clase por otra es la del sexo femenino por el
masculino".
Por
ello, la meta de los promotores de la "perspectiva de género",
es el llegar a una sociedad sin clases de sexo. En
este sentido, las "feministas de género" consideran que cuando
la mujer cuida a sus hijos en el hogar y el esposo trabaja fuera de casa,
las responsabilidades son diferentes y por tanto no igualitarias. Es
decir, se establece una relación desigual de opresor y oprimida. Lo
que no encaja en ese esquema es la decidida preferencia de muchas mujeres
por esa forma de "opresión". Simone de Beauvoir zanjó la
cuestión sin andarse con medias tintas,
como hemos visto unas líneas más arriba.
En
palabras de O’Leary, el "feminismo de género" es un sistema
cerrado contra el cual no hay forma de argumentar. No puede apelarse a la
naturaleza, ni a la razón, la experiencia, o las opiniones y deseos de
mujeres verdaderas, porque según las "feministas de género"
todo esto es "socialmente construido". No importa cuántos
argumentos y datos se acumulen contra sus ideas; ellas continuarán insistiendo en
que todo ello es, simplemente, una prueba más de la conspiración patriarcal
generalizada contra de la mujer.
Dale
O’Leary compara el programa de género (gender agenda) con un
globo gigantesco que puede seguir expandiéndose hasta ahogar a todas las
personas que estén reunidas en una habitación. La información fiable y
veraz -añade- será la única aguja que nos permita pinchar de una vez
por todas ese globo.
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