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MELANIE
PHILLIPS
Es una de las columnistas más
populares de la prensa británica, colaboradora habitual en los
rotativos británicos The Observer, al que se incorporó en
1993 (tras haber desarrollado una larga trayectoria periodística en
The Guardian desde 1977) y The Sunday Times, y autora
de diversos libros, célebre por su valiente y aguda crítica de las
realidades sociales de nuestro tiempo. En 1997 publicó su libro The
Sex Change Society: Feminised Britain and the Neutered Male [La
sociedad del cambio sexual: la feminización de Gran Bretaña y la
neutralización del varón"], en el que se aborda el
problema de la marginación de los hombres en la sociedad moderna.
Melanie Phillips sostiene que el feminismo ha pasado
gradualmente "de ser una auténtica campaña en favor de la
igualdad de oportunidades a convertirse en una vendetta de género
que utiliza a las mujeres y los niños como cortina de humo para
atacar a los hombres". Añade
que el feminismo se ha convertido en la ortodoxia social
incuestionable, incluso en las instituciones aparentemente más
conservadoras, y constituye la base de todo el programa social y
familiar. Sin embargo,
esa ortodoxia no se basa en conceptos de equidad, justicia o
solidaridad, sino en la hostilidad hacia los hombres.
El
principio que subyace bajo las actuales políticas sociales, económicas
y legales es la idea de que los hombres oprimen a las mujeres, señala
Phillips. Sin embargo,
existen ya docenas de estudios que demuestran que las mujeres son
tan violentas hacia sus parejas, sino más, que los hombres.
A diferencia de la mayoría de las investigaciones
feministas, que sólo se interesan por la violencia ejercida contra
las mujeres, los estudios objetivos preguntan tanto a los hombres
como a las mujeres por sus experiencias sobre la violencia.
Probablemente, muchas personas se asombren y se muestren
cierto escepticismo respecto de los resultados de esos informes,
tras años de propaganda de signo opuesto, concluye la periodista
británica.
Como
ejemplo, menciona un estudio, llevado a cabo en 1994 bajo la dirección
de Michelle Carrado, en que fueron entrevistados 1.800 hombres y
mujeres con parejas heterosexuales.
Aproximadamente, el 11 por ciento de los hombres, aunque sólo
el 5 por ciento de las mujeres, manifestaron haber sido víctimas de
actos de violencia por parte de sus parejas.
Y un 10 por ciento de hombres y un 11 por ciento de mujeres
manifestaron que habían cometido algún acto violento contra su
pareja. Cifras bien distintas de las impuestas como incuestionables
por el feminismo.
Asimismo, los
estudios demuestran que las mujeres no son violentas en defensa
propia, como pretende hacernos creer la omnipresente versión
feminista, sino que toman la iniciativa del intercambio de golpes en
la mitad de las disputas. Los
estadounidenses Murray Strauss y Richard Gelles llegaron a la
conclusión, resultante de dos amplias encuestas nacionales, de que
maridos y mujeres se habían agredido recíprocamente en la misma
proporción. En una
encuesta aplicada a 1.037 a adultos jóvenes (nacidos entre 1972 y
1973) en Dunedin (Nueva Zelandia), el 18,6 por ciento de las mujeres
reconocieron que habían perpetrado actos de violencia física grave
contra sus parejas, en comparación con el 5,7 por ciento de los
hombres.
Melanie
Phillips llama también la atención sobre el distinto trato penal
dispensado a los agresores en función de su sexo.
Las mujeres que asesinan a maridos violentos pueden esperar
un trato benigno de los tribunales, pero, en el caso de los hombres,
la violencia contra las mujeres tiene siempre la respuesta más
rigurosa.
En
el artículo Deadlier
than the Male, publicado por el The Sunday Times el
24 de octubre de 1999 y basado en pasajes del libro de Melanie
Phillips, se hace referencia a los datos publicados por el Home
Office (Ministerio del Interior británico) en enero de ese año.
Para asombro de todos, esos datos oficiales indicaban que el
4,2 por ciento de los hombres y el 4,2 por ciento de las mujeres de
edades comprendidas entre 16 y 59 años habían manifestado que,
durante el año anterior, habían sido objeto de agresiones físicas
por su pareja. La
reacción pública ante tales datos fue de silencio casi total.
Por
otra parte, un estudio de la Sociedad Nacional para la Prevención
de la Crueldad contra los Niños reveló que eran las madres, y no
los padres, quienes con mayor frecuencia ejercían violencia física
con resultado de lesiones, malos tratos psicológicos y actos de
abandono contra los niños. Pese
a ello, en noviembre de 1998 se lanzó una campaña en que se
animaba a los niños a denunciar la violencia ejercida contra sus
madres y hermanas. En
ella no se mencionaban los malos tratos contra los padres. En un anuncio de televisión se mostraba a un marido que
recriminaba a su mujer porque la cena no estaba lista.
Tal actitud constituía violencia.
Se añadía un número de teléfono para que los niños
pudiesen llamar en caso de malos tratos contra la mujer.
Evidentemente, si se considera que las discusiones forman
parte de la violencia doméstica, ésta es un fenómeno cotidiano.
Pero, se pregunta la autora, ¿no gritan también las mujeres
contra los hombres?
En
su número del 17 de octubre de 1999, The Sunday Times publicó,
bajo el título Women
behaving disgracefully ["Comportamiento inadecuado de
las mujeres"], otro capítulo del
libro The Sex Change Society. En él se analizan las
consecuencias sociales de la libertad sexual alcanzada por las
mujeres gracias al control de la natalidad.
Es interesante la diferencia que Melanie Phillips establece
entre "represión" y "restricción". Es decir, la idea de que las mujeres estaban reprimidas hasta
la revolución sexual de los años 60 le parece absurda. Nada indica que las mujeres no fueran sensuales y apasionadas
antes de esa revolución. Sin
embargo, aunque no se reprimiesen en la expresión de sus
sentimientos y deseos, si restringían esa expresión al seno del
matrimonio. Las normas sociales y religiosas, junto con el miedo al
embarazo, obligaban a las mujeres a circunscribir su actividad
sexual al lecho matrimonial. Cuando
la mujer se sintió liberada del temor al embarazo y de sus
consecuencias sociales, empezó a ejercer libremente su sexualidad,
sin que nadie se lo impidiese, lo que pone de manifiesto la
inexistencia de tal "represión" secular.
Sin
embargo, la ilimitada disponibilidad sexual de la mujer es, para
Phillips, causa de profundos desequilibrios sociales y familiares.
Las convenciones de compromiso, fidelidad y deber que antes servían
de freno a los apetitos sexuales han desaparecido. Las mujeres han
empezado a actuar con el mismo oportunismo sexual que antes era
característico de los hombres: "el guardabosques de la familia
se ha convertido a su vez en cazador furtivo", dice
irónicamente Phillips. Y añade:
"Lo que las mujeres no han comprendido
es que esa nueva libertad redundará en perjuicio de su profunda
necesidad de amor y compromiso estables por parte de los hombres,
una necesidad que se hace más apremiante a medida que envejecen y
empiezan a oír el tic tac de su reloj biológico. No se han dado
cuenta de que están alejando de ellas a los hombres debido a una
interpretación equivocada de la igualdad sexual. [...] Mientras
son jóvenes, las mujeres pueden entregarse al libre juego de la
oferta y la demanda. En torno a los 30 años, empiezan a sentir pánico,
ya que el tiempo pasa y ellas siguen sin encontrar al compañero
perfecto. Han olvidado que los hombres no se comprometen con una
mujer a cambio de sexo, sino de sexo en exclusiva. Porque, sin esa
exclusividad, ¿qué razón tendrían los hombres para
quedarse?"
Otro aspecto que
Phillips destaca es el moderno ensalzamiento que se ha hecho de la
maternidad en solitario y la amplia tolerancia social ante la
exclusión del padre de la unidad familiar. Por todas partes se
insiste en que no hay nada malo en formar una familia sin pareja y
en que lo importante no es el tipo de familia, sino la calidad de la
relación. La misma expresión "familia monoparental" da a
entender que no se ha producido una pérdida en su composición,
sino que se trata de un tipo de familia completa en sí misma. De
ese modo, dice Phillips, se normaliza lo que es anormal y se
redefine la familia como unidad sin hombre.
"Las
repercusiones de esos cambios son considerables. La maternidad en
solitario y la procreación sin matrimonio suscitaban, en otro
tiempo, la desaprobación social. Sin embargo, el tabú consiste
ahora en censurar tal situación; está absolutamente prohibido
herir los sentimientos personales mediante la simple sugerencia de
que haya algo reprochable en esa forma de vida, lo que ha causado
una especie de parálisis moral. El miedo a ofender hace que la
gente se abstenga de criticar la irresponsabilidad hasta el punto
de que los comportamientos irresponsables se han redefinido como
intachables, e incluso heróicos. Sin duda, muchas madres sin
pareja consiguen sacar adelante a sus hijos contra viento y marea.
Sin embargo, se ha desterrado por completo la idea de que la
maternidad en solitario es un contratiempo que es preferible
evitar. Cada vez es mayor el número de mujeres que optan por ella
o que son relativamente indiferentes a la probabilidad de que se
encuentren en tal situación. [...] Más notable aún es la
creciente tendencia de las mujeres a utilizar a los hombres
deliberada e instrumentalmente como medios para tener un bebé,
pero sin intención de formar familia con el padre. Las famosas y
otros personajes públicos han adoptado esa estrategia de orfandad
electiva para sus hijos como símbolo de glamour."
En
otro interesante artículo, Who
will speak for the battered men? ["¿Quién defenderá
a los hombres maltratados?"], publicado en The Sunday Times
el 15 de noviembre de 1998, Melanie Phillips analiza la realidad que
se esconde tras la propaganda feminista. El artículo empieza con estas palabras:
"Una
de las más repugnantes características de las sociedades
totalitarias es que inducen a los niños a facilitar información
sobre sus padres. Aunque parezca increíble, el recién creado
departamento gubernamental de la mujer, acomodaticio y adulador
del Instituto de la Mujer, está recomendando precisamente eso,
aunque con una nueva vuelta de tuerca:
se está pidiendo a los niños que informen, no sobre ambos
progenitores, sino sobre su padre, según todos los indicios
excepcionalmente despiadado, pero cuya "violencia"
contra las madres y hermanas será así debidamente desenmascarada
por esa Stasi en uniforme escolar.
Los
regímenes totalitarios también difunden propaganda que, sin ser
falsa, distorsiona la verdad. Esa
es también una característica de la inquisición de género de
la Baronesa Jay [Ministra de la Mujer de Gran Bretaña],
predicadora de una ideología que denuncia falsamente a los
hombres como únicos perpetradores de violencia y retrata
falsamente a las mujeres siempre en el papel de víctimas pasivas.
Estos mitos están actualmente tan profundamente arraigados
que quien se atreva a rebatirlos pone en peligro su vida
profesional y social.
Pero es preciso rebatirlos.
Porque, sencillamente, son falsos.
No son otra cosa que fascismo de género."
Contra
la idea feminista de que el abuso de poder es una prerrogativa del
patriarcado, la autora concluye diciendo que el abuso de poder no
tiene "género" (abuse of power is gender neutral),
y que son muchas las vidas arruinadas por causa del matriarcado.
Otros
artículos de Melanie Phillips:
Sitio web de Melanie Phillips:
http://www.melaniephillips.com |