NEIL LYNDON 

Escritor y periodista británico. En diciembre de 1990, The Sunday Times publicó su artículo "Badmouthing" (algo así como "Echando pestes"), en que arremetía contra el feminismo. A causa de ese artículo y de los que siguieron en la misma línea, su autor pasó de ser uno de los periodistas mejor pagados del Reino Unido a convertirse en un paria de la profesión y, como castigo añadido, se vio separado de su pequeño hijo. Neil Lyndon cuenta los avatares de ese ostracismo en los artículos The return of a heretic ("El retorno de un hereje") y Fighting the fundamentalists ("Lucha contra las fundamentalistas"), publicados por el mismo periódico el 3 y el 10 de diciembre de 2000, respectivamente. Al cabo de 10 años, con su hijo ya mayor de edad, el escritor decidió contar las cosas tal como ocurrieron.

Según Lyndon, ese artículo fue probablemente el primero publicado en un gran periódico occidental en que se dijese que la separación habitual de decenas de miles de niños de sus padres a través de los juzgados de familia era el más grave problema de derechos humanos de nuestra época.También considera que fue el primer periodista en sugerir que los niños, y no las niñas, podían estar en desventaja colectiva en los centros de enseñanza, y en observar en los medios de comunicación que, mientras que las enfermedades de la mujer eran objeto de gran atención y gasto en investigaciones, la ciencia médica no prestaba atención a las enfermedades que afectaban sólo a los hombres, tales como el cáncer de próstata.

Asimismo, achacó la intolerancia mostrada hacia los hombres y la falta de interés por sus problemas al dominio universal del feminismo. Si la sociedad era incapaz de percibir que los hombres también padecían algunas graves desventajas sociales se debía a que el feminismo hacía víctima a la mujer de todas las desigualdades por razón de sexo. En una sociedad generalmente descrita por feministas –según ellas, una sociedad patriarcal organizada por los hombres para beneficio de los hombres- era imposible, lógicamente, que se aceptase la existencia de desigualdades desfavorables para el hombre. 

El autor cuenta cómo a lo largo de los decenios de 1970 y 1980 se fue sintiendo molesto y escéptico ante muchas de las reivindicaciones habituales de las feministas, especialmente las relativas a la violación, la violencia doméstica y los abusos sexuales contra los niños. En algunos artículos de aquella época se preguntaba si era posible, como las feministas afirmaban con frecuencia, que todos los hombres fuesen violadores y que una mujer de cada cuatro fuese víctima de la violencia masculina. Poco a poco, el feminismo empezó a parecerle reaccionario y fuente de injusticia e inequidad, y cada vez se fue convenciendo más de que todas las reivindicaciones sistemáticas de las feministas se acercaban más a la verdad cuando se formulaban al revés.

Por ejemplo, respecto a la supuesta opresión padecida por las mujeres a manos de los varones en épocas y sociedades anteriores (la clásica "justificación" histórica del revanchismo feminista) el autor se pregunta cómo podría ser cierto que su abuela, que fue madre de ocho hijos, estuviese oprimida por su abuelo, que trabajaba 10 horas al días durante seis días de la semana en una fábrica y, además, tenía también la responsabilidad de esos ocho hijos.   

Recuerda hechos que con frecuencia se pasan por alto, como por ejemplo que el sufragio universal para los hombres mayores de 21 años de edad no se introdujo en Gran Bretaña hasta 1917, y que la igualdad del derecho a voto entre hombres y mujeres llegó 11 años más tarde. Sin embargo, la versión que suele hacerse de esos hechos es que el sufragio de la mujer fue objeto de retraso y resistencia por parte de los varones, que trataban desesperadamente de conservar su poder sobre las mujeres. 

Asismismo, recuerda que el derecho de voto de la mujer es, entre otras cosas, fruto del empeño puesto por muchos hombres en mejorar la condición femenina al respecto. Por ejemplo, la primera asociación en favor del sufragio femenino fue fundada en 1865 por el filósofo y economista inglés John Stuart Mill.

También hace referencia al calvario vivido por su hijo, separado durante años de su padre, cuyas opiniones sobre el feminismo hacían de él un progenitor poco recomendable. "Cuando me separaron de mi hijo, era tan sólo un niño al que gustaba caminar de la mano de su padre: cuando volví a verlo, medía seis pies y tres pulgadas y su profunda voz parecía llegar desde debajo de sus botas". Durante esos años, el niño había acompañado, ayudado y cuidado a una madre que abusaba del alcohol hasta el punto de que, con frecuencia, era incapaz de llevar a su hijo al colegio o recogerlo a la salida. A causa del alcoholismo de la madre, el niño faltaba a clase un promedio de 20 días por trimestre, y en ocasiones tuvo que aguardar durante más de una hora a la puerta del colegio hasta que su madre llegaba para recogerlo. Al parecer, las autoridades no vieron nunca inconveniente en esa conducta del progenitor custodio. 

Cuando, al cabo de seis años, Neil volvió a reunirse con su hijo, éste le confesó que a los 14 años había estado a punto de suicidarse para salir del infierno en que habían convertido su vida. Sin embargo, resultó ser un brillante estudiante a pesar de todas las irregularidades de su educación y, aparentemente, ha superado sin secuelas el horror vivido durante su infancia.

En el artículo Knocked for six: the myth of a nation of wife-batterers ["Golpes bajos: el mito de una nación de maltratadores de esposas"], escrito por Lyndon en colaboración con Paul Ashton y publicado en el Sunday Times de Londres el 20 de enero de 1995, los autores aprovecharon la campaña feminista desatada con ocasión del juicio contra OJ Simpson para combatir algunos de los mitos más extendidos sobre la violencia doméstica. Han pasado los años, y sus argumentos siguen teniendo plena vigencia y, lo que es más preocupante, esos mitos siguen gozando de credibilidad general. "Todas las mujeres corren peligro: todas las mujeres están desprotegidas", gritaban las activistas a las puertas del tribunal. 

"Deberíamos estar hartos de esas voces y de su cántico -señalan los autores-, ya que fomentan una de las ficciones fundamentales de nuestro tiempo. Los hombres, en general, no son violentos; las mujeres, en general, no son víctimas". Sin embargo, el mensaje no deja de repetirse insistentmente. Detrás de él se ocultan intereses inconfesables: "Cuanto más se convenza al público y a la clase política de que una multitud de hombres apalea a sus mujeres, mayor será la cantidad de dinero que los profesionales ganen o reciban".  Para ello, nada mejor que entablar una absurda y disparatada guerra de cifras, tan exageradas que rayan en lo ridículo, pero que el lavado cerebro del ciudadano de nuestro tiempo está dispuesto a admitir dócilmente.

Los autores ponen como ejemplo las cifras manejadas en Londres. En 1990, el portavoz de la policía metropolitana encargado de la violencia doméstica confesó a los autores del artículo que la policía recibía unas 25.000 llamadas al año, lo que representaba un 1,44% del total de mujeres de Londres que tenían pareja (o sea, una de cada 70 mujeres con pareja). Esta cifra era resultado de una extrapolación para todo Londres de las investigaciones realizadas en determinadas zonas. Poco después, la criminóloga feminista Susan SM Edwards subió la cifra a 58.000 denuncias (3.35%), inquietante cifra que convertiría en denunciantes a una de cada 30 mujeres con pareja. No contenta con esa cifra, Sandra Horley, directora del albergue de Chiswick, afirmó ese mismo año, en una carta al diario The Independent, que "la cifra anual de llamadas a la policía metropolitana rondaba las 100.000", lo que representaría un 5.8%, o sea, una mujer de cada 17 mujeres con pareja. La escritora feminista Miles pujó aún al alza y, al año siguiente, escribió: "Sólo en la zona de Londres, más de 100.000 mujeres al año necesitan tratamiento hospitalario tras sufrir violencia en el hogar". Como tales cifras siempre crecientes resultaban escandalosas, algunos parlamentarios intervinieron y solicitaron cifras oficiales. Según un informe oficial presentado al Parlamento, la policía metropolitana registró en 1993 la cifra de 11.420 incidentes de violencia doméstica, equivalentes al 0.66% de las mujeres londinenses con pareja (una de cada 150, aproximadamente).

Los autores concluyen -y no debemos olvidar que el artículo se escribió en enero de 1995-: "Nadie debería mostrarse sorprendido por esa cifra, excepto los parásitos del tinglado de la violencia doméstica, que se sentirán consternados ante la perspectiva de ver seco su manantial de dinero fácil". [¡Qué lejos estaban de sospechar que aún no habíamos tocado, ni con mucho, el fondo del pozo, y que muchos años después aún tendríamos que seguir oyendo a dirigentes nacionales y europeos del más alto nivel que "una de cada tres mujeres" ha sido maltratada y cifras similares!].

El trabajo termina con este planteamiento : "Si usted tiene dudas sobre los razonamientos y pruebas expuestos en este artículo, hágase a usted mismo la siguiente pregunta: ¿cuántas mujeres ha conocido usted a las que sus hombres golpeasen con regularidad?".  O dicho de otro modo: "¿Cuántos OJ Simpson conoce usted?"

Neil Lyndon es también autor del libro No more sex war: the failures of feminism ["No más guerra de sexos: los errores del feminismo"], publicado en 1992.

Enlaces de referencia:

 

 

 

 

http://www.adiospapa.info