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DIVORCIO
Y SEPARACIÓN EN ALEMANIA
(Fragmentos
de una conferencia pronunciada por Karin Jaeckel
en Washington
en junio de 2001)
Me honra y me
complace estar aquí con ustedes para hablarles sobre las causas y
consecuencias del divorcio y la separación en Alemania.
La información
en que baso mi disertación es fruto de muchos años de intensas
investigaciones. En su mayor parte, ha sido ya publicada en mis
libros. El objetivo de mi intervención es describirles la realidad
de una experiencia vital, formular algunas explicaciones y
reflexionar con ustedes sobre la forma de mejorar lo más posible el
actual estado de cosas.
Es lástima que
no haya fórmulas mágicas.
[...]
Por desgracia,
uno de cada tres matrimonios en el medio rural y uno de cada dos en
las ciudades terminan en divorcio.
En dos de cada tres matrimonios que terminan en divorcio, es
la esposa quien solicita la separación, en la mayoría de los casos
por haber entablado una nueva relación sentimental.
Esos divorcios
afectan aproximadamente a 160.000 niños cada año.
Nadie se ha
molestado en averiguar cuál es la tasa de separaciones en las
parejas no casadas, aunque es bien sabido que el 40 por ciento de
todos los niños nacen fuera del matrimonio. Probablemente, sus padres se separan con tanta o más
frecuencia que los padres casados y de forma mucho más fácil y
traumática para los niños y para el compañero ya no amado.
¿Y qué ocurre
con las relaciones en que los hijos de una mujer tienen padres
distintos? Cada vez son
más los padres que desconfían de la madre y solicitan la prueba de
la paternidad. Y, según
esas pruebas, cada vez es mayor el número de madres adúlteras o
infieles para con sus medias naranjas.
La revista femenina alemana "Brigitte" dictaminó
en una ocasión que una mujer es una verdadera esposa cuando ha
tenido más de 250 amantes. Según
parece, esos amantes leen también "Brigitte" y, página a
página, llegan a conocer todos esos pequeños secretos y la forma
en que las mujeres se las arreglan para que uno pague por el placer
que otro disfruta. Ustedes
pueden pensar que se trata de una buena jugarreta, y quizás tengan
razón, pero ¿qué ocurre con los padres y, sobre todo, qué ocurre
con los hijos? ¿Qué
ocurre con su derecho a conocerse y amarse recíprocamente?
¿Qué ocurre con el derecho del padre a amar y criar a sus
propios hijos? ¿Qué
ocurre con el derecho de los niños a ser amados y criados por el?
¿Es que sólo existen los derechos de la madre?
Para ser justos,
hemos de añadir esos niños traicionados a la suma de hijos de
padres divorciados.
Según los
comunicados de prensa del Ministerio Federal de la Familia, el 80%
de los 160.000 hijos de padres divorciados se criará únicamente
con su madre, o con ella y su nuevo compañero.
Es más,
los comunicados de prensa del Ministerio Federal de la Familia, del
Ministerio Federal de Justicia, de los Servicios de Bienestar
Infantil, de la más importante asociación feminista de autoayuda
de Alemania, la denominada "Asociación de madres y padres
educadores en solitario" y, en último lugar, aunque no por
ello menos importante, de la pequeña "Asociación para la
iniciativa del padre" coinciden en afirmar que la inmensa mayoría
de esos niños perderá a su padre en el año siguiente a la
separación de sus progenitores.
Un pequeño número,
aún no determinado con exactitud, de esos niños tiene la fortuna
de vivir con padres capaces de adoptar un régimen de custodia
compartida. Aunque la
nueva legislación sobre las relaciones entre padres e hijos, de
1998, propicia la guarda y custodia compartidas por ambos padres,
tal práctica no es aún frecuente.
La razón es que la ley permite que uno de los padres se
niegue a aceptar esa modalidad de custodia, en cuyo caso el juez
tiene que decidir. En
opinión de los jueces, el "bienestar de los niños" no
está garantizado si los padres no tienen los mismos objetivos.
Así pues, la mayoría de los jueces deciden entregar los niños
a la madre e imponer al padre la obligación de pagar la manutención
de todos.
Tras el divorcio,
aproximadamente el 15% de los niños crecerá únicamente con su
padre y, a menudo, perderá a su madre.
Es importante señalar que la Oficina Federal de Estadística
incluye en ese porcentaje a los niños que han perdido a su madre
por defunción, de modo que el número de niños cuyos padres tienen
la guarda y custodia después del divorcio no puede determinarse con
exactitud, aunque ha de ser muy inferior a ese 15 por ciento.
Otro grupo de niños,
que representa del 3% al 5%, o probablemente más, se reparte tras
el divorcio entre diversos custodios: abuelas y demás miembros de
la familia extensa. Sin olvidar a las familias y los centros de acogida, los
padres adoptivos y los orfanatos, que, juntos, representan otro 1%
ó 2% más.
Los hijos de
madres solteras vivirán con sus madres, y los padres tendrán que
pagar la correspondiente pensión. Sólo si las madres están de acuerdo, la ley permitirá que
esos padres vean ocasionalmente a sus hijos.
Si ustedes me
preguntan en qué debe consistir un derecho mínimo de visita,
propondré como mínimo el derecho de visita que tiene un progenitor
en la cárcel. En
efecto, el padre o la madre que estén en esa situación tienen
derecho a ver a sus hijos cada cuatro o incluso cada dos semanas
durante algunas horas de visita supervisada.
Normalmente, un padre, incluso los que poseen la custodia
compartida, ve a sus hijos con una frecuencia no superior a una vez
cada dos semanas durante algunas horas o un único día sin
pernocta. Los más
afortunados pueden ver a sus hijos desde las 18 horas del viernes
hasta las 18 horas, o tal vez antes, del domingo.
Si la madre no se opone, el padre verá también a sus hijos
durante la mitad de las vacaciones y quizás en Nochebuena o
Navidad.
Cuando el
progenitor custodio se niega, el otro no tendrá, en general,
oportunidad de ver a los niños, ni siquiera en los casos en que el
juez le reconozca el derecho de visita en horarios judicialmente
establecidos. Aunque
existen algunas medidas legales de coacción y sanciones para
modificar el comportamiento materno, raramente son eficaces y más
raramente aún se aplican contra una madre.
Si ella dice "¡No!", es casi seguro que el juez y
sus asesores decidirán que la madre sabe qué es lo que más
conviene a los niños, y el padre se convertirá en un marginado.
Los costos de la
protesta y lucha contra la madre, la acción en los tribunales, los
asesores de los jueces, los Servicios de Bienestar Infantil, el
abogado de la madre y el propio abogado son de tal calibre que
arruinan a los perdedores. Para
ser justos, debo decir que, en casi todos los casos, el perdedor es
el padre.
Hace menos de 90
años, el legislador de la antigua Alemania estableció que se
requería el permiso del padre para que una madre pudiese amamantar
a su hijo, y la duración del periodo de lactancia.
Si el padre decía “No”, la madre tenía que aceptarlo.
En nuestro tiempo, el legislador impone al padre la obligación
de obedecer a la madre.
¿Están ahora
mejor las cosas?
Entre el 80% y el
90% de los hijos del divorcio han de aceptar que uno de sus
progenitores desaparecerá de sus vidas.
Cada uno de esos niños sufrirá para siempre una situación
de semiorfandad legal y, como consecuencia del divorcio de sus
padres, correrá un riesgo de divorciarse a su vez tres veces
superior al de los hijos de no divorciados.
No hace mucho, un
célebre abogado de Munich afirmó en la revista "Focus” que
Alemania acabaría convirtiéndose en un pueblo de discapacitados
del divorcio.
Al parecer, ya lo
somos, porque cuando pregunto a las mujeres por qué han abandonado
a su marido o compañero suelo oír siempre el mismo tipo de
respuesta: "Todo se me hacía cuesta arriba.- No tenía tiempo
para mí misma.- Mi marido sólo me daba problemas. El tiempo de que
dispongo ahora que no tengo que lavar su ropa ni cocinar para él me
permite vivir mucho mejor. – El solía gastar casi todo su sueldo
en cosas para su uso propio. Ahora tengo asistencia pública y más
dinero para mí misma que cuando estaba casada."
Mis numerosas
investigaciones me han enseñado que el dinero es, en la inmensa
mayoría de las parejas, la verdadera historia interminable que más
les preocupa. En la
lista de las principales causas del divorcio, ésa ocupa el primer
lugar, seguida directamente por los problemas relacionados con las
labores domésticas y la crianza de los niños.
En cuanto a las
parejas binacionales, debo mencionar que en esa lista de motivos
figura también el problema de las diferencias culturales.
El idioma, la educación y los métodos disciplinarios, toda
esa extraña novedad que durante los primeros tiempos de
enamoramiento parece tan atractiva, cobra las dimensiones de un
problema creciente a partir del nacimiento del primer hijo, o
incluso antes. El
miembro de la pareja que se siente en tierra extraña no puede
asumir un compromiso: la añoranza de la tierra natal y de su estilo
de vida lo abruma, así que un buen día coge a los niños y se los
lleva sin más a su país.
Aunque la mayoría
de los mejores estudios demuestran que los niños crecerán más
felices y sanos con la madre y el padre, en Alemania corre el rumor
de que los niños necesitan sobre todo a su madre, y que el mejor
tipo de padre es el que gana mucho dinero para su familia, juega con
los niños para que su madre tenga tiempo libre y se mantiene al
margen de todas las cuestiones relacionadas con la crianza de sus
hijos.
Las encuestas en
que se pregunta a las mujeres cuáles son las virtudes que deben
adornar al superman de sus sueños producen la impresión de que,
ante todo, debe ser un excepcional macho y amante.
En segundo lugar, debe tener éxito y buena imagen, y ganar
dinero suficiente para mantener a su familia.
Que sean buen padre y ame a sus hijos tiene menos interés.
En cualquier
caso, las madres no suelen confiar en los padres para resolver los
problemas de los niños. Si necesitan asesoramiento, en primer lugar hablan con su
mejor amiga, después con su madre o con el pediatra, o incluso con
el profesor. Sólo
cuando esas personas no saben qué hacer, las madres empiezan a
pensar en la posibilidad de preguntar también al padre.
Después de todo,
pertenecen al tipo de madres que piensan que los padres sólo son útiles
para ganar dinero y que sus hijos ni los necesitan realmente ni los
aman.
En cambio, según
las investigaciones que he realizado entre los padres, la gran mayoría
de ellos confía absolutamente en las madres de sus hijos.
Muchos consideran que es realmente cierto que, por encima de
todo, los niños necesitan a su madre más que a su padre.
Incluso
inmediatamente después de la separación,
en los primeros meses de vida en solitario, la mayoría de
los padres piensa que la madre nunca será tan cruel como para
llevarse a los niños o que nunca prohibirá que el padre los vea.
Asimismo, los
padres suelen creer las promesas de las madres de que les dejaran
ver a los niños en cualquier momento.
En consecuencia, la mayor parte de ellos están de acuerdo
con que las madres se queden con los hijos y tengan derecho
exclusivo a decidir dónde y de qué forma viven.
En
la mayoría de las separaciones, los padres sólo empiezan a
percibir que están perdiendo a sus hijos de modo definitivo cuando,
tras abandonar el hogar familiar, ven que las madres prefieren a un
nuevo amante. Entonces,
suelen comprender que la madre corta deliberadamente el vínculo
entre los hijos y el padre para desembarazarse de éste y disfrutar
de su nueva libertad sin remordimientos.
[...]
Permítanme ahora
citar, junto a mis propias palabras, algunas frases literales de
Engels:
... que la
libertad de las mujeres se logrará cuando todo el sexo femenino
desempeñe puestos públicos de trabajo y desaparezcan los
atributos de la familia como unión económica, de forma que toda
la privacidad de los hogares se transforme en un sector de
producción social.
Tras liberar a
la mujer de las tareas familiares, la manutención y la crianza de
los niños pasará a ser un asunto público, de forma que la
sociedad mantendrá y educará a todos los niños del mismo modo.
A partir de
entonces, ninguna mujer tendrá miedo de quedarse embarazada.
Finalmente, la mujer podrá dedicarse al hombre amado, sin
cortapisas morales o económicas.
Incluso si el
amor termina, nadie habrá de temer por las consecuencias, ya que
se garantizará un divorcio sin ningún tipo de responsabilidad y
habrá un "beneficio" para el hombre y la mujer y para
toda la sociedad.
Veamos qué parte
de esos sueños se han cumplido ya en Alemania.
Actualmente, más
de la mitad de las mujeres con edades comprendidas entre los 15 y
los 64 años desempeñan trabajos públicos.
A esa cifra hay
que añadir la de las mujeres que siguen cursos de perfeccionamiento
y pronto obtendrán un trabajo.
Además, desde hace algunos años, el número de chicas que
cursan estudios universitarios es superior al de chicos.
Y los objetivos gubernamentales de protección del empleo
femenino se cumplen con éxito creciente.
En términos generales, las mujeres van por delante.
Si creemos a
Matthias Horx, uno de los más prestigiosos demógrafos de Europa,
la población masculina lleva las de perder.
No podemos decir que esa frase sea un mero vaticinio, ya que
su autor muestra los datos en que se basa su afirmación.
Pero de todas formas, Horx formula una horrible predicción
cuando añade que, dentro de 20 o 30 años, el problema más
importante a que se enfrentarán las mujeres será la multitud de
hombres sin trabajo y sin familia, tendidos borrachos en las aceras
y llenando las cárceles. Exactamente,
el panorama que conocemos de la Rusia actual y que Mijail Gorbachov
expuso en su libro sobre la perestroika en 1987.
La predicción de Horx tiene su prueba viviente en Gorbachov.
¿Quién mejor que él para saber que está en lo cierto
cuando afirma que el peor error que puede cometer una sociedad es
destruir sus familias e impulsar a todas las mujeres a entrar en el
mundo laboral, masculinizando la condición femenina y confiando la
crianza de los hijos a guarderías y extraños, en sustitución de
sus propios padres?
Pero Gorbachov y
sus teorías han pasado de largo en Alemania, y la Oficina Federal
de la Familia de Berlín informa que, su primera prioridad no es la
familia, ni los hijos, ni las madres, ni los padres; no, su
prioridad absoluta es proteger y capacitar a "mujeres jóvenes
y con empleos bien remunerados" para obtener más y mejores
puestos de trabajo y potenciar las instituciones profesionales para
el cuidado de niños y "eliminar los privilegios
masculinos."
Para lograr que
las mujeres desempeñen un trabajo público sin mala conciencia
respecto de sus hijos, las feministas han enseñado a mi generación
-y sobre todo a las generaciones más jóvenes-que los niños
criados por sus propios padres están sobreprotegidos y menos
capacitados en todos los aspectos sociales, y que uno de cada tres
niños es víctima de la violencia o los abusos sexuales de su
padre.
Una campaña de
enormes carteles emprendida por la Oficina Federal de la Familia en
Berlín indica al público que las chicas son víctimas indefensas
de la violencia, pero que los muchachos sometidos a trato violento
se convertirán también a su vez en perpetradores de violencia.
La quintaesencia
de la información consiste en infravalorar a las madres que no
tienen un trabajo público, tachándolas de ignorantes y culpables
de mimar excesivamente a sus hijos, y en considerar a los padres
casi automáticamente como sospechosos de ejercer violencia o, como
mínimo, dispuestos a utilizarla.
No es de extrañar que las madres se sientan algo culpables y
avergonzadas si no tienen trabajo y desconfíen totalmente de
cualidades de los padres.
Tampoco es de
extrañar que cada vez sea mayor el número de mujeres que desean
ser madres solteras y prescindir del padre, o que prefieran vivir
una relación sin vínculos con el padre de sus hijos, de forma que
en cualquier momento pueden perfectamente ejercer su derecho a
abandonarlo, sin respetar el amor que el hombre sienta por sus hijos
o el derecho a ser su padre para siempre.
Y por último,
aunque no por ello menos importante, tampoco es de extrañar que dos
de cada tres matrimonios acaben en divorcio.
Desde 1977, bajo
el gobierno formado por el Partido Social Demócrata, hasta la
actualidad, el derecho de familia nos otorga el
"beneficio" del divorcio en el sentido previsto por
Friedrich Engels, es decir, sin responsabilidad alguna.
En combinación
con la Constitución alemana, que prevé la protección especial de
la sociedad para la madre y los hijos, pero no la misma protección
para el padre, la nueva ley de divorcio se ha convertido en algo así
como como un salvoconducto para las madres que no respetan los
derechos de sus hijos y del padre de éstos.
Por eso, las abogadas feministas suelen aconsejar a sus
clientes con hijos binacionales que planteen el divorcio con arreglo
al derecho alemán siempre que sea posible.
La mejor definición
de la familia alemana la formuló Ulla Schmidt, la nueva Ministra de
Salud del Partido Social Demócrata, al proclamar: "La familia
consiste en que todos coman del mismo frigorífico."
Con esa explicación,
las cosas quedan perfectamente claras: las familias de Alemania están
mezcladas y cambian al azar; basta con que haya un frigorífico y
algo dentro para comer.
Friedrich Engels
debe bailar alegremente alrededor de su tumba.
Y esa es, señoras
y señores, una de las importantísimas cuestiones a que nos
conducen, por desgracia, las experiencias vitales de los padres
binacionales y nacionales.
Como les dije al
comienzo de mi intervención, muchas de las personas responsables
-es decir, políticos, legisladores y profesionales de la abogacía,
la judicatura o los servicios sociales-, no tienen niños o no les
interesan. Muchas de
esas personas no sienten ningún amor por los niños en general. Y muchas de ellas no han llegado nunca comprender que los niños
necesitan algo más que familias mezcladas al azar y algo que comer.
Deslumbrados por
el espejismo de Friedrich Engels y sus sueños de procreación sin
responsabilidad personal y fieles a nociones de familia tan modernas
como las formuladas por nuestra Ministra de Salud Ulla Schmidt, o
bien incómodos ante el ideal cristiano de maternidad y entregados a
algún tipo de sentimiento galante, tal vez muchos de los
responsables piensen que basta con un solo progenitor.
En una sociedad que asumirá la crianza de los niños como
actividad pública, no hay necesidad de ambos padres al completo.
Con uno basta, sin duda, y el que mejor se apaña con las
cosas de la familia suele ser la madre.
Especialmente a causa de la violencia de los padres, los
responsables están convencidos de que tienen razón.
En ese sentido,
parecen pensar que la mejor solución posible es dejar a los hijos
con su madre. Lógicamente,
ella ha de tener y tiene derecho a concebir hijos de quien quiera,
esté o no casada. La
ley le permite mantener secreta la identidad del padre biológico,
aun cuando no sea su marido. Además,
la mujer tiene derecho legal a exigir que su marido pague y trabaje
duro para mantener al hijo de otro hombre.
La madre tiene también derecho a secuestrar a los hijos y
apartarlos de su padre, para lo que basta con una declaración
contra él. Asimismo,
puede obtener el dinero del padre elegido, para llenar el frigorífico.
¿Y no es una obligación social proporcionar a la madre toda
la asistencia que necesite para criar los hijos?
La
Ministra Federal de la Familia, Christine Bergmann, proclamó una
solución para todos los padres ya no amados por su mujer: que
vuelvan otra vez con sus madres.
[...]
Los
"beneficios" del divorcio y la supresión de la soberanía
de las familias, tal como los soñó Friedrich Engels, pueden
satisfacer un deseo pasajero. Pero el precio que pagaremos por ello
serán las lágrimas de millones de niños.
Gracias
por su atención.
Washington
DC, 9 de junio de 2001.
©
Karin Jaeckel
(Texto
traducido
por Javier Álvarez
para este sitio web y publicado con permiso de la autora.)
texto
original
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