SER PADRES EN EL TERCER MILENIO

CAPÍTULO VI

HOGARES MONOPARENTALES

 

"Xuxa, Madona y otras
no maten al padre de sus hijos,
porque ellos crecerán tristes y
solitarios, extrañando al padre y
odiando a su madre".
 

 

Solas por voluntad ajena

       Muchas madres que crían solas a sus hijos, no quedaron así por propia voluntad.  Ellas han hecho lo indecible para que el padre se quede o que al menos conserve la relación con sus hijos.  Algunas lo tienen al padre en casa pero no logran interesarlo por los niños.  Y todas tratan con la mejor buena voluntad de contrarrestar éstas ausencias, de la mejor manera posible.

  

Yo quiero un hijo

       En el capítulo anterior vimos cómo la soledad y el exacerbado egoísmo hacen que algunas madres se aferren a sus hijos sin importarles el derecho de éstos a tener un padre y una vida propia.  En algunos casos esto se da desde el principio, es decir, mujeres que toman la decisión de tener un hijo sólo para ellas (1).  En la base de esta decisión puede estar la soledad o el miedo a la soledad, otras veces el deseo de tener algo propio, o tal vez la idea - más o menos consciente - de que la mujer no es completa si no es madre.  En otros casos serán el aburrimiento o el cansancio de una vida con muchas frustraciones o en la que todo le sale mal... y deciden tener un hijo lo que en principio no se ve como difícil.  Una profesora en la facultad decía: "Hacer un hijo es fácil, lo difícil es hacer un hombre”.

 

Yo lo puedo criar sola

       Antiguamente, era la irresponsabilidad del hombre, por sí mismo, por las guerras, por las migraciones, por las conquistas de otros territorios, lo que dejaba sola a la mujer con su prole; esto sucede todavía en la mayoría de los casos, pero actualmente, existe además una "moda" de criar sola al hijo; de demostrar valentía y autosuficiencia planteándose: "yo quiero un hijo, pero va a ser mío -y de nadie más, no necesitamos a ningún hombre que nos cuide o proteja, yo siempre me las supe arreglar sola y un hijo me dará más fuerzas aún".  No dudamos de la fuerza y capacidad de las mujeres, al contrario, es de admirar su tenacidad, su voluntad y su constancia, pero de lo que también estamos seguros es de que el niño, que esa audaz mujer trae al mundo, necesita un padre como todos los otros niños de su especie (2).

      Hemos conocido muchas mujeres que crían a sus hijos solas y casi todas, son ejemplos de sacrificio y amor.  Pero tomando toda la situación en conjunto no constituyen ejemplos a imitar porque suelen ser hogares con mucha angustia o dolor, en donde la pérdida del marido o del varón no se siente tanto, como la ausencia del padre para esos niños.

        En algunos casos, "criarlos sola", esconde dejarle el o los hijos, a sus padres y continuar llevando una vida cómoda en el seno de su familia: le rinde más el poco o mucho dinero que gana, puede hacer prácticamente una vida de soltera, tiene con quien dejar los chicos y goza de total independencia.  Para el adulto -sea la madre o el padre- es la situación ideal, pero para los niños, es por lo menos confuso, cuando no dañino, sobre todo si trae aparejada la desaparición del otro progenitor.  Para los abuelos constituye una tergiversación de las etapas naturales de la vida y estas cosas nunca son sin consecuencia, aunque al principio parece agradable, porque "tenemos a la nena de nuevo en casa".

  

Tiran el padre a las ortigas

       Ya hemos visto que algunos padres parten sin el menor problema, dejando a la mujer esperando un hijo suyo o ya criándolo.  Sin embargo esta moda, a que hacíamos referencia más arriba, trae consigo alejar ex profeso al padre de la criatura: "Salí de acá, vos ya tuviste lo tuyo, ya no te necesitamos".  Algunas mujeres, desde su egoísmo, tal vez por algún desafío pendiente o porque su propio padre estuvo ausente o no sintió que la quería lo suficiente, o porque entró "mal parada" en este mundo de competencia y éxito, toma la determinación –unilateral- que el hijo va a ser únicamente de ella y, "tira el padre a las ortigas".  Al niño le dirá que él los abandonó, o que era un vago que no servía para nada o que se murió.  Tal vez, luego se dé cuenta de lo errada que estuvo e intente darle padres postizos, o de la misma manera que lo echó al verdadero, luego trate de que vuelva, pero, para muchas cosas, ya será tarde.

      Posiblemente ella nunca relacione ciertas conductas de sus hijos, cierta melancolía o agresividad, con la ausencia del padre. "Si yo ocupé perfectamente el lugar de los dos, hasta de sexo le hablé".  Tal vez nunca comprenda que ese rencor, ese encono, que siente de sus hijos hacia ella, a pesar de todo lo que hizo por ellos - es porque saben que ella mató a su padre, que por su culpa quedaron medio huérfanos.  Es posible que las peleas y rencillas aparentemente sean por otra cosa, pero lo que habrá en el fondo es esto.  Todos sabemos que las culpas nunca son exclusivamente de uno u otro; pero si los chicos lo único que ven es a la madre echando al padre y no perdiendo oportunidad para insultarlo y agredirlo, no será casual que luego esos niños la hagan responsable, a la madre, de la ausencia del padre.  En estos casos, como en tantos otros en que se producen ausencias, el ser humano - y los niños en especial - idealizan al ausente, dotándolo de todas las características positivas que uno quisiera que tenga y lo hacen vivir en su imaginación.

       Naouri y otros autores ya citados, analizan en profundidad este fenómeno de considerarse dueña del hijo por ser la madre; el "soy la madre" la habilita para hacer "lo que se le venga en ganas " con el hijo, teniendo la seguridad de que nadie se lo podrá discutir.  Esto por supuesto no es una constante, pero sí una tendencia, una peligrosa tendencia.  Esta tendencia o tentación tiene que ver además, en los casos de hijos varones, con la posibilidad que le da la vida a esa mujer de encontrar finalmente "un hombre": hecho a su medida, que la quiere sin reservas y que no puede vivir lejos de ella; como todos los enamorados tienden a la autosuficiencia y a aislarse del mundo que los rodea (la "Isla de la Fantasía").  La mujer encuentra en su hijo varón la sensación de plenitud que le da su masculinidad... "hay un hombre en la casa ". Entre tanta confusión, la de hacer cumplir el rol de adulto a un niño no es la menor, ni siquiera con la compensación posterior de tratar al adulto como niño eterno.  Este tipo de relaciones, como ya dijimos, puede llegar a considerarse directamente como incestuoso, más allá de que no haya coito.  Las consecuencias de esta "extraña" relación no podría ser más nefasta para ellos y para quienes los rodean.  La ausencia o falta de significado del padre y el muro que levantan a su alrededor, al no intervenir terceras personas, impide la evolución del Edipo por carriles normales, es decir que finalice (3).

 

Trasmitir el mensaje

      A veces, ahuyentar a los hombres, es un "mensaje a trasmitir" que va de generación en generación.  Vemos familias de mujeres solas, con madres y abuelas solas, en donde sistemáticamente los padres partieron, murieron, fueron insignificantes o jamás se enteraron de su paternidad.

       Esta misión transgeneracional, esta repetición de historias familiares existen y son mucho más fuertes e inconscientes de lo que creemos.  Sin embargo no son ineluctables, pero se necesita amor, mucho amor para escapar de ellas.  El amor en una pareja, o el amor por los hijos puede romper con cualquier "tradición" familiar.

Aldo Naouri nos cuenta que una de sus pacientes, tras hablar de la gran influencia de su madre en todo lo que ella hacía y cómo intervenía permanentemente en su matrimonio, concluye el relato diciendo: "... Yo no quiero que mi hija esté, como yo, aplastada, por el peso de una madre.  Porque mi madre, terminó ganando.  Es ella, a quien.finalmente tengo en casa y mi marido en el cementerio” (4).

Willi Jürg nos dice: "As¡, como una maldición, estas perturbaciones neuróticas van pasando de generación en generación" (5).

  

¿Nuevo Matriarcado?

       Cuando decimos que no siempre el padre es el único culpable del poco espacio que ocupa en la vida de sus hijos, nos referimos a algunos casos en que la mujer, por sus características particulares, o influenciada por un discurso del feminismo arcaico, entorpece o impide la relación del padre con sus hijos.

       Sandra Kahan, en su libro: "De nuevo soltera"(6) analiza, de manera muy interesante y útil, cómo la mujer puede hacer para superar lo que ella denomina "el síndrome de la divorciada"; es decir cómo hacer para que su frustrada experiencia matrimonial no termine frustrándole el resto de su vida.  Pero hay una parte de este libro en donde la autora deja la ciencia de lado, se olvida de los niños y de la psicología infantil y en pro de reivindicar a la mujer y de devolverle la confianza en sí misma, termina tomando una postura feminista retrógrada, que si bien apunta a los ex maridos, resulta nefasto para los hijos.  Veamos lo que dice: "Desde comienzos de los años setenta, cuando la cifra de divorcios empezó a dispararse, nosotros, como sociedad, tendimos a tratar el divorcio como un fenómeno temporal, algo que esperábamos que con el tiempo se estabilizaría v luego se alejaría.  Parecíamos creer que las modificaciones necesarias en el matrimonio se compensarían, las actitudes de los cónyuges se alternarían, el matrimonio como institución se adaptaría a los nuevos tiempos y las nuevas cifras de divorcio se nivelarían.  Poco a poco hemos ido comprendiendo que las cifras no van a descender deforma espectacular, y, además, que la familia encabezada por una mujer es un estilo de vida alternativo, aquí y ahora...”

      "... El divorcio no es una aberración, sino algo usual.  Tu  familia  y tú no sois raros ni diferentes; eres parte de la línea evolutiva.  Mira a tu alrededor.  Las cabezas de familia femeninas están por todas partes."

      "Pero aquí hay un nuevo corolario: el papel de educadora, de los niños que ahora tienes es significativamente diferente al que tenías como madre de una 'familia con dos progenitores.... diferente y mucho más importante.  No sólo eres una madre, eres una "matriarca"... una mujer que manda en la familia."

      "En una familia con dos progenitores, matriarcado y patriarcado son palabras feas, desafiantes.  Cuando hay patriarcado, no puede haber matriarcado, y viceversa.  Los términos no sugieren una división justa de poder.  "

        "Pero, dentro de la familia de un solo progenitor, eres la principal poseedora de poder para controlar y la única responsable del destino de tu familia.  Aquí el término matriarcado es el apropiado, porque abarca esta noción de poder.  De hecho abarca los principios discutidos individualmente en este libro: tu petición de tener tu propia casa e intimidad, tu derecho a imponer las reglas de la familia, tu meta de minimizar y neutralizar tus interacciones con tu ex marido para intensificar tu propia autonomía y tu autoridad para tomar decisiones como la única responsable adulta de la familia.”

       "El padre, si está interesado puede hacer sugerencias sobre las decisiones más importantes que afecten a los niños, pero depende de tí el decidir si estas sugerencias se adecúan al modelo de tu familia. La última palabra es la tuya. En esta corta frase descansa la fuente de tu fuerza, la fuente potencial de cada madre divociada llevando su propia familia y dispuesta, a asumir el papel y la responsabilidad del nuevo matriarcado".

         Plantear esto así es aberrante.  Si estuviéramos hablándole a viudas o a familias en las cuales el padre desapareció y es dado por muerto, tendría su razón de ser para darle fuerza y seguridad en sí misma a quien quedó sola al frente de una familia; ayudaría a "elaborar" el duelo.  Releímos varias veces las páginas citadas y la autora se dirige a todas las madres divorciadas, sin aclarar que se refiera a cuando los hombres hayan desaparecido, o sólo aparezcan en forma esporádica o sean hombres pervertidos o violentos.  El planteo de Sandra Kahan es que cuando la mujer se divorcia, para no sufrir ella, debe tirar al padre de los hijos a la basura y en pos del poder femenino, erigirse ella en única progenitora. Después hay quienes no entienden porque subsiste el odio en algunas ex parejas, ¿cómo esos padres no van a sentir rencor u odiar a la mujer que les robó los hijos?, que los dejó sin lo más valioso que un ser humano pueda tener.¿Cómo no van a tener contradicciones terribles esos hijos con esa madre?, que les mató al padre en nombre de su tranquilidad y de sus ansias de hacer lo que se lo ocurra, sin que nadie le diga nada.  Esta psicoanalista de Chicago hace este planteo desde el feminismo, pero en realidad no confía en la capacidad de las mujeres, ya que considera que para lograr imponer su criterio tiene que alejar al hombre, o sea que sólo con el hombre ausente, la mujer puede mandar; con esto menosprecia la capacidad femenina y además, envía a las madres divorciadas a un suicidio afectivo a fin de lograr un supuesto "nuevo matriarcado" en el mundo. ¿Qué mundo quiere construir con mujeres odiadas por sus sucesivas parejas y despreciadas por hijos, que desde la melancolía o la violencia, buscarán compensar el vacío de su progenitor ausente?

Sin duda que la sociedad va hacia un incremento de hijos con padres separados o directamente nacidos fuera del matrimonio (o fuera de una relación de pareja), pero responder a esta situación amputando automáticamente al padre es una cirugía innecesaria y propia de la barbarie.  Ya bastante tenemos con los irresponsables que se van solos, como para encima querer echar a los que quieren permanecer junto a sus hijos.  Es justamente lo contrario lo que tenemos que hacer: frente a la fragilidad o ruptura de la pareja fortalecer el vínculo en tanto que Padres, y la evolución de la humanidad debe dirigirse a que estas personas se comporten como adultos y sean capaces de generar un "área protegida " alrededor de los niños, que es lo que necesitan para crecer sanos y felices (7).

Además debemos resaltar el nuevo concepto que introduce la diputada socialista francesa, Dominique Guillot, en la Conferencia de Familia realizada en París, el 12 de Junio de 1998, cuando plantea que debemos hablar de "familias con un solo padre en el hogar" y no de familias monoparentales porque, salvo el caso de las viudas, los chicos continúan siendo familiares de sus dos Padres, más allá de que vivan sólo con uno, o que al otro lo vean poco.

       Los chicos continúan "teniendo " a su papá y a su mamá, al margen de las vicisitudes del amor de sus Padres y de quien posea la "tenencia".  Es dañino que en pro de una supuesta independencia o de un ficticio equilibro femenino, la madre (o el padre) intente podar la mitad de las raíces y ramas del niño, alejándole o escamoteándole el otro progenitor; es imperdonable, los hijos no se lo van a perdonar.

 

Temor a ser malas

       No es casual, que en los hogares de madres solas normalmente reine la amabilidad, la comprensión, la ternura.  Los hijos suelen ser conscientes de los sacrificios de la madre, de que no ha sido fácil criarlos, además sienten que ellos deben cuidarla, porque no tienen a nadie más en el mundo y porque ella no tiene a nadie más en el mundo.  Ya dijimos que haber perdido al padre les crea la posibilidad de que también puedan perder a su madre, temor menos común para los hijos que tienen a sus dos Padres.  La madre, a su vez, se aferra a ellos porque sabe que después de ella no hay nada, y porque además es lo único que tiene, entonces hace lo posible por ser buena con ellos, por comprenderlos, por estar muy unidos.  Son vínculos muy fuertes, pero con integrantes - a veces - muy débiles por ser demasiado sensibles y haber sido criados en un mundo unidimensional, donde sólo está la opinión, la versión, las fantasías y los fantasmas de la madre (8).

  Esto no deja de plantear dificultades a la hora de poner límites.  Y luego cuando llega la edad de la adolescencia los problemas suelen multiplicarse: chicos consentidos que se enfrentan a un mundo poco propicio para aceptar caprichos o desobediencias y madres que no quieren aparecer como malas, que le justifican todo, por que saben que después de ella no tienen a quien recurrir.  Peor aún si ronda el "fantasma" del padre y existe la posibilidad que, enojados con ella, se quieran ir con él.  Hijos que, sabiendo que constituyen todo para su madre, que son “la luz de sus ojos”, que son su causa principal y única de vivir, aprovechan la posición de fuerza y no dejan de estrujar esta situación (esto también puede darse en hogares donde el padre está presente pero que siempre fue dejado afuera).  Estos hijos llegan a constituirse en verdaderos dictadores en su casa, con madres absolutamente sumisas a sus más mínimos deseos, pero también interviniendo e interfiriendo en la posibilidad de que sus hijos tengan vida propia. Son hogares, en donde suelen vivir hacia adentro, el mundo exterior es visto como agresivo y despiadado, sufren el afuera y disfrutan el adentro, la casa se transforma en un enorme vientre materno, en donde al igual que en el embarazo, la madre lo carga sola y la interdependencia puede ser total.  Los dolores de parto - si este algún día se produce - serán sin anestesia.

  

La mujer dijo: ¡basta!

       Los hogares donde sólo está la madre, aumentan día a día.  Pero si de números estamos hablando no podemos dejar de considerar que este aumento tiene ciertas características: algunas anecdóticas, como ser que se da mucho más en las ciudades, y otras, dolorosas, como que es más frecuente en los sectores más carenciados; en donde, además, la red social que podría ayudar a la madre, también sufre necesidades.  Es decir que a la carencia de padre, con todo lo que esto implica, debemos sumarle otras carencias, tan elementales como aquella.  Además, la vida moderna, las distancias y los horarios de trabajo, pueden hacer que el niño sin padre, no vea casi nunca a su madre y que cuando la vea, ésta esté al borde de sus límites, agobiada por llevar sola tanta carga y responsabilidad.

  Las causas por las que se produce este aumento de los hogares con madres solas son tan variados como las causas de que existan, pero, como denominador común de esta nueva realidad, podemos mencionar que la mujer dijo basta y el hombre no se la bancó, no supo qué hacer; entonces cada uno partió por su lado.

       Consideramos que es hora de que el hombre y la mujer se sienten a conversar este tema de nuevo.  Que nos sentemos de manera amigable, como miembros inseparables de la misma especie (y porque es hermoso y mágico estar juntos), a replantear los nuevos roles de cada uno; tal vez la conclusión sea que no haya roles absolutamente definidos y que cada pareja los determine, y que estos no sean permanentes; lo que sí es seguro, es que los roles tradicionales que estuvieron vigentes hasta la primera mitad de este siglo, no funcionan más y ni siquiera quienes los pregonan, los cumplen.  Pero sin duda tampoco podemos seguir como estamos, porque nos hace infelices a nosotros los adultos, desorienta a los jóvenes y porque estamos gestando generaciones de hijos débiles, con grandes desequilibraos efectivos y de personalidad.  El cuestionamiento a los roles dentro de la pareja y de la familia ha tenido como consecuencia que haya fricciones, en relación a la crianza de los hijos, que nadie las cumple porque esperan que las cumpla el otro o porque se la delegan de manera expresa o tácita a terceros.  Si los hijos fueran patos (que toman por madre a lo primero que se les cruza cuando salen del huevo) algunos llamarían mamá al televisor y luego a la escuela o a los "video games".  La familia, en relación a los hijos tiene sus funciones, y deben ser llevadas a cabo por el padre y la madre, entonces bueno seria, que pronto se resuelva esta disputa entre sexos, a fin de que ambos puedan criar juntos a sus hijos (aunque estén separados).

        La mujer tiene hoy un lugar en el mundo, que no debe descuidar y el hombre ha encontrado en el hogar y en sus hijos sobrados motivos de realización y placer.  Para convivir con otro y especialmente para formar una pareja, ambos deben ceder y flexibilizar aspectos de su personalidad y de sus expectativas, pero esto no debe significar la anulación de una de las dos personas o de partes fundamentales de su vida y mucho menos volver a obligar a la mujer a recluirse dentro del hogar o echar al hombre fuera.

       Es cierto que aumentan los hogares sin padres, pero también es cierto que no dejan de aumentar los padres que paternan a sus hijos, todo es cuestión de reforzar y alentar esta segunda opción, que a todas luces es la mejor para los chicos, para los Padres y para la humanidad.

   Resumen: Plantearse por propia voluntad criar sola a un hijo es absolutamente egoísta, pobre niño: sin padre y con una madre que sólo piensa en ella.  Los hijos tienen que tener a sus dos Padres, si éstos no son capaces de desembarazarse de su egoísmo deben procurar no embarazarse, y si esto ocurre, pues será el momento de convertirse en adultos y pensar en el niño antes que en uno mismo.  La naturaleza sabiamente nos da nueve meses para que tengamos tiempo de hacernos a la idea, crecer y asumir nuestras responsabilidades; la infancia quedó atrás, ahora viene un hijo nuestro ... y necesita a sus dos Padres, porque nunca podremos llenar el vacío que deja el otro.

           Cuando no hay mas remedio, porque el padre está definitivamente ausente, no hay que tratar de que el hijo ocupe el lugar del desaparecido, ni para bien, ni para mal, ni para el cariño, ni para el rencor.  Deberemos abrir puertas y ventanas para que la vida llegue a él y pueda buscar sus modelos masculinos y compensar sus carencias, en tiempo y forma.

 

NOTAS

  1. Tomar decisiones por sí sola en los temas que atañen a los hijos es una forma muy clara de violencia familiar y de no respetar los derechos ni del hijo, ni del padre. Considerar desde el vamos a los hombres como innecesarios e inútiles en la crianza de sus hijos, está en la base de esta violencia y puede ocultar las pocas ganas que tenga la mujer de tener que compartir con alguien, algo que cree que le pertenece por entero. Noemí Aumedes, titular de las Dirección General de la Mujer de la Ciudad de Buenos Aires, en un artículo publicado en el Diario Uno (Mendoza, Argentina) del domingo 20 de junio de 1998, opina que sojuzgar a la mujer a la voluntad masculina es causante de violencia familiar: "Es ir contra los derechos humanos, ya que ningún ser humano debe ser sometido a la voluntad de otro"... "Todavía nuestra sociedad mantiene, en muchos sectores, una relación paternalista y el maltrato es producto de ese pacto donde el hombre es el que manda y la mujer la que obedece. Esto es algo que se ve a diario en los servicios de violencia, con mujeres golpeadas, quemadas y vejadas por sus propios maridos, a cuya autoridad se someten sin protestar". En el mismo artículo periodístico se expresa la subcoordinadora del Foro de Psicoanálisis y Género de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires, Débora Tájer: "el sometimiento puede ser generador de violencia en un sentido más amplio de la palabra, que va mucho más allá de los golpes" ya que "un hombre puede pensar que su mujer es un ser inferior y no pegarle, pero ejercer violencia cuando decide por sí mismo y la obliga a acatar sus órdenes sin protestar". Esto que tan correctamente plantean las citadas especialistas en Familia, es válido tanto para la mujer como para el hombre, ninguno de los dos puede tomar por sí solo decisiones que competen a ambos, ni sojuzgar a su voluntad al progenitor ni a los hijos. Los niños son las víctimas más inocentes y desvalidas de esta disimulada forma de violencia familiar, que consiste en hacer lo que a uno le da la gana, obligando a los otros a sufrir las consecuencias. Sea el padre o la madre, quien toma decisiones por sí solo y sojuzga al resto de la familia resulta nefasto para todos sus integrantes.M
  2. Christiane Olivier, ob. cit. pág. 177. En la situación monoparental, la madre resulta ser el único lugar de identificación de los niños (elle est leur “remère” faute d’être leur “repère”..., la autora hace un juego de palabras que literalmente significa que "ella es una remadre a falta de ser un referente"). Para comprender las dificultades que va a encontrar el varón en la familia monoparental, es necesario recordar que la identidad (ser uno mismo) y la identificación (ser como) son las bases de la personalidad.
             La identidad de un ser se establece en los primeros meses en contacto con sus padres, que lo consideran como creación nueva e individual. Pero cuando la madre está sola, ¿puede evitar de dar al niño el lugar de la persona que debería estar allí para hacerla feliz, ella, que no ha encontrado relación afectiva simbiótica? (Simbiosis: asociación de organismos diferentes en la que éstos sacan provecho de la vida en común). Ella tiende naturalmente a permutar el lugar que el chico debería tener en tanto que hijo y niño, por el de compañero -cuando no pareja- de la madre.
            El hijo de familia monoparental está, más que ningún otro, expuesto al peligro de tener que responder al sueño de unicidad del progenitor (ser uno en comunión con otro, encontrar su otra mitad), de compartir sus carencias, lo que le permite leer en el rostro de su madre lo que le está permitido decir sin hacerle daño... Él termina no pudiendo desenredar sus emociones de las de ella, él es un "padre-hijo" que además de llevar adelante su vida de niño, trata de ayudar a vivir a su madre. El resultado es casi siempre renunciar a vivir por sí mismo... De este modo pueden mezclarse las identidades, y sólo existir el uno como espejo del otro.
            La identificación se refiere al movimiento profundo que empuja al niño a llegar a ser "cómo" uno de sus Padres, el de su mismo sexo, pero para esto es necesario que ese progenitor no se encuentre desvanecido, rechazado, condenado o prohibido por el otro, si no, no hay modelo posible para el niño y, sus sueño, su proyección de futuro, se bloquea: él permanecerá siendo un niño, y tendrá dificultades con todo aquello que signifique dejar de serlo, crecer.
            Estos problemas a nivel de identidad o de identificación, remiten al niño a la soledad o a la búsqueda, fuera de la familia, de otros modelos bien diferentes a sus Padres.
            Nosotros ya hemos visto con qué facilidad la madre anuda con su hijo el vínculo edípico. Esto será mucho más marcado en ausencia del padre, cuando el niño representa "todo" para su madre, no teniendo más que a él como hombre en su vida. Al niño le será difícil no responder con la misma intensidad a la fijación de su madre. ¿Qué sucederá cuando al llegar a los doce o trece años, él sienta como todos la necesidad de juntarse con sus iguales y alejarse de su madre? ¿Ella, soportará la distancia que quiere tomar su hijo? Y él, ¿va a osar oponerse a quien ve sufrir cada vez que él sale o que llega un poco tarde? ¿Qué pasará cuando ese niño se enfrente al mundo exterior, no correrá a refugiarse en brazos de su madre, o cansado, atiborrado de ella, no huirá apenas pueda, entendiendo que la distancia geográfica es la única manera de no tenerla encima? Veamos ahora cómo evoluciona la niña frente a la madre sola. Las niñas, esté o no el padre presente, tienen al principio el mismo camino: ellas quedan en manos de los anhelos inconscientes de sus madres. Las pequeñas no tienen partenaire edípico precoz y aquellas que no tienen el padre en su casa, lo tienen menos todavía. Deben arreglárselas solas frente a las expectativas maternales. La vida de una niña en la familia monoparental, como en la clásica, está marcada por un comienzo delicado frente a una mujer que le solicita demasiado. En los casos monoparentales parece imposible oponerse a esta única madre y de correr el riesgo de no ser amado por ella. Lo más común es que la niña que vive sola con su mamá tome el rol de sumisión a ella, ante la imposibilidad de, en su oposición, ser sostenida por el padre ausente.
            Las madres entran en el juego de sus afectuosas hijas e ignoran que la contracara de esa sumisión se verá al llegar la adolescencia y será más violenta y prolongada, no teniendo la joven experiencia ni sabiendo cómo manejar estos combates, por no haberlos tenido antes, y además, ausente el padre, buscará apoyo en sus amigos o, eventualmente, en su "novio"; la hija finalmente se atreverá a abandonar su sumisión y enfrentar a su rival de toda la vida.
            Por otro lado la ausencia de padre la impulsará a soñar y a esperar a un hombre como el padre perfecto que no tuvo... y el despertar será penoso" (traducción libre del autor).M

  3. Aldo Naouri, ob. cit. pág. 268.M

  4. Aldo Naouri, ob. cit. pág. 254.M

  5. Jürg Willi, “La pareja humana, relación y conflicto”, Ed. Morata, Madrid, pág. 101.M

  6. Sandra Kahn, “De nuevo soltera. Cómo superar el síndrome de la divorciada” Ed. Grijalbo, Bs.As. 1991, pág. 229, capítulo 7, titulado “El nuevo matriarcado”.M

  7. Ver en el capítulo VII nuestra propuesta de crear “áreas protegidas” alrededor de los niños para minimizar las consecuencias negativas de la separación de sus padres.M

  8. Christiane Olivier, ob.cit., pág. 152. Analizando lo que ella menciona como los cambios producidos desde 1970 y la aparición de la primera generación de niños sin padres, consecuencia de reivindicaciones y leyes que sólo tuvieron en cuenta a la mujer: "Al dejar todo el lugar (en la crianza del hijo) sólo al deseo de la madre, nosotros hemos hecho de esos niños eternos mamertos que rechazan el combate de la vida, o al contrario series violentos y revanchistas que buscan siempre la confrontación con cualquier otra autoridad que no sea la madre".M

© 1999 Jorge Luis Ferrari  (Capítulo reproducido con autorización del autor)

(Jorge Luis Ferrari: "Ser padres en el tercer milenio" Ediciones del Canto Rodado, Mendoza (República Argentina), 1999.)

 

 

 

 

 

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