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A MUERTE DE UN PADRE SEPARADO

 Darrin White era un hombre sencillo de 35 años, padre de cuatro hijos, maquinista de tren. En enero de 2000 su matrimonio entró en la recta final. El 21 de febrero, el juez dio a Darrin un plazo de 48 horas para abandonar el domicilio familiar y le impuso el pago de pensión alimenticia para sus hijos y compensatoria para su ex mujer. La suma de ambas pensiones era casi el doble de sus ingresos netos. Sin embargo, su ex mujer era también maquinista y tenía plenas posibilidades de trabajar, a pesar de que durante los últimos cinco años había preferido desempeñar las funciones de ama de casa. Darrin se vio, como tantos miles de padres separados, convertido de la noche a la mañana en un paria sin techo ni hijos, obligado a trabajar para la mujer que le había quitado todo. La justicia le pareció una mascarada y su mundo se le vino abajo. Apenas tres semanas más tarde se ahorcó colgándose de un árbol en medio de un bosque.

Donna Laframboise escribió varios artículos sobre este caso, en los que vierte graves acusaciones contra el actual régimen de divorcio y contra el apartamiento y la marginación del padre separado. "A Darrin no le preocupaba la pensión para sus hijos. Lo que puso la soga en su cuello fueron los 1.000 dólares de pensión que el juez le ordenó pagar a su ex mujer, poseedora de las mismas calificaciones profesionales que él y sin razones que le impieran retomar su trabajo", declaró a Donna Laframboise el presidente de la asociación local de padres separados, que atendió y trató de ayudar a Darrin en esa época.

En el artículo que presentamos a continuación, publicado en el National Post el 1 de abril de 2000, Donna Laframboise nos comunica las amargas reflexiones que el funeral de Darrin White trajo a su mente.

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EL SUICIDIO DE UN PADRE SE CONVIERTE EN GRITO UNÁNIME PARA PEDIR JUSTICIA

(por Donna Laframboise)

Hace exactamente treinta y cinco años, Lillian White dio a luz al menor de sus hijos. Ayer, Lillian se arrodilló y besó el ataúd de ese hijo al pie de la tumba.

Darrin White se suicidó hace dos semanas en Prince George (Columbia Británica), después de que un juez le ordenase pagar a la mujer de la que se había separado una cantidad equivalente al doble de sus ingresos netos, en concepto de pensión alimenticia y compensatoria.

Con su muerte, se ha convertido en un patético símbolo del fracaso de los tribunales de familia, de un sistema de divorcio administrado por personas de mente cerrada, corazón de piedra y oídos sordos.

En la noche de ayer, los activistas celebraron a lo largo y ancho del país vigilias con velas en memoria de los hombres como Darrin. Durante su misa de funeral, el padre Leo Fernandez, de la Iglesia Católica Romana de San Agustín, pidió a los amigos de Darrin que prosiguiesen la lucha por la que él sucumbió.

Al igual que quienes completaron la última ópera de Puccini tras su muerte, el padre Fernandes invitó a las personas próximas a Darrin debían preguntarse a sí mismas: "¿Qué vamos a hacer ahora? Afortunadamente, quedan cosas por hacer. A vosotros, sus amigos, os corresponde llevar a término la tarea que él no pudo hacer. Si su sueño fue tratar de reequilibrar la balanza de la justicia en nuestro país, entonces haced eso en su nombre." 

Darrin no era un hombre complicado. Le gustaban los paseos por el campo y las salidas en bicicleta. Leía libros sobre la naturaleza y amaba los animales. Era maquinista titulado y ganaba su vida conduciendo trenes, primero para Canadian National, después para Brithish Columbia.

Cuando su matrimonio se vino abajo en enero, Darrin se vio en una situación común a muchos hombres. Aunque había trabajado largas horas haciendo lo que la sociedad esperaba que, como padre, hiciese -es decir, mantener la casa-, su dedicación al trabajo se convirtió en un arma contra él mismo.

En un país que aún trata a los niños como premios que hay que "ganar" en los tribunales de familia y no como a seres humanos con derecho a una convivencia estrecha con sus dos padres, el hecho de que Darrin no hubiese pasado tanto tiempo con sus hijos como su esposa, ama de casa, se consideró razón suficiente para concederle a ella la custodia exclusiva.

A pesar de verse de pronto solo, obligado a abandonar su casa en menos de 48 horas, a pagar alquiler y honorarios de abogados y a perder turnos en el trabajo a causa de las comparecencias judiciales, Darrin hubo de soportar críticas por no pagar, durante ese caótico periodo,  la pensión alimenticia a su ex mujer (que, a diferencia de él, tenía derecho a asistencia social).

Quizás durante esas semanas, Darrin empezó a comprender hasta qué punto se había tornado vulnerable la relación con  sus hijos, de 5, 9 y 10 años (su hija mayor, de 14 años, fruto de otra relación anterior, vive con su madre en Saskatchewan). Quizás otros padres divorciados explicaron a Darrin cómo sus ex mujeres lavaban el cerebro de sus hijos hasta predisponerlos contra ellos, obstruían en completa impunidad el régimen de visitas ordenado por el tribunal y obligaban a los niños a llamar "papá" a cada una de sus sucesivas parejas.

No todas las madres divorciadas se comportan así, desde luego, pero son muchas las que hacen que tales temores resulten justificados. Sin embargo, la sociedad no prevé servicios para ayudar a unos padres amantes, responsables y traumatizados a superar tales tensiones. Los investigadores han constatado durante decenios que el divorcio es mucho más duro para los hombres que para las mujeres. Sabemos que los hombres que atraviesan por una ruptura matrimonial están expuestos a tasas de suicidio, enfermedad mental, trastornos de salud y accidentes muy superiores a las que afectan a las mujeres. Sin embargo, permanecemos indiferentes ante su angustia.

Durante el último decenio, como mínimo, se han producido en este país suicidios relacionados directamente con el severo trato que dispensan los tribunales y las autoridades a los hombres divorciados. Según afirma Peter Ostrowski, activista  de la Parent-Child Advocacy Coalition de Prince George, que trató de ayudar a Darrin durante las semanas inmediatamente anteriores a su muerte, los hombres como Darrin "no ven ninguna salida. Son una parte ignorada de la sociedad. Si son de edad avanzada y se encuentran en tales situaciones, desarrollan problemas de salud. Si son jóvenes, con frecuencia reaccionan con violencia contra otros o contra sí mismos."

Ayer, en el funeral de Darrin, sus allegados repetían una y otra vez: "Su muerte fue tan innecesaria, tan inútil. Nunca debió haber ocurrido".

Como dijo el padre Fernandes: "¿Qué vamos a hacer nosotros ahora?".

 

© Donna Laframboise (Traducido y publicado en este sitio web con permiso de la autora)

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Enlaces de interés:

Más información general sobre Dona Laframboise en este sitio web.

 

 


EL CLUB DE LAS SEGUNDAS ESPOSAS

(por Donna Laframboise)

Tratar ásperamente a los hombres divorciados a menudo se tiende a justificar como un modo de apoyar a las mujeres y a los niños.  Pero los retoños, los parientes femeninos y las segundas esposas de estos hombres resultan profundamente dañados por este estado de cosas.  Muchos segundos matrimonios, por ejemplo, no consiguen sobrevivir al stress asociado.  Lo que sigue son observaciones e introspectivas (de entrevistas, e-mails y cartas) que he recibido de miembros del club de las segundas esposas, las mujeres a las que nadie escucha en las discusiones sobre divorcios...

"No puedo vivir así más.  La madre biológica le dice a mi hijo cuando puede ser un padre (que es cuando ella necesita un canguro).  La madre biológica fue la que quiso el divorcio, la biomamá nunca soportó a los bebés, la biomamá pilla 1200$ al mes libres de impuestos por tres niños (uno con 16 años que ni siquiera vive con ella).  La biomamá ha mentido a los niños, ha conseguido que los niños nos mientan a nosotros, los ha dejado, con 8 y 9 años de edad, solos en casa un sábado por la noche.  Ya ha causado mucho daño, pero aún causará mucho más.  ¿Por qué a tantos buenos padres se les está poniendo en el mismo cajón que a los irresponsables?  Dios, ¿hay alguien que pueda ayudar?  Sólo queremos algo de justicia, tal vez la custodia compartida, o acceso igualitario.  ¡Son también mitad suyos!"  Barbara - Manitoba.

"No me gusta hablar en presencia de otros, y acudir (a las audiencias federales sobre custodia infantil y acceso a los hijos de 1998) fue la cosa más difícil que he hecho nunca.  Me habían dicho que habría unas 10 personas en una sala, pero era un auténtico frenesí mediático:  cientos de personas, cámaras, se les llama.  Me dije: 'no estoy haciendo esto por mí.  Estoy haciéndolo para que el próximo infeliz que venga tras de mí reciba un trato justo'.  Es demasiado tarde para nosotros, pero espero que no le ocurrirá a nadie más.  Al final, es su hija (ahora adulta) quien ha pagado el pato.  Eso es lo que dije en mi discurso, en el momento en que no conseguía leer la última línea por el nudo que se me hizo en la garganta.  Las víctimas en este caso son mis hijos, yo misma, mi esposo, pero la gran víctima, finalmente, es su hija.  Porque el sistema le ha incentivado a volverle la espalda a la persona que la crió y que cuidó de ella.  Su padre es un buen hombre, pero ella, ya adulta, está privándose de él".  Mrs. R. - Ontario.

"En Octubre de 1998, mi marido se cayó de un tejado mientras trabajaba (es un carpintero autónomo) y se rompió las caderas.  Siempre hemos pagado pensión alimenticia de 200 $ en los últimos siete años, y tenemos recibos que lo prueban.  Pero cuando se cayó, yo ya llevaba casi un año sin trabajo.  No podía pagar la pensión de su hijo porque no tenía nada:  ni cobertura, ni seguro, ni indemnización.  Bueno, nada de eso le importó a su ex.  ¡De hecho, en medio de todo esto, anunció que se marchaba a Toronto, y que necesitaba MAS pensión para el niño!  Nos sentimos como si estuviéramos tratando con una extraterrestre, porque él estaba confinado a una silla de ruedas y ni siquiera podía lavarse el pelo o ir al baño solo.  Ahora está empezando a recuperarse, pero nunca volverá a andar normalmente, y nunca podrá volver a ser carpintero.  En resumen, en Octubre de 1999 tuvimos que comparecer ante el juzgado y, pagando 500 $, ver  reducido el importe de la pensión.  

La única razón por la que pudimos hacer esto fué porque encontré un trabajo a tiempo completo y porque pudimos convencer a un abogado de que le pagaríamos a plazos.  Pero la orden judicial era PROVISIONAL, de modo que hasta que no salga de los juzgados de Ontario, tal vez durante meses, él continua marcado como un padre irresponsable que debe el equivalente a un año de pensión alimenticia, importe que crece todos los meses.- Melynda, New Brunswick.

"Ya he agotado mis recursos en este asunto y no sé a quién más acudir.  Me casé con él en 1990.  Incluso nuestros principios se vieron invadidos por constantes batallas legales con su primera esposa, por las pensiones y los derechos de visita.  Su primera esposa hizo acusaciones falsas, obstaculizaba las visitas y, en general, nos acosaba.

En una ocasión vino imprevistamente a mi casa cuando mi marido estaba en el trabajo y abandonó a su hija de 6 años diciéndome: 'tómala, es para tí'.  Sólo 12 horas más tarde envió a su novio a coger a la niña.

En otra ocasión pateó nuestra puerta con tanta fuerza que la rajó.  En otra, me dijo que 'destruiría mi vida, mi carrera y mi matrimonio'. Poco sabía yo entonces que eso era lo que acabaría haciendo.

Tras ocho años y medio de sus tribulaciones con su primera esposa, la gota que colmó el vaso fué en septiembre de 1998.  Cuando lo comprendí, pedí la separación.  Si hubiera sabido que su primera esposa iría continuamente  a pedir aumentos de pensión a los jueces que se mostrarían comprensivos con sus mentiras, nunca me hubiera casado con él". - Sra. O. - Ontario.

(Publicado en The National Post el 25 Marzo 2000) (Traducción cedida por la Asociación de Padres y Madres Separados Canaletas-Alhambra (Granada)

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