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CUANDO
LAS VÍCTIMAS SON LOS HOMBRES
(por
Cathy Young)
Uno de los
resultados más notorios del ataque terrorista contra los Estados
Unidos y de la guerra en Afganistán ha sido el redoblado interés
por la tragedia de las mujeres afganas bajo el régimen talibán,
protector de los terroristas. En repetidas ocasiones, el presidente
Bush ha incluido el maltrato a las mujeres en su lista de crímenes
de los talibanes.
La atención
prestada a ese problema es digna de elogio, pero alguna vez habrá
que preguntarse si las demás víctimas de los talibanes no merecen
toda clase de comprensión.
Recientemente, el
New York Times publicó un relato sobre una familia de
refugiados afganos en Uzbekistán. Antes de huir de Afganistán hace
tres años, 14 miembros de esa familia fueron detenidos y
sumariamente ejecutados por los talibanes. Esas 14 víctimas, jóvenes
o ancianas, tenían una cosa en común: eran hombres.
Esa tendencia al
asesinato selectivo de los hombres no es nueva. Fue habitual durante
el conflicto del pasado decenio en los Balcanes, donde miles de
hombres acabaron en tumbas colectivas y donde las comunidades de
refugiados solían estar integradas exclusivamente por mujeres y niños
cuyos maridos y hermanos estaban muertos o desaparecidos.
Los hombres
afganos que no han tenido la mala suerte de pertenecer al grupo étnico,
religioso o político equivocado han salido mejor parados que las
mujeres -al menos, no son prisioneros virtuales en sus casas- pero
eso no significa gran cosa.
Es cierto que una
mujer que, accidentalmente, deje ver su rostro entre los pliegues
del ropaje que la cubre de la cabeza a los pies se expone a ser
azotada, pero también lo es que un hombre puede ser apaleado si su
barba no es lo suficientemente larga. Asimismo, una mujer que cometa
adulterio corre el riesgo de ser ejecutada, pero el mismo destino
aguarda a su amante varón. Análogamente, las niñas tienen
prohibido asistir a la escuela, pero los niños son objeto de una
"educación" cuyo objetivo es convertirlos en futuros mártires
de la yihad. Y si bien es verdad que las mujeres tienen prohibido
acudir al trabajo, también lo es que los hombres son con frecuencia
obligados a ir a la guerra.
Con esto no
queremos decir, como algunos activistas de los movimientos de
hombres han tratado de demostrar en las listas de correo de
Internet, que las mujeres no hayan estado más oprimidas que los
hombres bajo el régimen talibán. No cabe pasar por alto que, en un
régimen islámico radical, sólo los hombres son considerados
miembros de pleno derecho de la comunidad y las mujeres están,
efectivamente, apartadas del espacio público.
Sin embargo, la
preocupación por la trágica situación de las mujeres no debe
hacernos olvidar el sufrimiento de los hombres. Y, a juzgar por
determinados tipos de retórica y cobertura informativa, cabría
pensar que las mujeres son las únicas víctimas.
De hecho, algunos
defensores de las mujeres parecen ciegos o indiferentes a las
calamidades que padecen los hombres. Por desgracia, esa actitud no
es nueva.
Durante el
conflicto de la ex Yugoslavia, cuando los informes sobre las
violaciones generalizadas de mujeres bosnias por los serbios
levantaron tanta indignación, Susan Douglas, columnista de la
revista Progressive, denunció que Occidente era reacio a
intervenir en la crisis debido a que la violencia se dirigía "únicamente"
contra las mujeres. Sus denuncias se tomaron en serio. (Los
numerosos informes sobre la barbarie ejercida contra los hombres
debieron escapar a su atención.)
Por entonces, en
un artículo sobre la violación como arma de guerra, publicado en Newsweek,
la escritora feminista Susan Brownmiller, autora de la publicación
"Contra nuestra voluntad: hombres, mujeres y violación",
sugería que las víctimas masculinas de la guerra se lo habían
buscado: "Los hombres de los Balcanes se han mostrado ansiosos
por luchar y morir por su particular subdivisión de etnias
eslavas".
Sin embargo,
muchos de esos hombres habían sido reclutados contra su voluntad,
algunos de ellos después de haber intentado huir del país y haber
sido repatriados a la fuerza, mientras que a las mujeres y los niños
se les permitió marchar.
Esa miopía de género
da lugar a algunas extrañas reivindicaciones. En un reciente artículo
sobre las actitudes feministas hacia la guerra de Afganistán,
publicado en The Village Voice, se afirmaba que "mueren
más mujeres que hombres como resultado de la mayoría de las
guerras". Nadie duda que las mujeres de muchas partes del mundo
son oprimidas duramente. Pero en la mayoría de esos países, la
vida de la mayor parte de los hombres tampoco es un lecho de rosas.
La guerra, en particular, es un azote de la humanidad cuyo peso ha
sido siempre soportado sobre todo por los hombres. Si en tiempo de
guerra el sufrimiento de las mujeres suele ser más visible, se
debe, irónicamente, a que la mayoría de las mujeres están vivas.
Por eso, el 70 por ciento de los refugiados de Afganistán son
mujeres.
Paradójicamente,
el enfoque ostensiblemente feminista de la victimización de las
mujeres a nada se parece tanto como al planteamiento tradicional y
paternalista según el cual las mujeres y los niños merecen
protección especial.
Mostremos por
todos los medios nuestra preocupación por las mujeres de Afganistán.
Pero prestemos también atención a lo que ocurre a los padres,
hermanos, maridos e hijos de esas mujeres. Ellas seguramente lo
hacen.
******
(Artículo de
Cathy Young publicado en The Boston Globe el 14 de noviembre
de 2000. El texto original (When
Men Are Victims) puede consultarse en la revista Reason.
Más información sobre Cathy Young en este
sitio web)
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