CATHY YOUNG

Nació en Rusia en 1963 y reside en los Estados Unidos desde 1980 (con nacionalidad estadounidense a partir de 1987). Es autora del libro Growing up in Moscow: Memories of a Soviet Girlhood [Crecer en Moscú: memorias de una infancia soviética]. Desde 1994 escribe una columna semanal en The Detroit News.  Es también colaboradora habitual del Washington Post y de las revista Reason y Salon.com, y ha publicado frecuentes artículos en The New York Times, The New Republic y The Wall Street Journal, entre otros. Cofundadora (en 1993) y vicepresidenta de The Women's Freedom Network, movimiento feminista alejado de toda postura radical o excluyente que defiende la plena participación de la mujer en todos los ámbitos sociales y toma como base el principio de que hombres y mujeres deben regirse por los mismos criterios de excelencia, moralidad y justicia, sin ninguna consideración de género.

En 1999 publicó el libro Ceasefire! Why Women and Men Must Join Forces to Achieve True Equality [“¡Alto el fuego!: por qué las mujeres y los hombres han de unir sus fuerzas para lograr la verdadera igualdad”].  Se trata de un llamamiento para poner fin a las guerras de género que han hecho estragos en la sociedad durante los últimos 30 años. Young desautoriza a la creencia feminista de que lo personal es político, y sostiene que la batalla por la igualdad de derechos no puede constituir una excusa para tratar a los hombres como seres fundamentalmente malévolos.  O dicho de otra forma, la distorsión propagandística del feminismo es una estrategia ilícita.

Para Cathy Young, el movimiento en favor de la mujer debe dejar paso a un movimiento por la igualdad de derechos, ya que en muchos aspectos, sobre todo en lo relativo a la custodia de los niños, los hombres están postergados.  Asimismo, insiste en que debemos comprender que igualdad significa tener las mismas oportunidades y opciones, pero no necesariamente los mismos resultados.  Probablemente, las capacidades y preferencias no se distribuyen por igual entre los sexos.  Nunca existirá una sociedad en la que el 50% de los ingenieros sean mujeres y el 50% del personal de enfermería, hombres.

Young nos recuerda que las tendencias feministas hacen tanto daño a las mujeres como a los hombres, ya que al cargar toda la culpa de los problemas sociales en las espaldas de los varones animan a las mujeres a rehuir sus responsabilidades, en lugar de convertirse en compañeras de los hombres en pie de igualdad.  Sin ser abogada, dedica un notable espacio de su libro a los desastrosos efectos del dogma feminista en el sistema jurídico, y demuestra de qué forma los conceptos feministas han distorsionado la aplicación de nuestras leyes hasta límites grotescos, especialmente en materia de malos tratos y abusos sexuales.  A ese respecto, relata varias atroces historias en que se pone de manifiesto el daño causado a hombres inocentes mediante acusaciones en falso.  Asimismo, señala que el planteamiento oficial de la violencia doméstica, que no admite una responsabilidad conjunta de hombres y mujeres en esa violencia, es totalmente equivocado.

En un extenso artículo publicado en la revista Salon el 19 de octubre de 2000, titulado A man’s right to choose ["El derecho del hombre a elegir"], Cathy Young trata de dar respuesta a la siguiente pregunta: ¿Es justo que las mujeres tengan derechos reproductivos mientras que los hombres sólo tienen responsabilidades reproductivas?  A lo largo del artículo, Young critica la tendencia social a dejar exclusivamente en manos de la mujer las decisiones relativas a la reproducción.  Quienes critican el aborto hacen siempre referencia al derecho del feto a la vida, pero nadie suele prestar atención a los derechos del extenso grupo de varones que carecen de voz legal en las decisiones sobre tener -o no tener- hijos.

Si una mujer no desea ser madre, puede poner fin al embarazo, con o sin conocimiento de su pareja.  Pero si desea llevar a término el embarazo, puede obligar al padre a pagar la correspondiente pensión alimenticia.  Es más, una mujer puede también tener un niño y no comunicárselo al padre, y adoptar la decisión unilateral de darlo en adopción o criarlo por su cuenta.  Durante años, las mujeres han enviado a los hombres un mensaje contradictorio: mientras unas veces esperan de ellos que compartan plenamente la crianza de los hijos, otras los tratan como meros donantes de semen, cajeros automáticos andantes o acompañantes circunstanciales. 

"Debería hacernos reflexionar el hecho de que, mientras que el abandono paterno suele ponerse como ejemplo de la irresponsabilidad y del egoísmo del varón, más de un millón de mujeres estadounidenses se liberan [mediante el aborto] cada año de la carga de la maternidad", dice Young. Y concluye: "Para tomar en serio la función paterna, es necesario que las mujeres asuman la obligación moral de compartir con sus parejas cualquier decisión acerca del embarazo".

Al igual que tantas defensoras del feminismo igualitario, Cathy Young sostiene en su artículo Feminists Play the Victim Game ["Las feministas se hacen las víctimas"], publicado en The New York Times el 26 de noviembre de 1999, que las medidas destinadas a eximir de responsabilidad penal a las mujeres en los casos de violencia doméstica no sólo son contrarias al principio de igualdad constitucional sino a los principios del verdadero feminismo.  El hecho de que un número cada vez mayor de mujeres, detenidas por agresiones domésticas, sean tratadas con insólita benignidad por alegar autodefensa es otra forma de sexismo, análoga a ciertas formas extremas del machismo de antaño.  Para Young, "esa sentimental insistencia en la inocencia femenina no favorecerá a las mujeres, que deben ser tratadas como seres humanos con capacidad para la agresión e igualmente responsables de sus actos [...]  El lema ‘No hay excusa para la violencia doméstica’ no admite la excepción ‘...a menos que la cometa una mujer’”.

En otro extenso e interesante artículo, titulado Domestic Violations, describe numerosos casos de violencia doméstica, en general ficticia, en que la justicia ha seguido su propio curso contra la voluntad expresa de las supuestas víctimas.  Es el caso, por ejemplo, de una pareja que discutía a un lado de la carretera junto a su coche, situación que fue presenciada por un motorista que pasaba y que avisó a la policía, por considerar que se trataba de una agresión.  La policía detuvo al marido y de nada sirvió que su mujer insistiese en que, en ningún momento, había recibido malos tratos.  Tras una noche en prisión, el juez prohibió al marido acercarse a la mujer, que se fue a vivir con una amiga.  Sólo tras presentar un escrito de disculpas por vía judicial y asistir durante diez semanas a una sesión diaria de reeducación para maltratadores (por un precio equivalente a unas 80.000 ptas), pudo reunirse de nuevo con su mujer.

Por desgracia, esta situación, que nos habría parecido insólita hace años, empieza a resultarnos familiar en medio del clima de paranoia social que rodea al tema de la violencia doméstica.  En el lado opuesto, cada vez son más frecuentes las acusaciones en falso, aspecto tratado también detenidamente en ese artículo.

Por último, mencionaremos un breve artículo (First Wives Club: Some Comments) en que Cathy Young reflexiona sobre la ideología subyacente de la película "El club de las primeras esposas" y aprovecha la ocasión para combatir la arraigada falacia de que el hombre sale económicamente favorecido del divorcio y la mujer perjudicada.  Basta el sentido común para comprender que el nivel de vida de ambos desciende con el divorcio, ya que los mismos ingresos que financiaban un único hogar han de dividirse para financiar dos.  La diferencia está en que muchos padres divorciados, además de perder su hogar y una parte de su sueldo, pierden también la posibilidad de convivir con sus hijos.  Es posible que mucha gente acogiese con ironía la decisión de algunos grupos de padres separados de organizar protestas a la entrada de los cines en que se exhibía la película, pero, aunque se trate sólo de una historia ficticia, "las actitudes que fomenta tienen consecuencias peligrosas en la vida real", concluye Young.

Enlaces en español:

Otros textos de Cathy Young:

 

 


¡ALTO EL FUEGO!
(Por qué las mujeres y los hombres han de unir sus fuerzas
 para lograr la verdadera igualdad)

 

En su libro Ceasefire! (¡Alto el fuego!), Cathy Young demuestra que los problemas de las relaciones personales no pueden resolverse mediante políticas de género, y crítica a las feministas por prestar atención prioritaria a los casos individuales de maltrato de mujeres por hombres y no a la reciprocidad de los comportamientos. La infidelidad conyugal, la violencia doméstica y el galanteo no deseado en el lugar de trabajo son, según la autora, problemas humanos en los que los hombres no son siempre los únicos culpables. La obsesión de muchas feministas con las ofensas infligidas a las mujeres ha favorecido la demonización de los hombres y la justificación de conductas reprobables llevadas a cabo por las mujeres, y esa actitud, que impregna ya la cultura popular, ha afectado también al sistema judicial, de forma que los hombres acusados de delitos contra mujeres suelen enfrentarse de hecho a la presunción de culpabilidad.

Cathy Young señala que nuestra cultura se divide entre la idea de que los hombres y las mujeres son exactamente iguales y deben estar equitativamente representados en todos los ámbitos, y el concepto de que son absolutamente opuestos. Ambos son dogmas, y están reñidos con la realidad. Young llega a la conclusión de que, mientras que algunas cualidades son más prevalentes en los hombres y otras en las mujeres, no somos ni fundamentalmente distintos ni exactamente iguales.

Una paradoja del feminismo moderno, dice Cathy Young, es que las feministas insisten en que desean la igualdad, pero al mismo tiempo sus programas están saturados de peticiones de protección para los mujeres. Creen que la salud de los mujeres, la violencia contra los mujeres y los problemas de las madres divorciadas deben ser cuestiones de especial atención, actitud que, según señala Cathy Young, coincide irónicamente con los tradicionales planteamientos paternalistas, según los cuales las mujeres merecen especial protección.

En ¡Alto el fuego! se examinan a fondo las tesis feministas y se ponen en tela de juicio sus conclusiones respecto de temas como la violación, la violencia doméstica, el acoso sexual, las diferencias salariales y la discriminación sexual en la educación, la investigación médica y la legislación. Cathy Young rebate la falsedad de los principales mitos feministas y demuestra de modo convincente que:

  • las niñas no son discriminadas o silenciadas en las aulas;

  • la medicina no ha desatendido las necesidades de las mujeres;

  • la violencia masculina contra la mujer no es un instrumento de opresión patriarcal;

  • el sistema jurídico no trata los delitos contra las mujeres de forma más benévola que los cometidos contra los hombres;

  • las mujeres divorciadas no son víctimas de discriminación sexual en los tribunales; y

  • las diferencias salariales no son consecuencia de discriminación sexual.

En su libro, Cathy Young pide que se preste más atención a la faceta masculina de las cuestiones de género: las falsas acusaciones de violación, la violencia doméstica contra los hombres y, en particular, la angustiosa situación de muchos padres separados que desean participar activamente en las vidas de sus hijos. Sin embargo, también nos pone en guardia contra una versión masculina de la mentalidad victimista del feminismo que, según ella, empieza a percibirse en determinados grupos de defensa de los derechos de los hombres. Por ello, Cathy Young rechaza también algunos mitos de la victimización masculina, pero señala que, cuando el victimismo se convierte en la única forma de hacerse oír, es difícil reprochar a los hombres que traten de jugar esa baza.

Cathy Young rechaza también los esfuerzos de algunos sectores  conservadores por restablecer los papeles tradicionales, a pesar del éxito de tantas mujeres del campo conservador en el terreno público. Asimismo, señala que el tradicionalismo conservador ha desarrollado su propia mitología de mujeres víctimas y hombres depredadores, como por ejemplo la creencia de que las leyes de divorcio liberales han permitido a los hombres abandonar a la mujer y los hijos a su suerte, cuando lo cierto es que el número de mujeres que toman la iniciativa del divorcio supera en más del doble al de los hombres que lo hacen. En particular, Young critica a los "entendidos" del campo conservador que aconsejan una vuelta a viejos esquemas de restricción sexual por parte de las mujeres, como medio de control sobre los hombres. Tal planteamiento le parece especialmente cínico, ya que los conservadores han criticado siempre a las feministas por definir las relaciones entre mujeres y hombres en términos de poder.

Cathy Young anima a sus lectores a respetar la independencia y fortaleza femeninas, y a reconocer al mismo tiempo que, debido a la existencia de diferencias físicas entre los sexos, las mujeres necesitan a veces la protección masculina. En su opinión, nuestra cultura actual está dividida entre la caballerosidad tradicional, el paternalismo neofeminista y la defensa de la igualdad. Lo que necesitamos es un nuevo contrato social que respete la importancia de la biología sin convertir en víctimas a los hombres ni tratar como niños a las mujeres. Debemos caminar hacia una cultura que, lejos de centrarse prioritariamente en los intereses de las mujeres y en su cuota de poder social, considere a hombres y mujeres como seres humanos con igualdad de derechos y responsabilidades.
 

 

 

 

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