Artículos en colaboración (1)

 

Reflexiones de un niño que no puede conciliar el sueño

"Mi padre me contaba historias tan bonitas... A estas horas, todas las noches, mi padre se sentaba aquí, junto a mi cama, o se tumbaba a mi lado, y me hablaba en la oscuridad. Cuando era muy pequeño me gustaban mucho las historias de Pulgarcito y Cenicienta, cosas así; después las de Simbad el Marino, las del Capitán Trueno... Me gustaban tanto que en vez de dormirme, siempre le decía "ahora cuéntame otro", y a veces era él quien se dormía y yo tenía que sacudirle el brazo para que siguiera contando. 

Ahora no me dejan ver a mi padre, sólo algunos fines de semana. Pero a estas horas, me acuerdo siempre de él y casi me entran ganas de llorar. Durante el día voy al colegio, juego y me lo paso bien, pero a estas horas... También me gustaría que por las tardes mi padre pudiera ir a buscarme al salir del colegio y luego me ayudara a hacer los deberes. Mi madre dice que ella no tiene la culpa, que es el juez quien no me deja ver a papá. No lo entiendo. Los demás niños están con su padre todos los días. Pero yo me paso varias semanas sin poder verlo. 

Hoy es domingo. He pasado el fin de semana con él, hemos jugado al fútbol y hemos ido a la piscina. Mi padre no se atreve a llevarme la contraria, porque no quiere reñir para dos días que nos vemos. Así que le pido cosas y me las compra. Vive en una casa muy pequeña, casi vacía de muebles. Cuando me acaricia el pelo, cuando me mira de esa manera especial, no dice nada, pero yo sé que está pensando en las pocas horas que le quedan de estar conmigo. El domingo por la tarde mira constantemente el reloj, y yo sé que está pensando en las pocas horas que nos quedan juntos. Mientras me ayuda a ducharme y me prepara la cena está muy serio. Luego volvemos a casa de mamá en el coche y no hablamos casi nada. Cuando nos despedimos, le brillan los ojos y se da la vuelta muy rápido. Hoy me ha dado mucha pena decirle adiós. Ahora sé que no volveré a verlo hasta dentro de quince días por lo menos. Y sé que él está pensando en mí, porque soy lo más importante de su vida, y creo que debe estar muy triste porque no puede verme. 

Estoy llorando... No sé por qué los jueces se empeñan en hacerme la vida tan difícil."

 

 

Lo que uno aprende cuando se divorcia

A veces, el varón que se halla inmerso en un proceso de divorcio tiene la impresión de haber entrado en un mundo al revés, unas antípodas donde todo anda cabeza abajo. He aquí algunos de los descubrimientos más asombrosos que van saliendo al paso de quien avanza por ese laberinto sin fin –meses, años, el resto de la vida...- en que puede convertirse su viaje a la libertad.  

El divorcio no existe, al menos para muchos. Esta una de las cosas más asombrosas que se descubren al cabo de varios meses de batalla en los tribunales. Existe la separación por mutuo acuerdo, que luego la autoridad judicial ratifica y, además de pasar a denominarse oficialmente divorcio, a veces acaba convirtiéndose en un divorcio real, es decir, una situación en la que cada uno de los ex-cónyuges recupera su entera libertad y tiene igualdad de derechos, mutuamente reconocidos, respecto a sus hijos y patrimonio. Pero si no hay mutuo acuerdo y es el Estado quien tiene que zanjar la situación ocurrirá  lo siguiente: 1) habrá una pelea judicial en la que durante varios años el marido luchará por su libertad económica y personal y su derecho a ocuparse de su hijos, y la mujer por lograr para ella el porcentaje más elevado posible de los ingresos del marido y reducir al mínimo la relación de los hijos con su padre;  2) desde el momento en que se inicie la separación, y durante el resto de su vida, muchos ex maridos estarán obligados a entregar un porcentaje (a veces superior al 50%) de sus ingresos a sus ex mujeres, lo que puede ser una situación aún más vinculante que el propio matrimonio; y 3) por si fueran pocas las batallas perdidas en vida, al pobre marido le queda aún por perder otra batalla después de muerto, porque será la mujer que amargó su existencia la que cobrará su pensión, en detrimento de otras posibles esposas posteriores u otros familiares. 

Un hijo vale menos que un coche.  Si a usted le roban el coche, incluso aunque sea usted padre separado, el Estado movilizará los mecanismos de que dispone para recuperarlo y castigar a los ladrones. Sin embargo, si su ex-mujer le niega a usted el ya de por sí exiguo derecho de visitas, le priva de la presencia física de su hijo y le impide verlo, darle su afecto, ocuparse de él y tomar decisiones sobre su futuro -es decir, si se lo roba como si fuera un coche-, ¿por qué el Estado no considera que haya razones suficientes para intervenir y restablecer sus derechos de padre? 

Hay madres que mantienen a sus hijos, pero también hay niños que mantienen a sus madres.  Aunque parezca exagerado, así es. Con una elevada pensión alimenticia por su hijo y, cómo no, el disfrute de la casa familiar, cuyos gastos (hipoteca y comunidad) paga el padre separado para evitar contratiempos al niño, hay madres (por ejemplo, funcionarias en excedencia, con un puesto de trabajo vitalicio que prefieren no desempeñar) que han optado por no trabajar y vivir a costa de su hijo. Asi es como el menor, merced a esta asombrosa inversión del orden natural, está manteniendo a su madre sin saberlo.  

Es mejor ser huérfano que tener padre.  Esta es quizá la lección más difícil, la que más ha tardado en entrar en nuestras cabezas. Pero jueces y legisladores son maestros tenaces, y a base de  decidir una y mil veces que los niños no deben ver a sus padres más de cuatro míseros días al mes, a base de permitir una y mil veces que las madres recorten aún más esa ridícula cuota de convivencia, a base, en fin, de insistir con todo su poder en que lo mejor para los niños es esa nueva forma de orfandad artificial, han acabado por meter en nuestras desconcertadas molleras los círculos cuadrados que regirán nuestra nueva vida de separados: la arbitrariedad de la madre-propietaria-de-los-hijos, el desatino del padre-esclavo-de-su-ex-mujer, la aberración del hijo-huérfano-por-su-bien, etc.

J. V. (Madrid)

 

 

La guerra de los cinco mil años

En los últimos tiempos, los varones nos hemos enterado con asombro, gracias a la tenaz propaganda del fundamentalismo feminista, de que llevamos cinco mil años en guerra con el otro sexo. Al parecer, durante ese largo periodo hemos ejercido una tiranía inmisericorde sobre el 52 por ciento de la humanidad, mujeres a las que hemos relegado a funciones inferiores y negado cualquier oportunidad. Así que ahora ha llegado el momento de cambiar las tornas y de que víctimas y verdugos inviertan sus papeles.

Según nos enseña el catecismo feminista, cada uno de nosotros es deudor por los errores acumulados durante cinco mil años, y cada mujer es acreedora de esa deuda, no ya histórica, sino prehistórica. Afortunadamente, las huestes vengadoras han decidido retrotraer la ruptura de hostilidades al neolítico, ellas sabrán por qué. Así que, encima, agradecidos, porque si se hubiesen remontado más lejos en la línea de la evolución humana, seguro que habrían encontrado cavernícolas aún más brutos y agresivos.

Personalmente, repaso mi insustancial biografía y no encuentro por ningún lado las supuestas ventajas y prebendas de mi condición varonil, pero se me hiela la sangre sólo de pensar que vengo de una raza de opresores milenarios y que, en justo castigo, yo y mis descendientes hasta la enésima generación debemos pagar los platos rotos. Y al mismo tiempo, aunque debo admitir que mis acreedoras feministas (¿hembristas?) no han tenido menos oportunidades que yo en la vida -incluso creo que podría mencionar alguna ventajilla- y que están bien situadas profesionalmente y aún mejor subvencionadas estatalmente, no puedo menos de sentir una espina en el corazón al pensar que llevan sobre sus hombros el dolor de cien generaciones de mujeres, incluidas mis ascendientes directas, supongo. 

Y además, las compadezco doblemente, porque están en una encrucijada generacional terrible: si miran hacia arriba ven un padre, unos abuelos y toda una progenie masculina de explotadores que han estado en el otro bando durante cinco mil años; y si miran hacia abajo, sobre todo si tienen hijos varones, ven que la mitad de su descendencia  hasta la enésima generación pertenece a la misma raza maldita, de la que, fieles a sus principios, no podrán menos de renegar.

Menos mal que se trata de una guerra inventada, una especie de película oportunista y autocompasiva con buenas y malos de mentira. Al contrario, si no fuera porque ellas son chicas y nosotros chicos, a ver quién soportaba la vida en este planeta.

J.V.Moya (Madrid)

 

 

El rehén y el esclavo

Según el Diccionario de la Real Academia, rehén es la persona retenida por alguien como garantía para obligar a un tercero a cumplir determinadas condiciones. La aprehensión de rehenes es una grave violación de los derechos humanos, que la ley castiga con severidad. Bueno, no siempre. A veces, ocurre que el rehén es el ser humano más indefenso, el niño, y que es su propia madre quien lo utiliza como garantía para obligar al padre a cumplir determinadas condiciones, generalmente económicas, o simplemente por sed de venganza. Caso singular: cuando el rehén es el niño; el secuestrador, la persona que con más celo debería proteger los derechos de ese niño, del que tiene la guardia y custodia; y el extorsionado, el último ser humano a quien el niño desearía hacer daño, es decir, su padre; cuando se da ese asombroso concurso de circunstancias, la ley  no sólo tolera, sino que en cierto modo fomenta (léase "régimen de visitas" y benignidad ante su incumplimiento) la utilización del pequeño rehén contra su padre. Padre separado, naturalmente.

 Volvamos al Diccionario. Esclavitud, dice, es la sujeción excesiva por la cual se ve sometida una persona a otra, o a un trabajo u obligación. Afortunadamente, eso es cosa del pasado, se dirá. En las sociedades modernas, recién estrenado el siglo XXI, todos somos libres... Bueno, para ser más exactos, casi todos.  Porque, ¿cómo llamaríamos a quien está sometido a otra persona, acreedora implacable, a la que ha de entregar la mitad de sus ingresos? ¿Cómo a quien está obligado a desempeñar un trabajo y no es libre de abandonarlo y buscar otros horizontes profesionales, porque ha de pagar su tributo a final de mes? ¿Cómo a quien se ve desposeído de su vivienda y pertenencias, fruto del sudor de veinte años? ¿Cómo a quién es separado violentamente de sus hijos y privado de toda capacidad de decisión respecto a ellos? ¿Cómo a quien tiene tantas obligaciones y tan pocos derechos? Esclavo, sin duda. O si se prefiere, padre separado.

 Por si fuera poco,  la secuestradora está legalmente facultada para tomar consigo a su rehén y llevárselo a cualquier remoto rincón del planeta, con la seguridad de que el esclavo seguirá obligado a enviarle su estipendio mensual a ese lugar perdido en las antípodas. Esa es la sabiduría de nuestras leyes ambiguas y contradictorias, que acaban convirtiendo a los hijos en rehenes y a los padres en esclavos. Menos mal que no todas las madres se aprovechan de ellas...

F.J. Llamas (Madrid)

 

 

Padres... a medias

(Reflexiones de otro 19 de marzo)


Un año más, como cada 19 de marzo, la noticia no estará en los padres que pueden ejercer sin restricciones su condición de tales y ocuparse a diario de sus hijos, sino en los otros padres, los del régimen de visitas administrado con cuentagotas, los padres separados que sólo pueden ver a sus hijos en fines de semana alternos o, en algunos casos, ni eso. Padres fabricados con la misma pasta de entrega y generosidad que todos los padres y provistos del mismo infatigable corazón de padres, pero a los que no les está permitido volcar sin trabas esos sentimientos en sus hijos. Sí, la noticia palpitante y dolorida debería ser hoy la frustración de esos padres.

 O tal vez la de sus hijos... La de los niños que vieron cómo el mismo padre entrañable de sus primeros años, el ser que rodeaba sus existencias de protección y cariño, el de la mano amiga y segura, fue expulsado súbitamente de sus vidas y dejó en ellas un hueco irremplazable.  Sí, quizás la noticia deberían ser también esos niños en cuyas cabezas, por fuerza, ha de haber tantas preguntas sin respuesta.

 Ojalá esté cercano el día en que esta fiesta sirva sobre todo para vender teléfonos móviles o maquinillas de afeitar y no para recordar el problema de tantos padres separados de sus hijos, de tantos hijos separados de sus padres por el abismo de un régimen de visitas que ni a unos ni a otros beneficia y que con frecuencia ni siquiera se cumple. Quién sabe, si las cosas no cambian pronto, tal vez alguno de los niños varones que hoy sufren esa privación se conviertan a su vez un día en nuevos padres forzosamente separados de sus hijos.  Y ese doble castigo, estoy seguro de ello, es algo que ni los padres ni las madres deseamos para ellos. ¿Por qué habrían de desearlo nuestros legisladores, que tienen en sus manos el remedio?

J. Álvarez (Las Rozas, Madrid)

 

DINERO FÁCIL

Nos encontramos inmersos en una sociedad consumista, donde los valores que más priman son los económicos. Asistimos al pago de comisiones mil millonarias por concesión de obras, a corrupciones de funcionarios y a todo tipo de actuaciones ilegales para la obtención de dinero fácil.

Pero no todas las actuaciones de este tipo son ilegales, algunas de ellas son tan perfectamente legales y amparadas por la ley que da vergüenza reconocerlas como propias de una sociedad del siglo XXI.

Hoy día no es necesario robar, extorsionar o dar un pelotazo para resolver sin problemas el resto de su vida. ¿Sabía Vd. que miles de divorcios se realizan con tal fin? ¿Sabe la sociedad que las separaciones matrimoniales se resuelven a base de cálculos con una simple calculadora de bolsillo? Es escalofriante observar cómo quedan absolutamente de lado los sentimientos humanos y se destrozan familias, se separa a padres e hijos y se crean odios irreconciliables por puro interés económico.

La terrible frase que hemos tenido que oír los hombres con frecuencia: “Ya no te quiero, voy a pedir el divorcio”, ahora se completa con :”y he ido a un abogado y me ha dicho que tengo derecho a quedarme con la casa, con los hijos y con tu sueldo”. Cuál es la sorpresa de los hombres, cuando acudimos a nuestro abogado, y nos confirma toda la frase anterior: no hay la más mínima posibilidad de defensa, se pierde todo. ¿Hasta cuando va la sociedad a asistir a semejante expolio, totalmente impune y amparado por la legalidad?

Hasta ahora, ocurría como con la muerte, solo se divorciaban los demás, pero estamos llegando a la terrible cifra de casi un 50% de divorcios entre los matrimonios. Uno de cada dos matrimonios se rompe antes de los 10 años de convivencia, así que el próximo divorciado puede ser Vd. mismo. ¿Creen Vds. que expoliando a uno de los cónyuges, al hombre, para entregárselo todo al otro cónyuge, la mujer, conseguiremos detener esa siniestra cifra de familias destrozadas, o más bien será todo lo contrario?

Si la sociedad está interesada en detener este incesante goteo de separaciones, que parece estar de moda, el primer paso podría ser que el divorcio dejase de ser un gran negocio para una de las partes. ¿No se lo creen? Echen un vistazo a las revistas del corazón: hay personajes que viven exclusivamente de sus pensiones por alimentos y compensatorias, pensiones que permiten a una persona vivir el resto de su vida como un parásito de otra persona que tuvo la desgracia de nacer hombre .

Emilio José Rodríguez García (Madrid)